(conociendo a virna III) lunar in subway

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Debe entrar a las diez de la mañana, pensé. Calculé las distancias, hasta el microcentro normalmente eran quince minutos. Si tenía que caminar algunas cuadras serían otros cinco minutos. O sea que menos veinte debía subir al subte. Si para mí eran diez desde donde se subía ella, tenía que…

No, para qué pensarlo así, al revés, tenía que pensar en cuánto demoraba yo en llegar a dónde ella subiera, a las menos veinte. Así me la cruzaría. Así sería la casualidad causada.

Hice el esfuerzo y logré coordinar bien aceitado mi despunte matutino, cosa de agarrar el tren justo apenas salía de su base. Como había pasado en las dos oportunidades que la había cruzado, me instalaba en el último vagón allá al fondo del andén, o el primero mejor dicho porque en esa dirección iba el tren. Me sujetaba de uno de los barrales y me quedaba ahí paradito, recostado sobre la puerta del conductor. Nada de sentarme porque donde ella subía ya no quedaba lugar en la zona de los asientos.

Por espacio de dos o tres meses ejecuté la rutina como un relojito, pero nada. Pensando en las mil opciones que podía llevar a cabo para cruzarla, caí en que con un poco de inteligencia habría resuelto el dilema de manera mucho más sencilla: con llegarme a la estación de ella un rato antes, podría quedarme deambulando como quien espera un tren más vacío y pispiar el andén hasta encontrarla.

Reorganicé entonces mi despegue diario para lograr adelantarme unos quince minutos al horario habitual. Pero siempre pasa lo contrario a lo planeado, y justo el primer día un motoquero embistió a un taxi, y un bondi casi vuelca; y todo eso delante mío cuando me disponía a cruzar hacia la boca del subte. No fue mucha la demora, pero sortear el tumulto que se desbordó alrededor del accidente como un hormiguero recién pateado mínimo me comió diez minutos.

Además, ya que estaba, me aseguré que no hubiera personas en grave estado, por esa soberbia del testigo que cree que por haber presenciado un accidente puede convertirse automáticamente en un paramédico y ayudar a las víctimas. Como ya había muchos personajes de ese estilo pululando por allí, asumí que yo no era necesario y me zambullí en la estación. Bajé las escaleras a la carrera y a mitad de camino escuché que tocaban el silbato de largada.

Miré el reloj y constaté que ya no tenía los minutos de ventaja ganados. Aceleré el paso y llegué al andén con el último suspiro. Lejos estaba el vagón puntero, pero al menos logré meterme por la hendija que iba cerrándose maso a la mitad de la formación. Una vez dentro suspiré agotado, y abrí grandes los ojos para ver las caras de otros pasajeros asombrados por mi estupidez. Seguro pensaban que tampoco te vas a matar como un imbécil por cinco minutos que hay entre tren y tren; pero claro, ellos no entendían de mi urgencia por tomar ese tren.

Viajé con el pecho silbando hasta la estación donde ella subía. Tenía la esperanza de que hoy (o siempre), ella subiera a esta altura de vagones. Sospeché que tal vez ése fuera el motivo por el que nunca más la había visto. Lo sumé a mi lista de posibles, entre las que figuraba un cambio de horario o de laburo, una mudanza, el gusto repentino por viajar en bondi, capáz un auto nuevo, o un aumento de sueldo que le había permitido empezar a viajar en charter; y mil cosas más.

Pero no subió. Otra vez no subió.

Diez minutos después bajé en mi estación y caminé el pasillo con paso sostenido hacia fuera, cosa de no flaquear ante la tentación diaria de volverme a casa. A mi lado desfilaba ocioso el tren que iba vaciándose de gentes vacías de ánimo tal cual yo. Los miraba salir amontonados para desembocar en los pasillos de la combinación con la C. Caminé así hasta el vagón conductor, mirando sin mirar. Y por la última puerta sin querer enfoqué y la vi. Como tiene que ser en esta clase de historias.

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Lo siguiente fue como en todo cuento, pero sin tanto suspenso. Me temblaba el pecho y el corazón se me agitaba revuelto. El guarda dio la señal de no va más. Reaccioné, sopesé las consecuencias en menos de un segundo, y me abalancé hacia el hueco que por segunda vez se estaba cerrando en mis narices. Metí la pata y frené la puerta, luego la mano, con fuerza abrí la hoja de madera pesada y destartalada; y entré.

Lo primero que hice fue mirar alrededor para confirmar que nuevas caras juzgaban mi actitud. Y después ella, los ojos de ella. Los párpados como apagados que la caracterizaban, los ojos negros que de pronto se encendieron. El lunar pegado a su nariz tan particular y exacta. Volví a recordarla. Borré y redibujé sus rasgos con un lápiz mental, porque los recuerdos generalmente se van amoldando a los anhelos. Y me quedé mirándola más de lo permitido, y ella sin bajar la mirada.

Un minuto inmovilizados por la situación esperada. Nos separaban kilos de oxígeno viciado y un gordo agitado que parecía sacado de una maratón. Dudé en avanzar. Ella parecía pedírmelo, podía escuchar su voz, pero sus hermosos labios no se movían. El pelo medio ondulado y negro resbalaba sobre sus hombros desnudos. No podía atreverme siquiera a mirar más abajo. No podía siquiera reaccionar y quitarle la vista de encima. Me dolía pensar que el solo pestañar cortaría ese instante tan preciado. Parecía una contienda por ver quién sostenía el desafío por más tiempo.

