Los dueños del Taja

(texto publicado en la revista Arrecifes Sapiens de Abril 2011 en la sección «Lugares Comunes»)

De su historia sé algo por comentarios. Bien podría ser una muralla hecha para atajar el mar, o como dice la leyenda más firme: una construcción con la intención de retener el agua del río para hacerlo navegable. A lo largo del río Arrecifes, hasta su desembocadura, hay varios murallones como éste, aunque de menor tamaño. Parecen sembrados para convertirlo en una especie de canal de Panamá.

Se cuenta que el río bravo no aceptó que lo manipularan y embistió con crecidas tan grandes que inundaron ciudades; lo que obligó a dinamitar la orgullosa construcción*. Por la calles de Arrecifes todavía hay gente caminando que afirma haber escuchado la explosión que desparramó las tripas del Tajamar a lo ancho de la ribera.

Por mi parte a veces prefiero otras conjeturas más místicas. Me gusta imaginar al mismo Jesús construyéndolo en un arrebato por evocar sus años mozos jugando con ladrillitos, sufriendo la severa mirada de su padre y viendo como éste patea la construcción para que su hijo se dedique a lo que realmente debe hacer como hijo del supremo. Capaz el Señor se echó una soberbia meada y chau paredones.

Como haya sido, cuando sólo quedaron las ruinas parecidas a un gran tramallo abandonado y deshilachado, el pueblo olvidó y el monte lo hizo suyo.

Pero ¿qué decir? Estaba ahí esperando a que lo encontremos, como si fuera un Machu Pichu pampeano, una ciudad del Dorado, el paraíso de los parias. Se supo guardar a la vista de todos, como la foto de esos parientes que nadie quiere pero sin embargo están presentes. ¿Acaso será que el Taja hace quedar mal al río?

Esas rocas mutantes las conocí como el Tajamar, en alguna expedición fuera de los límites impuestos por los hasta ahí me dejan de mis padres.

Agradecí el amor a primera vista. Guarida intocable, inexpugnable. Lugar al que no iban a buscarte, del cual volvías si escuchabas los gritos desde la curva que nos separaba del Náutico. Porque ahí, entre esas piedras, no andaba cualquiera. Andaban los raros, los escondidos, nosotros que nos creíamos aventureros y al final nos hicimos raros. Será por él, a causa de él, gracias a él?

Mi vida y el río siempre fueron de la mano. Desde que caminaba al balneario, las dos cuadras que me parecían kilómetros, hasta hoy. Cuando descubrimos el Tajamar fue encontrar algo nuestro, más íntimo. Fue hallar el lugar en el mundo que sabés te va a estar esperando siempre. Como encontrar la caja de seguridad de mis futuros recuerdos.

Son incontables las veces que me tiré de la Olla. Temprano se impuso ante mí ese desafío y no supe esquivarlo. El frenesí de la caída libre, el agua esperando con su agresiva postura pero con brazos de seda para abrazarte en la gloria. Salir del agua y dar una bocanada de aire. Sentir que la fuerza pugna por quedarse con tu pantalón y sonreírse ante tu ridículo.

El Taja guarda secretos de madrugadas, amaneceres, ocasos, mates volcados y frentes lastimadas. Habla anécdotas de canoas partidas e intrépidos pescadores. Cuenta de saltos mortales a la Olla y piernas raspadas por los arrebatos de la fuerza. Se ufana de besos y abrazos, de polvos inolvidables y discusiones dolorosas, de osadías y adolescencias.

Abrumadores pensamientos nadando aguas torrentosas. Ideas aturdidas por el canto constante de las rocas y el río. Confesiones escupidas al agua, que danza creando esa espuma odiosa. Una solitaria botella de plástico, llevada de un lado a otro como si se fuera un ratón: el instinto felino de la corriente jugueteando con la basura que solemos escupirle.

Le tallé una cara un día, en la piedra rosada y permisiva que anima a la escultura. Tan solo una semana duró la obra y fue arrancada a la profundidad del olvido. El Taja no quiere tener cara, es miles de caras. El Taja es los parias, los putos, los drogones, los introvertidos, los solitarios, los negros, los grasas, los miserables que encuentran en esas piedras el sitio de paz interior. Es un refugio que no interpela.

Imaginé la invasión, cuando lo despellejaron en un intento por descubrir el brillante dentro del carbón. Contemplé el apocalipsis confirmado, con atónita tristeza. Y pensé en todos los que éramos tan habitué del lugar que ya nos sentíamos dueños. Maldije a los cielos, e invoqué nuevas meadas del Omnipresente para que barriera con la pueblada. Pero nada fue tan dramático como los pronósticos. Fueron pocos los que de verdad se le animaron al agua ruda, a entrar en el místico círculo de barrancas y piedras que se forma. Fueron sólo una vuelta del perro extendida, y la foto obligada como si el reflejo del sol en el agua fuera el Aconcagua. Es mucho más que eso, pero mejor no avivar giles.

El Taja es de esos lugares por los que uno desea hacerse cenizas a la muerte, y que te mezclen con él. Es de esos agujeros negros de la vida que te brindan energía. Es el primero que te enseña que se puede ser mejor después de que intentaron destruirte. Lugar que te hace sentir la presencia de aquellos que ya no ves tanto, y sin embargo él los guarda para vos. Te guarda los momentos. Te los susurra al oído. Te refresca la memoria con su murmullo imparable, incansable. Te convence de que no necesitás palabras. Como cuando te cruzás con alguien por la calle, de lejos, y lo mirás, y te mira, y ambos dicen con la mirada que , que nos vemos en el Taja.

 

 

*30 de Junio de 1922 – Fuente: http://tinyurl.com/6b8sh2k

2 comentarios sobre “Los dueños del Taja”

Los comentarios están cerrados.