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Master de literatura y ficción
Profesor PEDRO MAIRAL
“Este es un Master que podría llamarse «Master de textos poderosos» pero le pusieron «de literatura y ficción» para mantener la unidad. Sin que importe el nombre, nos servirá para contar historias vivas, con ejercicios de percepción y redacción. Un taller de narrativa con líneas de conexión con la poesía, la crónica y el guion de cine.”
http://editorialorsai.com/masters/programas/pedro_mairal

Búfalo Gil

Un poquito se nota la tierra ehh…Lu001

Tiré la última palada para cualquier lado. El pozo parecía una pileta olímpica. Me arrodillé a la altura de Luisina y le dije.

–Lu, mi vida, luz de mis noches oscuras, ¿en serio no te parece que es lo más práctico?

Ella me miró. La carita amenazaba tormenta. Viento y granizo. –No papi, me van a tener que comer a mí también…

Bajé los brazos. Bajé la cabeza. Estaba cansado en todo sentido. –Está bien… calculo que tenés razón…

 

Nos llevó como 5 horas moverlo hasta el patio. Fede y el Cabeza ya tenían preparada la cruz y se disponían a atarlo cuando llegó Luisina. Traía la pala, arrastrándola con aire solemne. No me quedó otra que decirle del asado.

Arrancamos temprano. Primero con el Cabeza, que vive acá a la vuelta y le conté ayer del asunto. No hubo caso, tuvimos que llamar a los otros. Hasta que vinieron matamos el tiempo rompiendo la pared, para sacar la puerta que daba al patio. La hicimos mierda porque el zarpado de Gil no pasaba. Para convencerlos que vengan a ayudar, la única que me quedó fue prometerles que lo asábamos. Después que lo sacamos, Seba y Tote agarraron la camioneta y se fueron a buscar leña porque íbamos a necesitar mucha.
Lo primero que hice fue empujarlo, pero casi me cago encima. Lo único que logré fue una especie de balanceo, como si en lugar de muerto estuviera dormido y se hubiera acomodado un cacho. También me gané un dolor de cuello que todavía me molesta. Me siento como las gallinas, que las cazan del cogote y las dan vueltas así, pa matarlas.Antes de llamar al Cabe pensé en una motosierra, pero iba a ser una carnicería. Si con la cuchilla ya había un charcazo de sangre, no quise imaginarme con la motosierra. Iba a parecer Viernes 13. Además, a la nena le iba a pegar feo, todo el enchastre, las paredes. Ni hablar de mi mujer. Además, me dio cosita, yo lo quería un montón. Ya me pegó feo el chasquido al hundir el cuchillo en la carne medio podri, no sé, como el de meter la pata en el barro. Encima errarle ala articulación y girar la pata resbalosa para que zafe. Una cosa de locos.

 

Dos días sin poder ver la tele. Ya me perdí el primer partido de la selección. Igual, aunque me fuera a ver los partidos a la concha de mi madre, algo tenía que hacer. Ya hoy a la mañana se sentía medio olor rancio en el living.

El veterinario dice que murió de viejo. Yo me permito discrepar un poco, porque para mí Gilberto murió por ver la tele tan de cerca. No sé, la radiación le afectaría de alguna manera distinta que a nosotros. Y si no fue por estar pegado a la tele, seguro fue por las novelas brasileñas y mejicanas que veía con Silvia. Son re zarpadas, te refritan la cabeza.

A lo último el bicho estaba ciego de tanta adicción. Otra mentira del veterinario, que decía que también era por la vejez. No me jodan, si yo también estaba viendo nublado por acercarme tanto.

Si hay algo bueno, es que estos días me dejó de arder la vista. Tendría que ir al oculista, pero se me aliviaron un poco los ojos. Pasó que me senté al lado de él anteanoche, y me corrió un frío medio bizarro, por dentro, como pegado a los huesos. La tía de Silvia decía que eso era el frío de la muerte. Sentado ahí, al lado de semejante mole en estado de descomposición, intentando ver Diario de Medianoche, por fin comprendí qué quería decir la tía.

Yo lo re quería, pero me dio cierto alivio que Gilberto se muriera. El bicho se ponía delante y no dejaba ver a nadie. La misma costumbre que tenía Luisina de chiquita, que poray se la contagió a él. La diferencia es que a Luchi le podíamos cambiar de canal y en un punto se aburría o se dormía. Pero con éste no era tan fácil. Era tan grandote, se ponía adelante y chau Natalia Oreiro, chau fútbol, chau las noticias.

A Silvia no le calentaba mucho eso. Es más, si yo le decía algo a Gil, ella me retaba a mí. Claro, si siempre disfrutó de mi desdicha. Con tal de romperme las pelotas se bancaba cualquiera. Decía mejor, así no ves política, que es una mierda y te pone nerviosho. La puta madre, me pone nerviosho que no me dejen ver lo que yo quiero.

