con surcos de cuentos

Imagino las carillas del cuento. No estoy familiarizado con eso de escribir a doble espacio y estar limitado a cierta cantidad de líneas y páginas. Empiezo fastidiado, ya que si reparo en alguno de mis cuentos que tenga que ver con el tema, seguramente se excederá en verborragia. Desisto tal vez.
Frente a mí, por la ventana, hoy Colonia amanece definida. No siempre sucede. Es como una Atlántida que invita a sus misterios cuando quiere. Es la mujer con la que ayer crucé la mirada y arrastró mi corazón hasta la esquina donde dobló el bondi que la tenía secuestrada.
Colonia es así, una mirada, una mujer, un instante en que quiero cruzar nadando el río, todos los ríos, saltar nubes; velociraptor sobre el agua cual Jesús contemporáneo. Pienso que sería más sencillo el Buquebus, son menos complicaciones; pero también menos decoroso, menos heroico.
Es lindo ver a través de los ventanales de un piso 21; separado de la realidad por un blindex. Mi propio pantalla plana mostrándome el río, el sucio río dueño de un pintoresco cementerio de barcos aburridos. colonia
Pienso que podría contar cómo un afamado filántropo decide pintar de colores cada uno de los esqueletos ruinosos, tipo Caminito. Pero tal vez perdiera el sentido en menos de tres párrafos. Quedaría lindo igual, me los imagino coloreados. Se me ocurre un nudo, capaz las organizaciones de derechos humanos renegando y fustigando en contra del proyecto, porque el río simboliza el horror de la dictadura y no algo alegre.
Pero no sé si está bueno hablar de los fantasmas que separan dos costas, que llenan este río de una suciedad más corrosiva que la otra que se lo está comiendo sin eufemismos. Abandono la idea entonces.

¿Qué contar para llenar renglones? ¿Qué contar si soy un campesino que apenas gastó dos o tres pares de zapatos por estas calles? Mastico el tema del concurso, dos siglos, ufff, me agota. Argentina tiene tanto recorrido en este nido, que dos siglos multiplicados por cada punto de vista hacen de la historia una caja de Pandora. No podría ni atreverme.
Mejor hablar de hoy, es más palpable, más mío también.

Espero el ascensor, ansioso por largarme pronto de este enorme gigante de mampostería. Ahora miro por otro ventanal, hacia el noroeste creo, de espaldas al río y al Uruguay que sólo conozco por esa línea en el horizonte que a veces está y otras no. Es cierto que vi fotos de Uruguay, pero no es lo mismo, es la historia de otras personas.
Son las seis y moneda, y afuera el sol se apoya más relajado sobre las espaldas de Buenos Aires. Se irá manso, como haciendo caso a los insultos de quienes no soportan su calor, porque sabe que mañana muchos de nosotros ya no estaremos y él permanecerá soberbio. Tiene la tranquilidad de saber que será el último en apagar la luz. Se va con sus rayos a otra parte, dejándonos una humedad barrosa entre el cuerpo y la ropa.
Bajo, salgo, esquivo caras tan cansadas como la mía. Intento ver historias en sus ojos, pero a esta hora el cuento es el mismo, todos trabajando o regresando a casa intentando exorcizar la eternidad insoportable del camino de vuelta.

El subte después, el calor encerrado que va y viene por los túneles, como un oleaje. Puedo sentir su consistencia. Playa en Buenos Aires.
Recuerdo el cuento que quería escribir acerca de un tipo que se arroja del subte en plena marcha. Decido que es muy sangriento y lo guardo en el cajón atestado de relatos pendientes que tengo detrás de la oreja; o por ahí.
La madera cruje, aguanta, engulle, mastica, traga y escupe gente. Seguimos.
Me encuentro con nuevos ojos, claros, adornados por el dorado de cabellos savage y el rojo de una boca carnosa. Es más llevadero el viaje así. Ella está abrazando a su chico que no se imagina que su chica está mirando a otro. En fin, son 10 segundos eternos, otra vez siento el corazón queriendo latir dentro de una botella de Gatorade de las de vidrio. Me gusta esa sensación; odiaría perder esta costumbre de enamorarme y deshacerme en lo mismo que dura un pedo en la mano. Lástima el pibe, pero será Buenos Aires, no sé, siempre está ese tire y afloje que te obliga a esmerarte. Aprendé a cantar tango si no…

