lágrimas

El auto cortaba la oscuridad deslumbrando la ruta desierta y él sentía que era algo casi místico, como atravesar el cielo. Por primera vez sentía que Dios, su amado señor, lo había invitado a contemplar un poco de la verdadera magnificencia. Parecía sobrenatural. Estuvo a punto de hablar, de emitir un sonido que cortara el trance que provocaba la marcha continua del motor, pero supuso que tanta belleza podría ser un sueño y hablar rompería el halo místico. Esperó, disfrutó un rato más del espectáculo, que había empezado con el sol amurallándose detrás de la cordillera, chorreando colores como pinceladas sobradas de óleo. No supo precisar qué le había conmovido más, si la obra luminosa del atardecer o esta noche de estrellas que parecían querer saltarle a la cara como fuegos vivos.

El remisero se acomodó en la butaca y cabeceó para verle la cara. La única luz artificial era la que daban los faros del vehículo sobre el asfalto y algo en abanico sobre la banquina, lo demás estaba bañado por el fulgor de la luna llena. Acabamos de pasar el quinto refugio para montañistas, ya estamos llegando al puesto de Gendarmería, nada mal ¿eh? Realmente maravilloso, contestó, seguro de no estar exagerando. El remisero aflojó los hombros con aprobación, y aflojó también la pregunta que llevaba aguantando desde que había levantado al extraño hombre en el hotel Del Valle. Viene usted por el temita de la virgen, ¿no?

Al representante del Vaticano la pregunta le cayó como una patada, porque aparecía cuando era rehén de un auto a cien kilómetros por hora y en medio del desierto. Le molestaba que aún vestido de civil el chofer supiera de antemano que alguien con su embestidura iba a llegar para estudiar el “temita” de la virgen. Eso demostraba que todo lo que antes le había dicho tenía como fin llegar a esta pregunta una vez macerada la confianza entre ellos. Se odió por la inocencia, por haber soportado la charla trivial, los comentarios en el filo calculados al milímetro para no quedar en evidencia.

En efecto, contestó. Y miró la vasta llanura buscando una vicuña, un burro, algo que le evitara tener que dar detalles o empezar a contar historias. No tenía ganas de darle explicaciones sobre cómo había matado la fe de esa gente de Rancagua con sólo correr una cortina, o de los pueblitos de Iruya y Alto Calilehua que caminaban días y días por la yunga para ver un árbol con las señales de San Benito.

Notó que el hombre tomaba aire para arremeter, para no darse por vencido tan fácilmente, y contraatacó con un tono curioso. ¿Cuántos refugios habrá hasta Chile? ¿Suele dejar provisiones la gente allí?

El conductor sacudió la cabeza y desistió, suspendiendo para más adelante lo que le importaba, tal vez para mañana, cuando lo llevara al especialista en milagros a la gruta de la virgen. Deseó que le pidiera ese viaje, así se hacía un extra antes de regresar.

Se estaba por cumplir un año desde que volviera a la Argentina. Apenas unas misas con aire nuevo en la plaza San Pedro, ni un mes había pasado desde esa emocionante jornada, que siempre había parecido inverosímil, y ya lo mandaron a ver la imagen de la virgen en una ventana de una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Suspiró con algo de alivio cuando le dijeron que Arrecifes estaba en la Pampa Húmeda y rebalsaba de embutidos, pero nunca pensó que aquella ventana iba a ser nada más y nada menos que el principio de una recorrida sin fin por cientos de lugares tocados por la divinidad del señor en su tierra americana, ni mucho menos esperaba conocer la trastienda de la historia. Desde que Francisco estaba al mando, no pasaba una semana en que no aparezca un nuevo milagro en Argentina. Para quien lo mirara con ojos devotos, parecía ser cierto eso que siempre fue chiste en los pasillos de la Basílica de San Pedro: Dios es argentino. Y por lo visto en todo este año, el Todopoderoso estaba dispuesto a blanquearlo ahora que había ungido a Pancho Uno.