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–Encima empezás a los gritos y Lu se pone mal… –Me recriminaba, poniendo cara de voz baja, pero a un volumen normal. Se hacía la campeona delante de la nena, porque para la nena su Gilberto era tooooodo en el universo.

Así que agarré la costumbre de mirar sentado con él. Por lo menos era mansito, y le daba lo mismo mirar Crónica que la final de pato o Dulce Amor. Cedimos todos, está clarito. Gil se fue metiendo entre nosotros y se hizo su lugar. Y ya nadie pudo sacarlo.

Ahora, ahorita, ahorísimo, lo veo con sus ojitos perdidos, y parece que me dijera Ni muerto me sacan de acá. Y todavía no lo puedo creer, che.

la última del Rojo

Ser derrotado era su destino, pero esta vez el Rojo llevaría su maldad hasta las últimas consecuencias. Se estaba saliendo con la suya, tenía secuestrada a la rubia Natasha, y la mantenía cautiva cerca del Pozo del Olvido. Johnny Entusiastic había logrado rastrearlos, pero el malvado y la cautiva le llevaban una importante ventaja.

Para colmo, el maldito había matado a casi todo el equipo de Johnny, en una macabra emboscada bajo el Cordón de los Montanio. Los pocos sobrevivientes estaban peleando por sus vidas en el Bolsón de Nyles. Pero Johnny aún tenía una oportunidad de acabar con el Rojo y recuperar a su chica. Dios, la amaba tanto que haría cualquier cosa por recuperarla. Recurrió desesperado al heroico Sámuel Troik, su amigo con guarida en las cuevas de la Montaña Deslizante.

Sámuel era un tipo previsor, tenía preparado el helicóptero con combustible y armamento suficiente. También disponía de caballos entrenados para altas exigencias. Johnny no se demoró en idear un plan para dar caza al maldito Rojo. Sámuel le ayudaría.

El Rojo llevaba a Natasha a los empujones. Caminaban peligrosamente por el filo del Pozo. Su maldad no tenía límites: tenía a Natasha atada de la cintura, unida a la propia. De caer al vacío, morirían juntos. Se oyó el murmullo de un helicóptero que sobrevolaba la zona.

El malvado apuró el paso, y los condujo a ambos detrás de los escombros de una antigua construcción. Pensaba sorprender al último de sus enemigos y así derrotar al bien. Tenía todo planeado, pero subestimó a Johnny. Había creído que venía en el helicóptero, pero Johnny se había acercado a caballo, rodeando el Pozo y las ruinas, cortándole la vía por la espalda.

–¡Suelta a Natasha Rojo! No tienes escapatoria…
–Ni lo sueñes Johnny… ¡¡¡Ven a buscarla!!! Jajaja…

Arrastró a la chica nuevamente hacia el filo del abismo. La oscuridad de su interior parecía representar al mismo mal. Natasha gritaba histérica.

Johnny intentaba encontrar un modo de eliminar al Rojo sin que cayeran los dos al olvido. Tomó carrera aprovechando la ventaja que le daba no estar atado a otra persona. Logró acercarse lo suficiente como para abalanzarse sobre él y tumbarlo.

Cayeron al piso. Lucharon cuerpo a cuerpo, pero Natasha seguía presa del Rojo. Por fin Johnny sacó su cuchillo y cortó la soga, liberándola.

El Rojo se hallaba casi neutralizado, pero tendría otra chance. Sacó un arma y disparó contra Johnny, hiriéndolo en el brazo. Se incorporó y recuperó a Natasha. La arrastró unos pasos con él. Su plan daba resultado, pero entonces sintió la estocada de un puñal en la espalda. Johny había acertado su último lanzamiento.

El villano cayó de rodillas. El Pozo del Olvido parecía querer devorar su maldad. Aún tenía a Natasha tomada del brazo. La miró, pero no dijo palabra. Sólo la empujó a un costado, salvándola, y se dejó caer en el pozo.

La fortuna, o quién sabe qué designios, le dio un último aliento. Natasha se acercó al borde del precipicio, y encontró al Rojo colgando de una rama que sobresalía hacia lo insondable.

–Rojo! –gritó con sinceras lágrimas en los ojos –no eres tan malo después de todo…

El Rojo sonrió. Y se soltó, perdiéndose en el fondo del Olvido.

Mi playmovil, El Rojo, siempre aceptaba la derrota en plan de coronar las historias. En algún punto parecía que disfrutaba de ser el mayor protagonista de los giros dramáticos. La explosión contenida por un rato, el disparo certero en la frente o, como en este caso, la caída en cámara lenta hacia la profunda oscuridad del mal.