Diez lucas de premio por un cuento. Saco la cuenta de cuántas cosas puedo hacer con diez lucas. Hago tanto con esa guita que terminan siendo como cien. Ojalá las ganara. Si tan solo me inspirara y largara un texto. Pero se hace difícil. Más si la ciudad no te da letra para hablar de ella. Bah, en realidad da demasiada letra y no puedo sacar un hilito completo, con principio y fin. No tengo pasta, me digo.
Vuelvo a -pensar en- Colonia. Si hoy me fuera hasta el medio del río, Colonia sería como el templo de la luna de una ciudad inca. Y Buenos Aires el templo del sol. Uno a cada lado custodiando la vida y el acopio. La luna más sana, más tranquila, más transparente. El sol más violento, más fogoso y omnipresente. Y el río de uno y del otro, que tuyo que mío, que de nadie. Como la historia, que se nos va entre los dedos y cuando empezamos a querer contarla se ha esfumado entre tinieblas.
Colonia es como la luna, definitivamente. Luna llena, cuarto guante y menguante, creciente y decreciente. Luna nueva, no está, si es joven es bella y se oculta, y se anhela.
Buenos Aires es sol, te quema. Si no le caés en gracia te quema.

Bajo donde tengo que bajar. Emerjo a la plaza Once y trato de leer alguna historia. Está lleno, pero todas fueron muy contadas. Que prostitutas, que pibes sin techo ni familia, que millones yendo y viniendo a trabajar. Cartoneros, travestis, vendedores ambulantes. abandonadosEleven de paso, como Linniers, como Retiro. Queda nada más la mugre que persiste, que no abandona, que hace a la ciudad tan ciudad que las primeras veces da miedo. Porque mirás para arriba y ves cables, y edificios, y gente, y antenas. Y mirás alrededor y vez más gente, y coches, y hasta el ruido puedo ver. Y abajo la basura chorreada escupida cagada, y más gente también chorreada escupida cagada. Y no te extrañé Buenos Aires cuando estuve fuera. Pero no sé si sí…

Necesito relajarme. Me siento en la nueva plaza Miserere y prendo un pucho. Voy tragando las cenizas de Cromagnon de a poquito, como agujas chiquitas rascando la garganta. Odio ver los pares de zapatillas colgando de los cables. Esos lugares ya están marcados, ya duelen desde el vamos, les pusimos la cinta del luto y los condenamos. ¿Será justo maldecirlos por nuestros tormentos?
Prendo otro cigarro, y me entretengo observando el mundo alrededor del santuario. Nada. Y todo. Un agujero negro del tamaño de la ausencia que palpita presente.
Pienso, diez lucas, di ez lu ca ssssssssss, cuatro marianassss, veinte diegossssssssssssssssssss, cinco laurasssss. Ciento noventa nombres, y miles más arrastrados a sus tumbas. Miles dejando un pedazo de sus nombres cada vez que una zapatilla grita colgada de un cable.

Se enciende la noche. Del paquete quedan nada más que dos puchos. Una dominicana se acerca y me pide uno. Se lo doy, le pregunto cuánto, me dice cien. Me voy con ella, caminando, hasta mi casa que son dos cuadras nomás.
Me cuenta que sale con uno de esos vagos africanos que venden oro. Le digo que para mí son todos iguales, que me gusta cómo visten; que parecen buena onda le digo también pero en realidad es un cumplido porque nunca me detuve a pensar en ello.
Ya en casa arranco unos mates. La morocha ya tiene la costumbre y larga la lengua como un argentino más. Hablamos una hora y pico de qué onda esta vida de ella y sus coterráneos, y de los paraguayos, chinos, bolivianos, y más inmigrantes que colorean capital. Los cubanos, digo, y me dice que ellos son como más otra cosa porque acá los respetan más, no sabe porqué. Yo tampoco. Al pasar pienso que poray será porque el Che se jugó la vida por ellos, pero no me detengo a madurarlo mucho.
Le cuento que quiero escribir un cuento para un concurso. Que no tengo idea qué mierda escribir. Deliro un poco sobre las alternativas que manejo. Ella me escucha en silencio por un rato, hasta que me pregunta sin tengo marihuana. Arma uno y lo fumamos. Yo sigo dando vueltas sobre historias sin vueltas que no me sale contar.
La aburro, seguramente, porque ella me toca la pierna. Me dibuja un caminito, uno, dos, tres botones, y me la chupa un rato. Lo hace sin prisa, revelándome que no es una cuestión de reloj.

Antes de mandarnos al pasillo le estiro el billete. Me lo niega con las palmas rosadas y me hace seguirle el culo hasta la puerta de calle. Cuando la despido me dice que si gano algo de guita vuelva a buscarla y la invite a cenar lindo; y me confiesa que se lleva en el bolso un fasito para la madrugada. La dejo ir y me quedo mirándole el culo con la licencia de novio que las prostitutas te dan gratis. Tal vez el corazón me duele más que si me lo apretaran con una morsa.

