la parábola del bondi

Mientras el bondi iba a 90 por las intrincadas calles de capital, observé los techos que pasaban raudamente por nuestro costado y pensé que me había embarcado en el bondi de la muerte. El mismo que, lejos de su original idea de frenar en cada parada donde se indicara con un cartel el número 28 y se hallara mínimo una persona con la mano extendida en ese saludo falso que tiene por objeto pararlo y montarse en su carruaje, cual si lo maniobrara el mismo diablo, seleccionaba a sus víctimas sólo si algún semáforo en rojo lo detenía (y digo algún semáforo en rojo, porque hasta este color parecía por momentos ser ignorado por el bondi del infierno).El transporte se precipitaba violentamente entre los huecos ínfimos que dejaban los demás de la misma línea o de otras, gambeteando a los eventuales carros que se deslizaban en la misma dirección o se enfrentaban con él en las intersecciones. Cruzaba casi al ras talones de transeúntes apurados, y peinaba las orejas de aquellos otros que concientemente le cedían el paso.
Surcaba las calles a una velocidad inusitada y pocas veces frenaba para levantar algún pasajero. La cara del chofer era de perro enojado, negando con el dedo (cuando le daba la gana), para entregar una excusa a aquellos pasajeros que afanosamente intentaban detenerlo. En otras ocasiones sólo esquivaba con la sencillez de la indiferencia el latigazo visual que le disparaban acompañado alguno de insultos variados; apretando el acelerador como un niño que por primera vez maneja algo con motor y apunta a precipitarse ante la reprobación de su madre.
Por mi parte comencé a tener sentimientos encontrados respecto de esta atípica situación. Había emprendido este viaje casi de casualidad cuando, un par de pasajeros y yo, logramos subir a este bondi que venía a toda marcha y claramente habrá tenido que frenar por alguna fuerza externa a nuestra voluntad. Aquel día, por fortuna, por lo menos este desaforado trabajador había decidido tomar nuestra ruta; como muchas veces no hacen a la hora pico vaya uno a saber por qué causa. Habíamos subido como si todo estuviera normal, es más, yo había optado por sentarme en el único asiento vacío que se trataba nada más y nada menos que el primero de todos. La experiencia indica que sentarse allí será un beneficio de unos pocos minutos ya que (cual ley de murphy) siempre aparece una embarazada, un anciano, una persona con movilidad reducida, o alguien más necesitado de viajar sentado que uno que a la simple apariencia desborda juventud y no precisa de mayor esfuerzo para viajar parado. De todas formas acepté el riesgo, a sabiendas de mi breve estadía allí.
Pero por designios del destino, tal elección terminó siendo para mí de una forma algo revelador. Pude contemplar esta secuencia de alrededor de 30 minutos (habitualmente el viaje demora entre 50 minutos y una hora diez), desde la primera fila; casi un cómplice de nuestro raro anfitrión. Tenía la pantalla grande delante de mí, y semejante espectáculo borró casi de inmediato cualquier cansancio que llevara conmigo. Pronto me di cuenta de cuál sería nuestra suerte, pues ya cruzando la plaza de mayo y abordando la siguiente parada observé que nuestro medio no se frenaba delante de la multitudinaria parada, sino que lo hacía más adelante con la intención de evitarlos. Frenó por obligación, eso debo aclararlo, para cruzar unas palabras con el control callejero (el chancho). Alguien se cruzó enfrente del bondi del infierno y cuando intentaba asirse de la posta, que ya estaba en movimiento, le fue cerrada de plano la puerta en la cara. La primer muestra agresiva que aprecié aquella tarde.
Puedo mencionar cada parada donde no nos detuvimos, y mencionar cada parada donde evitamos a la turba sembrando algunos metros de distancia. Podría con un poco de esfuerzo hasta retratar a los pocos que se sumaron a esta travesía alocada por cruzar buenos aires en apenas media hora, en hora pico de un día laboral. Y lamento darme cuenta en este instante de que estoy hablando en primera persona del plural cual si yo mismo hubiese conducido a este apóstol del infierno hacia la perdición. Puedo mencionar hasta los semáforos en rojo que nos saltamos, y los que hicieron su mejor esfuerzo por frenarnos. Puedo entregarles muchos más detalles del viaje que los necesarios, pero sólo voy a remitirme a contar lo que sucedía en mi interior.
Viajé esos escasos minutos sumido en el extraño clima con que envuelven los discos de radiohead, en esta oportunidad hail to the thief; agregando esto a todo lo contado; iba inmerso en un clima extraño y contemplando una situación que sorprendía a los nervios. Me alegraba por dentro porque deseaba llegar cuanto antes a mi casa, como suele sucederle a la mayoría de la gente cuando viaja luego de una jornada de trabajo; pero a la vez me sentía un poco asustado por la delgada línea que nos encontrábamos transitando. Casi estábamos al borde de cualquier choque, y recuerdo que en más de una oportunidad también lo estuvimos de atropellar a alguien y deshacerle la vida. Claramente, si se trataba del bondi del infierno o de la muerte, esto último no le afectaría a quien llevaba manos a la macabra obra. Mis dudas respecto de la naturaleza del chofer se acrecentaban cada vez más, pero me sentía a la vez atrapado por la vivencia; atrapado, hipnotizado por lo extraño del acontecimiento que nunca llegaba a definirse pero que latía ahí muy cerca de salir a flote.
Quiero decir también que mal que me pese, también disfrutaba al ver que nuestro “amigo” se salteaba las paradas sin importarle cualquier súplica. Me alegraba ver que pisaba el acelerador y continuaba su camino, mi camino, hacia su destino, el cual contenía la parada de mi casa. Pero como existe el lado bueno también está el malo, y mis sentimientos comenzaron a discutir prioridades o moralidades cuando me percaté de que en nuestro raudo emprendimiento dejábamos gente sin amparo. Faltos de misericordia atravesamos la ciudad dejándolos mascullando bronca por no ser parte de la travesía. Claramente ellos no conocían el dramatismo que se vivía sobre el transporte, pero sí conocían su situación de espera que seguiría extendiéndose, sin recibir a cambio mayores excusas que un no indicado con la mano, que bien se podía interpretar como un “no te quiero llevar” ya que todos aquellos despojados deban cuenta de que en efecto había pasajeros dentro del habitáculo.
Recordé que hube de estar muchas veces en la situación aquella de esperar en alguna parada, ver a lo lejos el número que quiero, y verlo pasar de largo lleno de gente o con gente muy poca. Eso me acongojó hasta el punto de p
ensar en decirle algo al enviado del diablo, pero me acobardaron mi insignificancia y su postura de guerrero sobre el volante. Lamenté, entonces, no haber equivocado el bondi, o no haber olvidado algo que me demorara en la oficina; pues si bien llegaría más temprano de lo usual a casa, sería a costa de los restantes que quedarían en el camino, quizás hasta maldiciéndonos a los privilegiados que sentados los mirábamos con cara de nada. Me odié por la alegría que sentía al verlos aparecer de frente y desaparecer limpiamente por el costado sin muchos segundos de diferencia. Me sentí molesto conmigo mismo por no actuar y decirle su merecido al hombre malo, sufriendo a cada mirada que resbalaba por mi rabillo y quedaba detrás de nuestra estela; aunque gomozamente persistían un instante en mi remordida conciencia. Me alegré mucho de mi fortuna cuando llegué a casa, besé a mi novia, le conté porqué había llegado tan rápido, y me olvidé de lo sucedido; como cualquier
día normal más.

