)crónicas dentro del arte(: los forastreños

Cuando se habla de exilios, solemos remontarnos a épocas de dictaduras en que algunas personas tenían que huir del país para evitar ser desaparecidas. Hace poco hubo un debate en un programa de televisión abierta, donde discutían si era correcto utilizar la definición exiliados económicos para los que se fueron en 2001 a trabajar en Europa. En ese tren podríamos decir que exilio también fue el de muchos de nuestros ancestros cercanos, llamados inmigrantes, que vinieron huyendo de una guerra y su hambruna (cosa que siempre causan las guerras, aparte de infinitas muertes por bala directa).

Creo que también existen otros tipos de exilios que, aunque menos peligrosos, igualmente afectan al individuo de manera suficiente para forzarlo a moverse de sus orígenes. No sé si llamarlos económicos. Quizá sociales, quizá culturales.

De algún modo, en esa línea del exilio creo que nos encontramos muchos de los que hoy por hoy vivimos en otros lugares que no son el de nuestro origen. La intensidad es distinta, está claro, pero encontrarte con una profesión que no tiene lugar en tu ciudad natal, o siendo artista sin espacios donde mostrar tu arte o sin gente interesada, o deportista que busca proyectarse profesionalmente en disciplinas que no sean fútbol y automovilismo; te hace sentir que en realidad como que te están echando. Después, estar afuera te hace renegar desde afuera, y hasta puede ponerte en el lugar del culpable por no haberte quedado a ayudar; para terminar en discusiones desde dos márgenes del río, ambas con su parte de razón.

Está bien, hablamos igual de emigraciones dentro de un mismo país, pero las burbujas, en distintos tamaños, siempre representan más o menos lo mismo. Mi hermano me dijo una vez acerca de irse a Buenos Aires: es una cárcel igual… una cárcel más grande, pero cárcel al fin.

Exiliados y todo, vi que también, cumplidos los ciclos, los sentimientos se amansan. Y empezás a ver con mayor claridad hacia atrás y hacia ahora. Te permitís disfrutar de tus lugares, desde el lugar que ocupás en ellos, con una mirada de espectador privilegiada. Porque no sos ni lugareño ni forastero, más bien serías un forastreño. Un habitante híbrido que toma de las dos fuentes. Puede suponerse un ideal, pero en realidad para un forastreño, siempre están los kilómetros separándolo de algo, y siempre tiene que estar eligiendo y postergando. Siempre te sentís a mitad del camino.

Con la flaca, en condición de forastreños, tuvimos la suerte de disfrutar de dos espectáculos maravillosos en la ciudad que nos parió. Un show de blues infernal, y una obra de teatro musical majestuosa.

La Novicia Musical

Esta obra que vimos en Arrecifes también habla de exilios. Dos exilios. Uno del tipo ideológico, como el primero de los que mencioné; y otro más bien sociocultural. Si bien está tomada por el lado más simpático de la historia, y contada en formato de musical, no deja de ser un relato que grafica de buena manera la gravedad de encontrarse entre la espada y la pared (metafórica y literalmente), por el solo hecho de no estar de acuerdo con algo o alguien en un caso, o por actuar distinto a lo convencional, en el otro.

Si bien la obra transita por otros caminos, especialmente enfocada en mostrar cómo una aspirante a novicia es invitada a claudicar, lentamente se vislumbra lo que será la parte fuerte de la historia. Hasta que en un pasaje la obra te toca los pelos de la nuca y te agarra las tripas desde adentro, para decirte al oído que había que tener miedo, que ESO, seas mayor o niño, era para cagarse las patas posta. El malo bien malo de la historia, se encarga de equilibrar y ponerle la sal justa a una obra redonda en cuanto a ternura, comedia, y drama.

Nunca me emocionaron mucho los musicales. Pero no recuerdo haber visto ninguno en vivo; todos los que padecí fueron en películas. Y lo bueno de ese antecedente es que aún guardaba esperanzas de que en esta oportunidad fuera distinto el sentimiento. Este musical, no sé los demás, fue algo maravilloso. Una banda tocando en vivo toda la obra (tooooooda la obra, que dura alrededor de 3 horas), y los actores cantando casi todo el tiempo. Un nivel de canto zarpado, desde la Novicia hasta los 7 niños. Desde el Capitán hasta la Madre Superiora y su coro de monjas. Fenómenos. Profesionales. Gente que abruma con sus ganas y su talento.