En poco tiempo me aburro de estar encerrado en casa. Pasan fácilmente 15 minutos de pantalla blanca con el cursor titilando con su ansiedad medida e inalterable. Salgo a la calle nuevamente.
A dos puertas de la mía hay dos pibitos. Entre los dos no agarran veinte años entre las manos. Están fumando cigarros, mirando la vida que se espanta de verlos y notar lo cerca que está la miseria. Llegando a la esquina escucho de pasada a una vieja reclamándole algo al cana de turno. Efusivamente señala a los pibitos. No quiero defender a nadie, me mantengo neutral, pero de tener la obligación de tomar partido la agarraría a la vieja del forro del orto y la patearía lejos de aquí; sólo por cómo se refiere a la gente. Al instante me pongo un poco del lado de la mujer y pienso “algo habrán hecho para que los acusen con la policía”. Me odio por ello. Sigo mi camino y me doy cuenta de que hoy somos todos sospechosos si estamos deambulando a horas largas de la noche. ¿De qué lado prefiero estar? Tal vez del lado del sospechoso, así no me toman por víctima.
Algo habrán hecho. La puta frase golpea en mi cabeza, y me sorprendo de que tres palabras resuman tanta historia, que definan tan claramente épocas completas de nuestras calles. Escucho a dos chinos discutiendo en su lenguaje difícil mientras trato de imaginarme a la señora bien que disparó la desafortunada frase un día en que baldeaba la vereda y señalaba con las cejas hacia la casa vacía del vecino con ideas raras. –y si… –veo que le contesta la otra chusma, acodada en su escoba, con la bolsa de los mandados hechos y los rulos por hacerse entre tanto rulero que busca por la fuerza doblar algo que nació derecho. O tal vez el primero en decir la frase fue un carnicero, o el padre de la novia que vino llorando porque le habían arrebatado a su novio de las manos cuando caminaban tranquilos por Corrientes y él le contaba sobre un libro que estaba leyendo; porque el chico leía, sí, leía mucho, pero cosas que no había que leer.
Sin querer arrastro un poco el miedo. Lo llevo unas cuadras conmigo, sin poder creer que sea una herramienta tan poderosa sobre los corderos. El miedo es un alambrado mucho más fácil de instalar y más masivo. Y lo loco es que lo usan todos, los malos y los buenos, desde la costa que lo mire, desde Buenos Aires o Colonia.

¿Dónde quiero estar? No sé. Camino otras cuadras, sosteniendo cual malabarista un montón de ideas para plasmar en un maldito cuento. Podría escribir un libro completo, pero todas las puntas se me caen por el suelo. Llegando a una plaza saludo a un travesti que labura mucho porque tiene tremedo culo y las tetas bien hechas. Dicen en el barrio que la operó el mismo que a la Cirio. Será así.
Sigo sobre mis pasos y sorteo un banco lleno de pibes paqueando. Buenas noches les respondo al saludo y me instalo más o menos por ahí, unos metros más allá.
A esta hora podría estar viendo el noticiero. Estarán pasando las imágenes de las tortuguitas que cerraron la calle a la vuelta de mi casa para desalojar un aguantadero regenteado por peruanos. ¿Para qué mirar a través del vidrio si podés entrar y servirte vos mismo? La ciudad invita.
cromagnon2
Se mueren un par de horas entre humo y rock oído. Otro día derritiéndose en la nada de la existencia. Otro tiempo gastado en gastar el mismo tiempo.
El Concurso no podrá ser declarado desierto. Es claro, si lo intento tengo posibilidades; si no, no. Tomo un papel y escribo algunas boludeces. Lo descarto, y empiezo de nuevo. Escribo todo esto y me espanto; si tuviera que leerlo ni siquiera hubiese llegado hasta esta línea que ahora estoy escribiendo. Mierda. Desierto. No puede quedar desierto, como Rivadavia que nunca está desierta, como el Río de la Plata que si deserta se nos lleva la vida. Desierto, como sí puedo quedar yo; como la ciudad que ahora se va arrugando detrás de mis pasos intranquilos, y se esfuma.
Llego a casa, y me ocupo de odiar que mañana otra vez la oficina, y que escribir ya no es una meta sino un maldito hobby que se me dará a veces, cuando sea, y cuando no. Me acuesto y cierro la ciudad, la desaparezco, desierto mis ojos.
Y pienso que podría escribir sobre una ciudad a la orilla de un río, que tenía demasiada sed y demasiado calor, y tiraba tanta basura a la cuenca del río que la bañaba que terminaba llenándolo y dejándolo desierto de agua, poblado de mugre. Gracias a ello la ciudad podía cruzar por el lecho del río y proclamar suya otra ciudad que miraba impasible desde enfrente. Entonces las dos se volvían una ciudad más grande y poderosa que miraba con ganas al mar que estaba más allá. Y se acercaba sigilosa la nueva ciudad omnipresente. Y el mar temblaba, se revolvía, pero estaba tranquilo… porque de momento el agua era mucha para tan poco sol.