el bueno, el malo, y el perro

a Mandanga

EL QUE ABANDONA NO TIENE PREMIO. Boca campeón de amer

La ves y pensás: pared de mierda.

La frase del indio es maravillosa, pero lo que sigue te pesa mucho, te irrita las bolas.

Se ve que la cana o algún vecino los corrió. Vos, que siempre amaste a los Redondos, seguro hubieses esperado hasta que escribieran la “o” de premio, y después hubieras gritado como loco, para que se vayan, que no escriban la pared hijos de puta, la puta que los parió.

Lo que no sabés es si les hubieras gritado en plan hincha de River, o poniéndote la gorra porque estaban escribiendo una pared de tu barrio. Las dos cosas pueden ser malas. A cual peor. Ponele que ellos eran 4. ¿Te hubieras bancado gritarles ¡eh bosteros putos! ¿qué escriben la concha de su madre!?? Sabés que te iban a apurar y que ibas a quedar como un cagón, o cagado a bifes.

Y si te hacías el buen vecino y les gritabas, ¡eh!, ¿qué hacen ahí? ¡voy a llamar a la policía!, te ibas a sentir re gorra. Sobretodo porque no te molestan los grafitis. Lo que te molesta es ESTE grafiti.

¿Por qué tienen que enrostrarte a vos, que ellos son los campeones de libertadores?

Vos lo sabés bien: el fútbol es así. Sin un derrotado no hay victoria ni festejo. Es el yin y el yang girando en ese gris loco, para manchar al que se le ocurre. Y te da bronca que por mucho tiempo ellos hayan tenido la suerte de su lado.

Para colmo ese paredón es lo primero que se ve cuando salís a tu balcón. Está en el centro, en foco. Una luz de la vereda le da justito. Es cierto, vivís en un cuarto piso y podés mirar en línea recta al horizonte. Lo intentaste mil veces, pero cuando hacés eso sentís que te pesa la mirada, que te tira para abajo. Hasta que caés y los ladrillos te saludan, con su frase como una sentencia.

Cuando pasás por ahí todos los días para ir a laburar, y al volver también, mirás la pared con rabia. Así salgas para el otro lado, siempre le dedicás una puteada por lo bajo, una mirada de odio. El mensaje insiste y te come por dentro.

Te da bronca que los hijos de puta siempre ganen por penales, y que vos siendo de River tengas que soportar sus cargadas. Si, si, el yin y el yang y la mar en coche, aunque sepas que no serías tan hincha de River si ellos no existieran, te dan bronca. Y los necesitás como ellos te necesitan a vos. Si desaparecieran los hinchas de Boca, le comprarías la camiseta bostera a tu hijo para tener alguien a quien pelear.

Pelearse. Antes, porque te escriban la pared seguro te metías en alto bondi. Si hasta un día quisiste cagarte a trompadas con todos los de boca del pueblo que festejaban un campeonato en la esquina del centro. Decí que tu primo Mandanga te puso la mano en el hombro y te dijo, daaaale, andá para tu casa que no quiero saltar a defenderte contra mis amigos.

Ese día entendiste que el fanatismo extremo estaba de más. Pero igual te carcome por dentro esa frase, parece un cartel luminoso. Te molesta incluso estando de espaldas. Y ni hablar que por dentro festejaste (o por lo menos cerraste el puño), cuando Ñulls por fin rompió con los penales y la clasificación a las semis de la copa. Te acordaste de aquél momento igualito cuando les ganó esa final de campeonato por penales en el 91, Scoponi se atajó de todo ese día. Parece mentira, te puso contento, porque la pared quedó trunca y hoy tiene más razón que nunca: el que abandona no tiene premio, Boca camp… de nada. Qué bueno ver el muro como un presagio ¿no?

Pero la espina insiste, porque el que lo puso parece decirte en tu cara. Como si lo hubiera escrito y te hubiera tocado el timbre para reírse: sonó el portero y te quisiste matar porque te dijeron puto, mirá por la ventana, cagón. Tal cual lo de la bandera, que fue gratuita y la festejaron hasta los hinchas de otros clubes.

 

Un día no aguantás más y te comprás un aerosol, color negro. Te lo guardás en la campera, en el bolsillo derecho cuidando que no te vea nadie. No querés quedar como un vándalo. Llegás del laburo y te quedás merodeando la pared con desesperación. Caminás medio urgente, vas y venís en círculos. Pasa mucha gente que te mira extrañada. Abandonás la idea cuando caés en que tranquilamente podrías pasar por un dealer de paco, y te metés en tu edificio.  aerosol

Así repetís el proceso un par de semanas. Hasta que por fin te animás a cambiar la táctica.

Esta noche, en tu casa, buscás excusas para matar el tiempo. Y cuando se hace medio tarde decís:

–Gorda, nos olvidamos de sacar a Timus… ¿podés creer?

