talking to my songbird

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Si la imagen hubiera tenido el mar de fondo, la brisa matinal despeinándola, unas cortinas blancas de esas livianitas como de tiendas persas o griegas; no sé. Si hubiera estado todo regado de plantas reverdecidas por la primavera en su apogeo, y el canto de los pájaros yendo y viniendo sin agobiar. Y además, si la secuencia hubiese estado teñida de ese brillo nebuloso que les ponen a las fotos de los famosos viejos para que no se les noten las arrugas, y hasta hubiera tenido un epígrafe debajo con alguna frase boluda que pretende ser inteligente. Si todo eso, y hasta un grupete musicalizando el momento; la verdad no sé. Mejor dicho, sí sé.

Digo, si todo eso hubiera estado en ese momento mágico, seguramente se arruinaba algo tan maravilloso, tan que no me olvido más, tan sublime que hasta contarlo de pronto hace que se diluya un poco y hasta me dé miedo compartirlo y que se me lo lleven del alma, me lo quiten, me lo priven incluso de los sueños.
Era de mañana. Por suerte no habíamos encendido el televisor. Teníamos esa tranquilidad de feriado que no te apura, se notaba en nuestros ánimos. Café con leche y tostadas. No hablábamos de nada inteligente, ni de autores, ni de cine.

Todo bien normal, hasta que ocurrió.

Virna eructó.

Eructó y me proyectó el café con leche justo a la cara.

Me eché para atrás. Ella se puso coloradada y empezó a reír. Nunca había eructado delante mío. Me la quedé mirando sorprendido. No lo podía creer.

La observé un rato. Ella no podía parar de reír. Dios, increíble.

Antes que me pidiera perdón se lo dije. Para mí era una revelación. Poray era una estupidez, pero sentí que era la manera de no mostrarme ofendido.

–No lo puedo creer… lo acabo de descubrir… –le dije–. Hay ojos que saben sonreír.

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r.canapé