(conociendo a virna IV) levedad del tiempo

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Tenía un arito en el labio superior. Cuando la besé choqué torpemente contra el metal quirúrgico, pero me habitué rápidamente.

Era chica, mucho más chica que yo, pero a veces la distancia provoca otras uniones. Éramos como de dos culturas distintas. Cada uno, para el otro, era como un ser exótico que llamaba nuestra atención.

Hicimos el amor bajo un puente, no recuerdo bien qué parque era, porque estábamos en Brasil y nunca fui bueno para los nombres de lugares.

Habíamos cruzado dos palabras en castellano acerca del cagazo que nos daba que nos limpiara alguno de la favela, que no era lo mismo que en Buenos Aires.

Me sorprendió que una pendeja como esa me hablara a mí que a simple vista le sobraba como diez años.

–La puta que lo parió… –Había dicho ella. Y yo me había vuelto para saber quién puteaba en mi idioma.

Después fue la sonrisa cómplice, la charla trivial sobre estar en un lugar tan hermoso. Más tarde caminamos las cuadras hasta la playa y nos refrescamos en el mar.

Era hermosa, radiante de juventud. Flaquita pero con curvas armoniosas. Morocha, mejillas coloradas culpa de la arena de los últimos 6 días. Y yo que había venido a este país a pegar garotas…

Bajó el sol y no entendí porqué seguíamos juntos. Me habló de sus amigas, pero nunca de reunirse con ellas.

Me agradaba no tener que hablar con señas en este paraíso. Cuando a uno le cuesta explicarse en un lugar así, se siente más extranjero todavía. Un desdichado al que se le concede el deseo de vivir un rato la belleza pero no ser parte de ella. Pero con Virna todo había cambiado. Éramos parte de esto que nos rodeaba. Y, sin embargo, mirábamos todo de modo distinto. Éramos desconocidos, pero compartíamos la experiencia de serlo.

Rastreamos nuestras direcciones sin encontrarlas, y caímos en un parque. No necesitamos hablar ni convencernos de nada. Nos acertamos las manos sin llamarlas, al igual que las bocas. Y bajo el calor salado usurpamos la sombra del puentecillo que saltaba un arroyuelo. Nos desnudamos de las ropas fáciles y nos amamos.

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Encendimos dos luciérnagas rojas sin reparar en dónde estábamos. Fumamos hablando de Buenos Aires, cada uno de su barrio, cada uno del barrio del otro.

A ella le quedaban algunas flores, yo la miré agradablemente sorprendido.

–Ya ves, nadie ha detenido a la primavera… –Dijo, y nos reímos del abismo temporal que nos separaba.

Hablé de música vieja que había visto; que ella apenas había escuchado pero ahora veía a través mío. Escuché de su boca películas hermosas, y de pronto me entusiasmó el cine. Ninguno sabía mucho de tango. Ella habló de series adolescentes que no habían llamado mi atención, y yo parecía promotor del canal retro. Coincidimos en que esta experiencia era rara, pero la repetiríamos. Ella reía carcajadas nuevas, inocentes. Yo me daba cuenta cuánto había dejado en el camino.

Seguíamos desnudos, impertinentes ante el mundo que nos rodeaba.

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Virna se fue al otro día, horas después que la luna nos despidiera frente a su hospedaje.

Yo me quedé una semana más, sin poder encontrar otra vez el puentecito; en un Brasil que se había apagado ante mis ojos; percatándome de lo sencillo que resulta añorar tus calles cuando se deambula vacío por el paraíso.

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r.canapé