Todo este grupotototote de gente, enormeeeee, hizo esto (10 funciones en total), por recaudar fondos para recuperar el Teatro Español. Una catarata arrolladora que seguramente cumplirá con el objetivo de reavivar esos fuegos apagados contra el arte y la cultura toda. ¿Cómo no conmoverse? Como forastreños, nos movilizó venirnos a estar, apoyando, acompañando. Y lo hermoso es que sentimos que nos regalaron un gran momento, que estuvimos presentes en un suceso irrepetible. Ojalá, igual, se repita.

Botafogo

El ambiente del pasaje Albania es muy íntimo. Mucha onda, repleto de mesas y sillas fuera de serie. Todo a la venta. En medio de etiquetas con precios, y tapas de discos de Sandro, una medialuna con los instrumentos. Noche de blues convocada por la revista Arrecifes Sapiens. Ojo!, cierre de un ciclo de varias noches de alta calidad musical.

Con el lugar lleno, casi podíamos hacerle una cejilla a Botafogo. Nos hablaba a la cara, nos charlaba con la guitarra. Se podía sentir la música oleando entre la gente, provocando un clima cercano a lo místico. No solo por lo que pueda generar Don Vilanova, sino también por la onda que el público había arrastrado hasta ahí.

Visualmente son postales de momentos inolvidables. Oportunidades que la música no desaprovecha y se permite demostrar por qué es tan mágica; y por qué no es sólo un don de la humanidad que dispone de la habilidad para el instrumento, sino de la naturaleza misma. Ahí, cuando se vuelve una comunión, un todo entre ejecutantes y expectantes, es que se palpa la magia, la posta.

Y dije, no fue sólo Botafogo. También fueron una banda de músicos locales, comandados por Tucho, Seba y Mati, que fueron invitando a un montón de gente piolona que sabe ponerle piel a la canción. Poderosas voces femeninas, zarpados guitarristas, un armoniquero de las viejas huestes. Todo en un tire y afloje que terminó a todo culo con un devuelto Vilanova al escenario, y duelos de viola incendiarios. Violeros que se muerden la lengua y no sólo los escuchás, sino que les sentís eso que los está poseyendo.

Todo organizado por Pato Fierro, en su intento por juntar fondos para sostener la revista literaria Arrecifes Sapiens en la calle y gratuita. Otra muestra de fuerza conjunta para empujar un carro que muchas veces se vuelve imposible de tantas piedras que cruza en el camino.

Hacer arte es una forma de matar el exilio. Una forma de ocupar ese espacio que sentimos que necesitamos ocupar. Hay algo que te arrastra hacia esa necesidad, que también es una pertenencia. El artista en una búsqueda desesperada de algo, sin saber qué. Ahí quizá una de las diferencias, ya que el exiliado sabe a dónde quisiera volver, o por lo menos qué extrañar.

Arrecifes, mi ciudad, de golpe se abalanzó a matar el exilio cultural del que estaba presa. Lugareños y Forastreños decididos a matar la pereza, a ajusticiar el tiempo con sus inquietudes. Y no sólo por hacerlo (que ya es loable), sino también por que siga reproduciéndose. Por generar más espacios, reabrir un teatro, darle aire a una revista literaria. Yo me pongo de pie, y hago lo que puedo e intento hacer desde mi lugar: dedico estas palabras para que el eco tome fuerza y no desaparezca en anécdotas de qué hiciste el fin de semana?

Sigo aplaudiendo de pie a estos artistas que son flores, primavera que mi pueblo andaba necesitando…

PD: cito unas palabras de Tucho Duzac en Facebook, a propósito de otro evento del mismo tenor, en donde muchos artistas se juntaron a honrar a L.A.Spinetta: “…gracias a el publico local que nos demostró que la evolución de una sociedad comienza(en parte) por apoyar su cultura