Salido del sopor en que se había hundido en el viaje, sacó la tablet y ojeó el documento que le habían enviado esa misma mañana. Abrió el informe sin demasiadas expectativas, aunque cada tanto aparecían casos reales, de estudio, de los que todo sacerdote duda. La fe se construye casi por imposición o costumbre, pero cuando llega a demostrarse puede resultar hasta de temer.

Este caso no podía ser muy distinto de tantas otras historias que ya había estudiado: una virgen, en capilla, gruta o ermita, que de golpe llora sangre sin explicación. Algunos testimonios, detalles técnicos y fotos que un cura o testigo acreditado pudo obtener, y algunos detalles sobresalientes: lo que realmente le interesaba. Este informe detallaba algunas cosas interesantes: la virgen llora sangre exclusivamente durante el día, con el primer rayo de sol y hasta el último resplandor. No habían encontrado evidencia de un charco o hueco visible por donde la sangre se filtre hasta desaparecer. Nadie se atrevió a mover la estatuilla, por temor a que el milagro frenara de súbito. La Santa Iglesia desconocía la existencia de la imagen, aunque los lugareños la frecuentaban desde hacía mucho tiempo. Se sospechaba que había sido depositada por un croata que tenía varias entradas en los registros de Gendarmería.

La ausencia de la sangre lo inquietó un poco. Una a una se repitieron en su cabeza las imágenes de otros casos, los especiales. Y el hombre de Arrecifes abordándolo para pedirle si podía confesarle algo. Vea, hombre, soy sacerdote pero mi misión aquí es otra. No, tranquilo padre, confesarle unos pensamientos, unas ideas que me nacen acerca de todo lo que pasa aquí. Y sin esperar la demanda el tipo había dicho que la fe está en el que la deposita, no en quien viene a comprobar un milagro, no en quien viene a decidir si esto es un acto de Dios o no. ¿Acaso el universo todo no es un acto de Dios? Entonces cualquier cosa es un milagro, incluso el hecho de que yo vea a una virgen en una ventana y usted me diga que son sólo cosas de las luces.

El argumento del hombre le pareció razonable, horas después, cuando lo pasó en limpio como para repasar la charla, que en realidad había sido un breve monólogo, una exposición. Era una idea casi justa, pero también estaba todo lo otro, todo lo que ese hombre no sabía, ni de la iglesia ni de Dios, ni menos que menos del universo. Todo lo que él hasta ese momento tampoco imaginaba. La sangre de la virgen desaparece misteriosamente, eso podría servir para justificar alguna especie de ilusión, pero detrás estaba lo que podía ser la verdad, lo que lo ponía a él en un lugar de privilegio.

Pensaba en ese hombre y en cómo le afectaría conocer ciertos secretos. Se sintió solo, como cualquiera que está detrás de un telón y sabe el truco sin poder compartirlo. El engaño mantiene al rebaño dentro de su corral, cualquier mago lo sabe, y esto no era muy distinto de eso. Salvo, decía un amigo, que en nuestro caso sólo estamos evitando que se vea una parte del cuadro, que no es lo mismo que mentir. Más de lo mismo, nada nuevo bajo el sol, al fin de cuentas era lo que siempre había pensado que era, pero de la conjetura a la confirmación hacía falta un salto de otro tipo de fe, como haber construido un puente sin saber realmente adónde se quiere cruzar.

Saciar el ansia por aprehender misterios lo separaba del pueblo que tanto amaba, y lo peor era que de aquí no había retorno.

Llegaron al puesto de Gendarmería justo a tiempo para la cena. Los acompañaron hasta el campamento de Vialidad, donde el encargado los esperaba con un locro hecho con ayuda de dos chicas francesas y un ecuatoriano que paraban allí para aclimatarse y subir al paso en esa semana. Las chicas, una semana antes, se habían topado con una gruta donde algún caminante había enclavado una imagen de Medjugorje para protección de los montañistas. Entraron a ver la virgen y la descubrieron llorando sangre. Una de ellas le había contado la anécdota a un primo sacerdote que había alertado sobre la situación al Vaticano.

