La belleza de las palabras (unas contra otras)

Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
(Jorge Luis Borges – La Dicha)

…acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa,
convencida como yo de que un encuentro casual
era lo menos casual en nuestras vidas,
y que la gente que se da citas precisas
es la misma que necesita papel rayado para escribirse
o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
(Julio Cortázar – Rayuela)

Las palabras están ahí, son el lenguaje. Los que hablamos castellano, encima, tenemos la oportunidad de decir las cosas de veinte maneras distintas; sin incluir las metáforas. Quizás el Inglés sea el idioma más popular, sin embargo no tiene tantas variaciones como nuestro castellano. Será que somos más imaginativos? Será que los pueblos que adoptaron el castellano son más coloridos? El fenómeno, creo, sería motivo de estudio a nivel sociológico.

Quizá tenga que ver hasta con el clima. Quién sabe? La cadencia de los pueblos que se comunican a través del castellano es mayor, se mueven más, sufren menos el frío, tienen como una alegría internalizada. Hasta puede decirse que la lengua es más musical. Quizá el hecho de llamar las cosas de múltiples maneras se deba a la necesidad de cantarlas, de incluirlas en la melodía; y si la palabra existente no te sirve por su fonética, pues inventemos otra!

Muchas veces me puse a reflexionar sobre las palabras que usamos por un tiempo y luego desechamos. Fácilmente podemos reconocer etapas de nuestra vida con sólo nombrar algunas palabras que usábamos en cada período de tiempo. Incluso marcar tierras, tribus, pueblos. Nateado fue una de esas palabras. La decíamos a 180 kilómetros de Buenos Aires, y en la Capital ni saben qué quiere decir.

Quiere decir, esa es la cosa; no qué significa, sino lo que queremos decir.

Chabón fue una palabra porteña. Ya no se usa. Marca una parte de mi adolescencia. Macanudo. Mecachendié. Flirtear la usaban mis viejos para decir que chapaban, o que transaban. Hoy transar es otra cosa. Ayer era flirtear. Hace un tiempo tenía dicción por la palabra chaval. Hoy casi está seca en mi boca.

Un  lenguaje como el nuestro es tener un ramo de flores bien coloridas. Por eso lo de florido, calculo. Con el tiempo las palabras que se van secando, se cambian. Tenemos la facilidad de aburrirnos y pasar a otra cosa. Parece que una palabra te queda linda, la usás un buen tiempo, la contagiás. Pero un buen día, se te cae por ahí y la olvidaste. Seguramente habrá otra para reemplazarla. O la inventaremos. Copado.

Nos gusta romper con el lenguaje. Hace a las personas. Hace a los grupos. Los formatea dentro de un lenguaje propio. Harcodea. También se inventan palabras propias en los entornos de cada profesión. Son códigos internos que atraviesan a las empresas pero se mantienen dentro de las actividades. Poray no, che, culiao.

El lenguaje es música. Es la música básica. El sonido de nuestro instrumento más primitivo. El que llevamos incorporado. Y, como la música, se transforma constantemente. Es lo que nos cautiva: el hecho de poder darle forma, de reinventarlo, de crear sobre él nuevos pilares que incluso hasta estén encriptados para algunos.

Creamos un lenguaje propio en nuestro círculo íntimo. Nos llamamos por apodos que a veces se limitan a sonar en la intimidad, como método de conservación. También he sido testigo de apodos que se expandieron al cruzar los límites reservados. Pero qué va!, el lenguaje está para comunicarse, y el que lo necesite usar, y encuentre que la palabra a mano es la palabra justa, bienvenido a usarla.

Lo que no está inventado se puede imaginar y listo. Una vez creado ya existe, y ya es utilizable. Las palabras se ordenan y pueden decir infinidad de cosas. El orden en que las pongamos les dará sentido, connotación, explosión, belleza, dirección. Todo está ahí, a nuestro alcance, a nuestro modelaje comunicacional. El vocabulario se nos brinda solidario, sin restricción, sin esperar nada a cambio, sólo que lo utilicemos más y más, que lo gastemos.

Allá aquellos que pretenden encerrarlo en libros a modo de celdas. Como edificios sin ventanas donde sólo entran o salen las palabras aprobadas. Son edificios pisapapeles, nada más. El resto está ahí en la calle, atravesando las paredes del mundo, golpeando cabezas y permitiéndose ser la forma en que cada idea se exprese. El verdadero lenguaje que no le pertenece a nadie, que va y viene como olas, se reinventa, y, como la naturaleza, es tan bello que se multiplica a sí mismo sin otra necesidad que el ser repetido para identificar lo que sea.

Qué le importa al lenguaje su modo correcto? Muy poco creo. Lo único importante es que de un lado alguien junte sonidos que son letras y los arremangue en palabras, amasándolos en oraciones que otro tenga habilidad de interpretar. Y cuando ya están sueltas, cuando están en el aire, ya son universo, son del otro, del que las encuentre. Y los sentimientos que lleve pegados serán los que el otro entienda, y ya.

Poderoso el lenguaje que hasta puede significar lo mismo, o lo distinto, para uno mismo, o para dos distintos… mínimo.

texto publicado en Revista TRES nro. 1

Un comentario sobre “La belleza de las palabras (unas contra otras)”

  1. Excelente texto. Es impresionante el poder que tienen las palabras. Soy un convencido de que lo importante no es lo que se diga, sino como lo escuche el otro. Hasta un insulto, dicho en el momento justo, puede ser juzgado de atractivo o acaso risueño. Abrazo

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