)crónicas dentro del arte(: las formas

El otro día escribí las siguientes líneas urgentes en una red social:

me acabo de dar cuenta que no me gusta que todo encaje…
la forma, la cosa está en el amor por la forma, por lo que desacomode…
la naturaleza es la forma, es la que todo el tiempo está desacomodando…
el arte quizá sea la desesperación por reproducir la exactitud del desorden…

Luego se dispararon varios comentarios, a la charla contribuyeron varios amigos (Tini, Javi, Pablo, Juan), y surgió un pequeño intercambio interesante:

(Juan) “Te metiste en un quilombo, llegaste al límite. Composición versus organización, problemita si los hay. Agarrate!”

(Quito) “muchas veces la locura es el camino más concreto…”

(Juan) “Romántico, pero no hablo de eso, hablo de modos de producción”

(Quito) “Producción artística desacomodada, contra planes establecidos, la falla como belleza, el error, sobretodo el error q me convence cada día más que será el acierto (de qué? quién sabe realmente qué es lo que está buscando?)…
así de romántico lo digo: el engranaje que se desacomoda acaso provoque que la máquina transite inesperados caminos…”

(Juan) “ Eso que tan bien describís es un modo de producción, modo composición, lo “incluye” al todo, modo arte, opuesto al modo organización que es excluyente de ese todo, modo capitalístico.”

(Quito) “el modo que te mantiene incómodo constantemente, porque quiere encuadrarte, encajarte, amoldarte… porque resulta sencillo de manejar lo que es acomodable… pero por fuera está todo lo demás, lo que está inquieto e incómodo, ahí palpita el arte, aunque a veces parece sucio, desprolijo, quizá sea el arte más vivo…
masticándolo, pienso, vamos y venimos a esto: para inquietarse tiene que haber algo que esté queriendo doblegarte, y para doblegar tiene q haber algo que esté desequilibrándose, el va y viene infinito donde cada cual ocupa el lugar q le corresponde y aparte los otros, los que nacen para ir pateando fichas de los dos tableros porq no pueden contenerse en nada, y tmb porq tras la acción está la reacción y la culpa…
(acaso la duda grande: ¿ser o no ser parte de este tercer grupo inestable?)”

 

Muchas notas pueden escribirse solas con la reunión de varios comentarios. Hubo uno de Javi (director de una de las obras que quiero comentar), que dijo “Totalmente de acuerdo, ya sabés por qué!!”.

Sí, ahora que releí la conversación que surgió, sé por qué. Porque razonar las necesidades espirituales tiene mucho que ver con las experiencias que uno vive, y cuando, por caso, uno se involucra con obras de teatro u otro tipo de expresión artística, se deja llenar de incertidumbres y siembra nuevos pensamientos.

Cuando quiero hablar de experiencias con el arte (éstas crónicas que cada tanto disparo), intento hacerlo desde el lado de las sensaciones, de los resultados, de las cosas que valoré. Lo técnico me tiene sin cuidado, básicamente porque prefiero hablar del arte al respecto de su sustancialidad y no de su ejecución, además de que soy muy limitado técnicamente.

Días después de ver estas dos obras, fue que tuve esta especie de epifanía y se liberaron ciertos razonamientos que me hicieron advertir lo que antes había sentido.

 

El diente hincado.
DienteDeLeónLa primer obra que vimos (como mi esposa), Diente de León, ofrece un escenario que puede ser lo que quieras ver, con una fotografía sugestiva: una especie de plaza cubierta de papel desgajado, y un sillón, envueltos de un clima cuasi desolado. Esos elementos y la protagonista que se mueve con ellos, y entre ellos, evidencian que la transmisión de los mensajes no necesita de palabras.

Con el correr del relato habrá otro par de elementos que permitan transitar los estados emocionales de la protagonista, el descubrimiento, la desesperación, la propia aceptación. Un abanico de estados tan personales que se hace imposible no sentir empatía con lo que está pasando, incluso sentir el impacto íntimo. La forma visual que estalla con el movimiento (la combinación de expresión y destreza en el aro), es demoledora.

La interpretación será libre: lo que no necesita palabras para transmitirse prescinde de palabras para interpretarse.

 

Lo oculto.
TrupofTrupof tiene a 4 actores en escena, pero en realidad son muchos más, múltiples máscaras y personajes. Tal vez la mayor parte de ellos escondidos detrás de lo innombrable, personajes que me arriesgo a decir que hasta se guionaron solos, saltando a escena desde lo profundo de los protagonistas.

Con público reducido y muñido de linternas, la puesta en escena es sencilla y a cuarto oscuro, con una propuesta interesantísima: iluminación apuntada. No hace falta mucho para imaginarse que cualquier mínimo destello abre cancha dentro de la historia, que incluso puede llegar a modificarse a merced de la permeabilidad para con el público que de algún modo tiene licencia para intervenir con su propia iluminación.

El contendido, otra vez, es algo no spoileable. Una historia que se arma de a pedazos, como fichas que van cayendo en el tablero, aunque todo esté siempre ahí. Y detrás de todo: lo que llena, lo que invade cada instante en que tomamos una decisión o estamos a merced de un destino.

 

Ambas obras son impactantes. Permanentemente demandan al público su atención, y por qué no su acción. Alcanza con decir algo que fue maravilloso visualizar cierta vez en el taller de narrativa del maestro ninja: se trata de historias que son como una cebolla, podés verlas completas sin demasiado esfuerzo, pero la obra misma te ofrece capas para ir desgajando y llegar a profundidades y conclusiones mucho más poderosas de lo que pensabas al principio.

Pero antes que eso, y sobre eso, el desencaje de la forma. El acierto de incomodarnos, conmovernos en lugares impensados. Los dos directores buscan moldear y ofrecer la obra sin reglas preestablecidas. Todo el tiempo proponiendo y probando, jugándose al desamparo. El gusto por caminar el barro o las paredes, por desamoldar y desamoldarse, por dejarte con una espina. Porque algo es posta: tras cualquiera de estas obras, algo te queda clavado y se te va hundiendo sin notarlo. ¿Qué mejor que eso? ¡Que el arte no nos deje ilesos!