Hablaron poco, la cabeza del sacerdote latía con fuerza. Le ofrecieron y aceptó el oxígeno, que lo reanimaría un poco. La migraña parecía cobrarle el peaje del espectáculo anterior. A duras penas descansó, pensando en que dos mil metros en un día era mucho, y que debería haber aceptado quedarse en las termas de Fiambalá a pesar del temor por un alud. Sentía en la cabeza como si cien monos estuvieran entonando salmos a los gritos y con bombos, así que decidió esperar al día siguiente para preguntarles a las chicas por su descubrimiento.

Tarde notó el error: las extranjeras tenían programado el ascenso y ya eran apenas unos puntos en el horizonte cuando amaneció por completo el día soleado. Preguntó si su destino no era el mismo, si no existiría posibilidad de interceptarlas, pero no hubo caso. Sin embargo, aquel contratiempo no lo desanimó demasiado. Palpó el morral y subió al coche después de Ulises, un gendarme que los guiaría hasta la gruta. Vamos a la gruta entonces, acá Ulises se ofreció a guiarnos… con suerte para la noche estaremos de regreso en la Capital.

Viborearon por caminos que escalaban las montañas de la cordillera y a la vez esquivaban sus picos. Teniendo en cuenta que la gente peregrinaba a pie, no resultó llamativo que en menos de una hora estuvieran en el lugar. La gruta apenas se veía detrás de unos arbustos, pero el sendero que conducía a ella era inequívoco. El especialista en milagros prefirió caminar esos últimos metros solo: por favor, sepan disculparme pero necesito privacidad para realizar la investigación, sobre todo para no contaminar la escena. Siempre echaba mano a términos televisivos para que las personas sintieran empatía, y siempre surtía efecto.

Se demoró dentro de la gruta alrededor de media hora. Observó cada detalle y cada recoveco. Movió la imagen de lugar y por fin dio con lo que estaba buscando, lo que le daba sentido a la situación. Quiso gritar de bronca, pero desistió. Un grito hubiera atraído a los dos de afuera, y eso era lo último que quería. Se mordió los labios. Odiaba estar en la posición que siempre había ansiado. Se sentía una especie de rehén de su propia obsesión. Volvió la virgen a su lugar y sacudió la cabeza disgustado mientras marcaba de memoria un número en el celular.

Se trata de un milagro de la luz, dijo, tratando de maquillar un poco el argumento que ya había venido ensayando en su cabeza. Es más, lo había meditado por la noche, cuando masticaba entre ideas y jaquecas los detalles del informe. La conclusión era más que clara sin casi mirar el escenario: sólo de día se ve que la virgencita derrama sus lágrimas de sangre, por lo que un efecto de luz dentro de la gruta explica el fenómeno.

El gendarme se adelantó a reprochar lo apresurado del veredicto, cosa que su superior le había advertido que podía suceder. ¿Tan sencillo de demostrar? ¿Cómo es posible? Mire, mi experiencia facilita mi trabajo… no es la primera vez que me encuentro con este tipo de escenarios… claramente la luz rebota en ciertos recovecos de la caverna y crea la ilusión que vemos cual lágrimas… Pero, dígame, ¿cómo es que nadie notó ese efecto antes? Ulises, entienda que a veces la fe provoca en la gente cierta necesidad de ver cosas que realmente no están ahí… Se detuvo un instante en el cual apoyó la mano sobre el hombro del gendarme. Pero hagamos una cosa, Ulises, cerraremos el lugar por un tiempo y me ocupo de enviar cuanto antes un equipo especializado que demuestre mi teoría… ¿eso le resultará más concreto a usted y su superior? Ssss, supongo que sí. Perfecto entonces, por favor le pido una mano para evitar el ingreso de personas al lugar… y dé por descontado que su colaboración y la del sargento serán debidamente agradecidas.
gotaDeTanti

 

Nota: Este texto quedó sin publicar en QNTF por cuestiones de logística, pero aún así insistimos en terminarlo y acá lo publico. La ilustración es de Gustavo De Tanti y la invaluable super edición fue hecha por José Sainz