la montaña del terror

Cuando nació Tomy, mi sobrino postizo, fui a verlo a la casa de sus padres. Como cualquier persona normal, yo lo miraba desde lejos y decía qué bonito y esas cosas, negando con las manos así, para no alzarlo, por temor a que se rompa. Las mujeres suelen decir muchas frases que empiezan con ay mi viiiiida, pero nosotros los hombres decimos qué bonito o similares, como para cumplir.

La realidad es que para mí los bebés eran todos iguales. Un Nenuco con el que juegan las mujeres. Eventualmente eran una criatura por la que mis amigos/hermanos perdían la cabeza, y mutaban en actitudes que comprendía poco desde mi óptica de macho aún no reproducido.

En la visita a territorio familiar, que hasta hacía días tranquilamente podríamos haber llamado aguantadero, todo empezaba a cambiar. Cambiaba el aire, cambiaban las cosas que había tiradas por todos lados, cambiaban pañales. Todo muy lindo.

–Pedimos empanadas?

–Dale…

Contra todo pronóstico, al poco rato sonó el timbre del delivery. Y algo sano y normal se volvió la montaña del terror.

La madre, que le estaba dando la mamadera al bebé, sin nervios le dice a mi hermamigo.

–Bajo con vos, querés?… –Se gira hacia mí. El cielo se oscurece–. Quito, te quedás con Tomy un ratito?… Tomá, terminá de darle la mamadera…

Montaña del terror, tren fantasma, pánico escénico. Todo lo que quieran. El frío recorrió mi espalda. Pero no pude hacer nada. Si somos machos para putear a un taxista en la calle, tenemos que serlo para enfrentar la peor batalla: contra un bebé.

Se fueron lo más campantes y me quedé con un pibe incómodo en un brazo, con el otro sostenía la mamadera que el chico estaba tomando. Recé porque regresaran pronto, antes de que la leche se acabara. Pero no, la leche se agotó y la puerta no se abrió. Habrían pasado tres minutos eternísimos. No sabía qué hacer. Me desesperé. Tomy miraba para todos lados; ya se dibujaba el puchero en su carita fresca.

Sabía, por haber visto de lejos, que después de tomar la teta, a los bebés hay que ponérselos al hombro y golpearles la espalda. Ya sé, mamás del mundo, eso se llama provechito; pero no lo tenía claro en ese momento. Ni siquiera sabía con qué grado de violencia debía animar esos golpecitos! Sólo me lo calcé al hombro y le entré a dar palmadas leves, sin tener idea de cómo poner la mano, y ni siquiera cuál era el objetivo final. Lo hice por imitación. Y el bebé eructó sonoramente, o vomitó, ya no recuerdo. Yo era presa del pánico, y sólo quería que volvieran los padres YA!!!.

Cuando regresaron intuyeron mi cara. Se rieron de mí. Ahora que lo pienso, capaz estuvieron todo el tiempo detrás de la puerta gozando mi desesperación.

Sucede que yo les tenía mucho miedo a los bebés. Incluso me parecían algo aburridos. Para mí no hacían nada, y eran tan delicados que ante el solo hecho de que lloren creía que podían explotar en pedazos. Y cómo explicaba yo a sus padres que el chico había explotado porque yo no había sabido acunarlo o darle mamadera?

Una especie de carga-culpa que llevé conmigo hasta que nació mi hijo.

Mientras Simón estaba paveando en la panza, demorado, afuera esperábamos asustadísimos. Yo temía más que nada al momento en que, una vez salido de su madre, tuviera que seguir tras de él y hacerme CARGO. Me daba pavor el primer cara a cara con esa criatura. Peor aún cuando me dijeron: vos le vas a poner la primera ropita, y me clavaron la mirada para disfrutar de mi sufrimiento.

No me ponía nervioso el parto. En ese momento uno es el puntal de la madre, todo bien, somos el hombre del hogar, le hacemos frente y ponemos el hombro para sostener a nuestra mujer. Pero asegurarte de ser al primero que verá el chico, es querer volver a las pesadillas de adolescente.

Pero por alguna maravilla del mundo animal, cuando el pibe es tuyo las cosas te brotan como si fueras manantial. Todos los miedos se desvanecieron apenas lo vi salir de su madre. Me pasó la vida por delante en un instante, hasta comprobar que respiraba y llenaba sus pulmones de grito y llanto. Y después, riendo, empecé a acompañarlo. Punto de partida.

Sobre la camilla estaba mi hijo. Era mío, si se rompía era romperme a mí mismo. Era yo ahí en bolas. Lloraba y no lloraba. Tiraba manotazos de hip hop y me los acertaba todos a la cara. Yo atajaba embobado como un Rocky.

Simón era frágil, sin embargo mi miedo había desaparecido. Hacía minutos él nadaba dentro de su bolsa líquida, solitario, piolón. Pero ahora estaba a solas con su padre, para mostrarle que está bien, yo sé que no entendés una mierda, lo mismo me pasa a mí, pero es natural… es natural que nos tengamos el uno al otro para hacerle frente… qué va!

2 comentarios sobre “la montaña del terror”

  1. Con Santi tuve cero miedo, fue mío desde que salió de su madre y me lo demuestra a diario. Hace poco nacio el primito de Santi, creo que en estos 5 meses lo tuve a upa 3 veces y lo devolví en menos de 2 minutos, parte porque llora como loco cuando lo agarro y parte porque me ciento muy incómodo con otro bebe que no sea mi hijo en brazos.
    Es como con los autos, si es tuyo lo andas con la ventanilla baja, despreocupado, si es ajeno te aferras al volante deseando que no se cruce nadie por delante por miedo a estropearlo.

    Un abrazo

  2. Me trajiste un recuerdo tan lindo y sencillo.

    Que poco tacto esa madre… o cuanta confianza ciega (aunque no mucho porque, aun ciega, recuerda la cara de panico de ese tio inexperto).
    de seguro fue un vomito, siempre eran vomitos!! o ambas quizas, no recuerdo!

    Que risa verte en esa situacion al abrir la puerta, recuerdo haber dicho un «te animas…» y sin esperar respuesta depositartelo en los brazos como quien no quiere la cosa…
    De hecho hasta hoy crei que no habia sido tan tetrico para vos… jaja

    me hiciste lagrimear quit.
    Beso y abrazo a toda esa familia hermosa.

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