Hoy que me detengo en este suceso, siento que debo velar también por el demonio al volante. Considero que aquél hombre, que aún estaba trabajando cuando nosotros ya no, probablemente estaba en tal veloz empresa por los designios de algún superior, abordando la situación con indiferencia ya que no podía hacer nada para cambiarla. Incluso pienso que tal vez aquél pobre hombre al que pocos le dicen buen día o buenas tardes, también se manejó con miedo en esos momentos; sufriendo por no poder detenerse, y por ser la herramienta de un latente accidente. Hoy, considerándolo, también me pongo en su lugar y pienso en que nadie se había percatado de su presencia hasta ese día; y que a partir de allí quizás muchos recuerden su cara sólo para maldecirla por abandonarlos a su suerte cuando simplemente podía cumplir con su trabajo (aunque en realidad lo estuviese haciendo), sin comprenderlo o ponerse en su lugar.

Moraleja (creo que todas las parábolas tienen moraleja):
Cuando se está abajo se critica a los de arriba. Cuando se está arriba se alegra uno de estarlo y, por más que se lamente, disfruta del privilegio y no hace nada por los de abajo; incluso apelando a la simple cobardía del “ojalá no hubiese estado aquí”. Pero, independientemente del lugar que ocupemos dentro del chiste, estemos en el lado que estemos, siempre responsabilizamos a quien maneja el carro.

3 comentarios sobre “la parábola del bondi”

  1. Varias veces viaje en este colectivo de la muerte, son varios los rostros de quien los maneja y cambian de forma como se cambia de ropa. Había una película donde un embiado del diablo recolectaba gente en un barco para luegos matarlos y entregarles sus almas al diablo, bueno estos colectivos no son más que la versión real de esa historia, la versión urbana y diaria que nos toca vivir, que de a poco nos oscurece el alma y nos la termina por sacar.
    Un abrazo quito, y ojo que a veces el colectivo de la muerte se convierte en taxi o remis, siempre camuflado pero buscando el mismo objetivo.

  2. ¡¡¡Genial!!! El poder de observación es enorme pero la arquitectura del relato es apasionante. Has utilizado el método científico combinado con el arte de llegar al corazón!
    Marlon

  3. ¡¡¡Genial!!! El poder de observación es enorme pero la arquitectura del relato es apasionante. Has utilizado el método científico combinado con el arte de llegar al corazón!
    Marlon

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