Hace un frío de locos, el invierno es inminente, te lo avisan los mocos y tu mujer que te propone hacerlo aguantar hasta mañana. No la escuchás. Vos sos el que no aguanta más. Ya no.

Salís con Óptimus. Esquivás los escombros de la ciudad que parece dinamitada. Culpa de un hijo de puta bostero también. Te vuelve loco eso. Si quiere adoquines, le darías adoquines por la cabeza.

Te ponés a pensar en eso, y sentís que el tipo maneja la ciudad como bostero. Como el codazo del Chiqui Perez a la boca de Scocco, o como cuando el mellizo lo hizo echar a Hernán Díaz al ningunearlo. Parece mentira, te decís; el tipo la bardea y habla de paz y amor. Se queja de la confrontación poniendo carita de yo no fui, y caga a palos a todo el mundo. Bien bostero, decís entre dientes.

Estás determinado, porque esto ya no es entre el que escribió la pared y vos, sino que se trata de un duelo de actitudes. Una disputa entre hacer trampa saliendo airoso, y los que siempre se están bancando la prepotencia.

Ya estás re caliente. Soltás el perro, lo dejás ser un rato, sin correa, total no anda nadie a esta hora. Él aprovecha y mea unas ruedas, y caga en la vereda del vecino que siempre anda de camiseta. No sabés si fue ese vecino el que escribió la pared, pero te rompe las bolas cuando agita como tarado, cuando grita los goles como si lo fueran a matar. Que le quede caca en la vereda es un acto de justicia.

Se te cruza que poray el que escribió la pared es el portero de tu edificio. El tipo es muy fanático, pero parece centrado. Si hablaste mil veces con él. Incluso de esa misma pared. Y él sonríe porque es bostero, pero ni le daría pintar la pared de un colega.

Estás seguro que fue el pelotudo del vecino jetón. Bien por Optimus que le cagó la vereda.

El perro se aleja pero no te importa, vos tenés otra cosa en mente. Te hacés el boludo, mirás y pateás con curiosidad unas bolsas que no parecen de basura, o mejor dicho son basura para unos y quizá algo útil para otros. Levantás lo que parece una repisa vieja, está hecha mierda, pero igual te sirve para hacerte el cartonero y acomodarte para donde querés.

El mueble  se te cae, queriendo. Te agachás a levantarlo y medís en la acción tu próximo movimiento.

A esta altura Óptimus desapareció de tu vista, pero también desapareció de tu memoria. Tenés en mente otra cosa, y es tan árbol en tu pecho, en tu ser, que no ves nada del bosque. Ni siquiera ves al rati que viene caminando a media cuadra, hacia vos.

Sacás el aerosol y le mandás un rayón grande, de un saque. Pensabas que iba a tapar más. Te das cuenta que necesitabas probar antes sin estar nervioso, que necesitabas práctica para hacer esto.

Las manos te chorrean de negro. Pensás en qué le vas a decir a tu mujer, y ahí te acordás del perro,  porque es blanco y si lo agarrás con las manos llenas de pintura la cagás del todo. Asumís que tu esposa tendrá que ser tu cómplice, no hay chance. Ya estás en el baile, tapás el Boca y alcanzás a manchar el camp. Queda el amer.

La otra frase no te importa tanto porque te gustan los Redondos. Quisieras taparla, callar toda la pared porque la memoria de esas cosas pesa mucho, pero ahora el perro volvió a ser parte de tu vida y se te perdió, y tenés que recuperarlo, claro.

Gritás el nombre, tranquilo, como quien no quiere la cosa. Dudás entre insistir con el aerosol o dar por hecho el trabajo. Dios, pensaste en tantas cosas que poner, y ahora te apagaste, no sabés qué escribir. Tampoco sabés si sos capás de escribir algo, aunque sea una pelotudez. Se te ocurre poner Boca vení que te gusta lamerla, pero ya tapaste el boca, la puta madre.

Llamás a Óptimus de nuevo. Cuando te asomás por la esquina ves al cana que está ahí nomás, como que levantó la cara prestando atención a tu gritito. Advertís que acelera el paso. El aerosol sigue en tu mano negra y fresca, lo que hace que  sientas el fresco de la transpiración.

No sabés qué puede suceder si el policía se da cuenta. Tirás la lata entre los trastos que estuviste pateando. El tipo no se va a fijar.

Te metés la mano en la campera, y el pequeño alivio que puedas sentir se traduce en la desesperación de cómo carajo le vas a explicar a ella la pintura en el bolsillo. Todo mal. Y el perro que no aparece.

Le gritás . –¡Dale que hace frío!

Se lo decís sin saber dónde está realmente, pero lo que te interesa es que te escuche el rati y no sospeche nada de vos.