Pero entonces el gordo se removió unos centímetros y su pesada espalda desvaneció la imagen de mi Virna. El lunar pasó a ser un botón, y los ojos una barba negra mal crecida. La boca desapareció detrás de un manchón de transpiración en el pecho del hombretón.

Sentí el tirón de la ausencia, el desgarro de la mística. Boqueé al aire sin pronunciar palabra. Quedé ahí, ausente ante el desprecio inocuo de quienes bajaban del subte.

Pero el gordo no bajó. Y allí se mantuvo quitándome lo que había venido a buscar. Ni oportunidad de correrme hacia un costado para ganar otra vez algo de la imagen de ella. Sólo podía percibir sus piernas frágiles que la indicaban allí detrás, oculta. Ya estaba desviado de mi camino, y no me importaba apostarme un día o semanas por otra chispa de esos ojos negros, de esa nariz con ese lunar, de esa boca con curva en ve superior tan pronunciada que podría ser una be larga.

Quedaban dos estaciones igual, y comencé a buscar mentalmente lugares que me excusaran el cambio de rumbo. Al instante desoí esas estupideces porque nada tendría que poner como excusa si Virna no me conocía ni me preguntaría qué hacía yo allí, porque no tendría idea de quien era ni a dónde trabajaba, ni nada. Yo era un NN con el que había cruzado apenas un vistazo y que seguro ni le había llamado la atención. Me reí por estúpido.

Todo eso y llegamos a la siguiente estación, y el gordo odiado se sacudió como si lo picara una pulga. Una voz que en mi cabeza puse en esos labios que tanto adoraba, dijo permiso. Y vi que Virna emergía detrás de la masa, dispuesta a bajarse. Al pasar me miró y descubrió mis ojos clavados en ella. Giró y siguió su camino, pero antes de hacerlo me dejó una brevísima mancha negra para conmoverme; a propósito, siempre es a propósito esa última milésima de atención que parece un descuido.

Salí detrás de ella.

Fueron dos cuadras en las que me debatí si hablarle, si no, si volvería a verla, si estaba bien seguirla, si debía regresarme sin más. Dos cuadras detrás de sus pasos sigsagueantes que eludían la marea humana de Florida. Me gustaban sus piernas, su cola, su cabello abrazando la espalda. Me encantaba, y me desangraba de solo pensar que en el siguiente paso se metería a su trabajo y chau.

El semáforo rojo la detuvo y quedé a su lado. Volvimos a cruzar las miradas una vez más, y no pude sostener el ímpetu. Desvié la atención por miedo a invadirla todavía más de lo que ya venía haciéndolo. Ella permaneció allí como si nada hubiera pasado. Me odié por no tener argumentos para robarle unas palabras o arrancarle una sonrisa con un piropo inteligente. Nunca fui de esos tipos.

Verde. Adelantó el andar y la acompañé con mi anonimato. Veinte metros más y de pronto la perdí. Intenté ser disimulado al voltearme, pero claramente ella no iba a darse cuenta que yo insistía en verla una foto más.
No había entrado a su oficina aún, aunque tampoco pude descubrir de qué ni dónde trabajaba. Me volteé a verla, con la intención de comprobar que entraba a algún edificio, grabarme la dirección y retornar al subte definitivamente hacia mi trabajo. Pero lejos de pasar eso, ella seguía allí. Abrazaba a un tipo. Besaba a un tipo. Las manos del tipo tomaban su cintura. Los brazos de ella rodeaban el cuello del tipo.

Me hice el desentendido y me acerqué a un kiosco a ojear unas revistas. Virna estaba ahí, a unos 3 metros. Igual ya no quería que me mire. O sí quería, capaz quería que me mire para que supiera que la había seguido para verla, que alguien se había interesado verdaderamente por ella. Tal vez quería que me viera para transmitirle este vacío que ahora me embargaba, esta desazón de la que era presa. De pronto la odiaba por lo que me había hecho, más todavía porque ella no sabía que lo había hecho. Tenía las manos manchadas con mi sangre y no lo sabía.

Juro que deseé tener una granada, y arrojarla contra ese amor que me había pertenecido a cuenta durante algunos meses. Ese amor que había vivido y disfrutado, y perdido, sin que ella siquiera se percatara.

Y ahora el lunar se secaba y caía de su lugar bajo la nariz, resbalando hasta el piso y rodando hasta perderse en la alcantarilla. Y su pelo se secaba y se lo llevaba el viento. Su boca y sus ojos se cerraban, se sellaban. Su nariz tan exacta caía como una uva pasa. Su cuello, sus hombros, su espalda, sus pechos, su cintura, su culo, sus piernas, todo se desarmaba ahora como una hoja de papel quemada hasta el colmo de su fragilidad frente al inclemente paso del inevitable roce con el resto del mundo.

virnalunara32

r.canapé

2 comentarios sobre “(conociendo a virna III) lunar in subway”

  1. que bueno!!
    como me gusta su forma de escribir sr quito!
    posta muy buenoo!!
    Un abrazo, espero seguir leyendolo!

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