Te está mirando, el cana, que ya cambió el paso por uno más sigiloso. Pensás que los de su raza deben tener un séptimo regimiento interno que les avisa cuando algo no está del todo bien. Mira las bolsas, te mira a vos y te saluda con la gorra sin tocársela. No sabés cómo carajo es que hizo eso. Tampoco se lo querés preguntar, más vale morir con la duda.

–Buenas. –Lo saludás, bien cerrado, apagado, sin interés. Habías pensado agregar jefe al saludo, pero en el segundo te diste cuenta que poray no te favorecía eso. Cogoteás un poco y llamás de nuevo al picho. –Optimus… puta madre.

–¿Todo bien? –pregunta el cana.

–Todo bien oficial –respondés, seguro de que esa palabra no va a caer como forreada. –El perro… no sé donde se fue…

–Se fue a cagar… –dice él. Y se voltea a ver que la pared brilla de pintura fresca.

–Mjé… –tirás como para que escuche que le festejás el chiste. Si es que fue un chiste. A esta hora nunca se sabe distinguir la ironía de la realidad.

El perro por fin aparece desde atrás de un volquete, a unos 15 metros. Te acercás a él, especialmente para alejarte del cana, que apenas te mira y vuelve la vista a la pared, y de ahí rápido a las bolsas que están desparramadas, y a las maderas que parecen de un mueble roto, y se queda un instante en lo que parece ser una lata de aerosol entre toda esa basura (porque para él es basura hasta que pase a ser evidencia de algo).

Sentís el tirón frío en la espina. Por esa razón se te pone dura la espalda. Seleccionás en dos pasos la mano que usarías si el perro no te responde y se escapa de nuevo. Dudás: agacharte con las manos en los bolsillos no parece una opción normal. Mejor seguir caminando y probar que el perro te siga con una orden.

–Vamos Óptimus…

Girás la cabeza para saludar al oficial. Él te está mirando, parece observarte desde antes, como estudiándote.

Eso te inquieta, pero bancás la parada. –Buenas noches… jefe…

Jefe. ¿Porqué decir jefe? ¿Porqué decirlo si estaba todo bien?

Te volvés y encarás para la puerta del edificio. Por suerte, Óptimus te acompaña.

Jefe. Sabés que lo dijiste en falso, que esa palabra te delató. No te animás a mirar de nuevo. Probablemente te está midiendo, el jefe. Probablemente está esperando que te dés vuelta y así confirmará tu delito. Te preguntará algo más para ponerte nervioso, para notar que no sacás las manos de los bolsillos.

Apurás el paso sin darte cuenta. Solo pensás en no darte vuelta. Basta de pasos en falso.

El tipo da un paso hacia vos. Lo escuchás como un estruendo. Sentís que se te va a colgar del cuello como un mono. Y te falta tan poco para llegar a la puerta.

Otro paso. Y otro. De ambos. Parece una coreografía.

Se prende la luz de la puerta. En ese instante recordás que la llave la tenés del lado de la mano sucia. Y escuchás que el cana se acerca. Por lo menos lo hace con paso tranquilo, pero en tu cabeza calculás que coincidirá su llegada con tu mano a la vista. No da para hacer el malabarismo de agarrarla con la izquierda, sería evidente. Encima la luz, te sentís en un escenario.

El que abandona no tiene premio.

La frase te salta a la jeta para recordarte porqué estás acá. O tal vez para decirte que si ya estás jugado, por lo menos lo intentes.

Te inclinás por lo último. Sacás las llaves con seguridad. Le murmurás algo al perro. Metés la llave. Escuchás el tambor girando y los pasos del rati. Dos vueltas. Empujás la puerta. Te apoyás arriba de la mano de un modo raro, pero tratando de no parecer un salame.

Lo mirás al cana a los ojos. Ahora que está todo ahí, el universo en un instante, no querés que mire a otro lado que no sea a tu mirada. Lo invitarías a bailar, si eso sirviera de algo. Una mutua mirada eterna. Parece amor.

Casi como un big bang, suena por ahí cerca una explosión como de botella estrellándose. Mata el momento, la mirada.

El perro ladra alarmado. Te ponés tenso, el cana también. El ruido vino más o menos de su espalda. Los dos vuelcan su atención hacia allí, pero a vos no te importa tanto el origen como el resultado.

Ahora el oficial se pone firme, atento. Vos sentís que se te va despegando y aprovechás para tirar de tu perro. El hombre murmura un buenas noches apurado, y por fin se va a investigar el ruido.

Te metés en el edificio, también apurado. Una vez adentro te aflojás. Llamás el ascensor pero suben por las escaleras. Antes de entrar en tu casa, suspirás satisfecho. Óptimus parece contento. Lo acariciás con la mano buena.

Alzás las palmas a la par, y te las mirás un momento. Yin y Yang, pensás. Qué loco.

Mural002