El Rojo era de los playmóviles de primera generación. Pecho rojo y brazos y piernas blancos. Las manos no le giraban, eran también de color blanco. Eso le suponía una ventaja frente a sus adversarios, porque así no tuviera movilidad en las muñecas, tampoco eran tan frágiles como las de las nuevas generaciones. Los héroes, por el contrario, siempre alternaban entre unos y otros por fracturas de muñeca, y hasta pérdida de la mano.

En cambio él, el Rojo, siempre llevaba el peso del mal. Siempre era el villano protagonista, por más que tuviera asegurada la derrota, el giro final en contra, y la pérdida de la heroína. Eso le bastaba.

Así las cosas, hasta que lo perdí en el Pozo del Olvido.

El Pozo del Olvido era un pozo ciego que había en la casa de Julito cuando estaban construyendo el quincho nuevo. Vivía casa por medio. Siempre estábamos jugando en uno u otro lugar.

Ese día Julito no estaba, pero la madre me había dejado entrar igual porque siempre me dejaba entrar igual.

Los escombros de la construcción eran ideales para las historias que nos armábamos. Bah, en realidad yo era el más creativo. Julito era medio limitado, pero siempre le ponía onda. Y además tenía unos plamóviles re zarpados. Auto, helicóptero. Yo tenía el barco pirata.

El Rojo esta vez cayó y se perdió. Metí la mano y no pude recuperarlo. Una angustia terrible. Verlo irse y perderse en la oscuridad del abismo. Todo por un final épico. Volví a casa desintegrado. No quería llorar porque mi mamá se iba a dar cuenta y me iba a poner en penitencia. Ella ya me había dicho que no jugara en el pozo ciego.

El día era de sol. El mundo tenía el olor de las mañanas de verano que van llegando entre la primavera. Son las mañanas más lindas, porque se parecen a los trailers de las películas, te anuncian lo lindo que viene, pero en un formato condensado. Así y todo, para mí se volvió una mañana negrísima,¡ qué digo! un entero día de mierda. Fue la primera vez que perdí un playmovil.

Le conté a Julito esa misma tarde. Yo estaba desesperado, no sabía qué hacer. Y solo podía resignarme a, como mucho, encontrar un nuevo malvado que por lo menos fuera la mitad de malo que el Rojo.

¿Dónde iba a encontrar semejante personaje?

Me pasé el resto de esa semana encerrado, sin salir a jugar, y sin recibir a nadie en casa. No podía creer lo que había pasado. Estaba deprimido, no podía pensar.

Al Martes siguiente apareció Julito por casa. Le pidió por favor a Mamá, que lo dejara entrar a hablar conmigo, que era un asunto importantísimo. Golpeó la puerta de mi pieza con entusiasmo. Gritaba mi nombre excitado.

Entendí que no podía pasarme la vida encerrado, así que le dije que pase. Entró con una sonrisa de chupetín que nunca voy a olvidar.

–Mirá Lucho, ¡encontraron al Rojo! –Dijo, y me mostró la palma derecha.

El Rojo estaba ahí! Acostado a lo largo de la mano de Julito. No se podía creer. Me abalancé pleno de felicidad y lo tomé en mis manos.

–Hay un problemita… –dijo, –parece que se rompió la espalda…

–¿Cómo?

–Si, lo encontraron los albañiles cuando abrieron el pozo para taparlo con los escombros… dicen que ya habían caído unas piedras grandes, y una lo habrá golpeado… no puede estar parado, parece que la espalda…

No continuó. Yo ya lo había apoyado en la mesita de luz. El Rojo había intentado pararse pero había caído de jeta. Intenté de nuevo. No hubo forma. Caía de jeta y quedaba culo para arriba. O sentado.

La tristeza me arrebató el alma una vez más. Estaba feliz, por recuperarlo, claro, pero verlo así nublaba todo de nuevo. Cómo podía haber sucedido? Y todo por mi culpa, por no haber detenido la historia antes de ese trágico final. Me sentía responsable por su lesión. ¡El Rojo estaba paralítico! Y yo paralizado.

No dudé. Si alguien podía hacer algo por el Rojo, ese era el indio Manga. Él quizá tuviera una cura para este mal. Ya lo habíamos visto resucitar un canario, y resistir en cueros mañanas enteras de invierno bajo cero. El tipo tenía poderes, y era nuestro vecino. Seguramente podía ayudarnos. Aunque probablemente aquello me costara un par de revistas de mi viejo. Manga era adicto a las aventuras de Gilgames el Inmortal y siempre se llevaba alguna revista cuando las vendíamos en la vereda para comprarnos caramelos.

Ahora que pasaron los años me doy cuenta que el olor de la casa de Manga era porro. En su momento entramos y creímos que era un incienso para los buenos espíritus. Si hubiéramos sabido que era marimba probablemente huyéramos asustados; pero ni se nos había cruzado por la cabeza.

Manga tenía todo tipo de posters de rock. Ahí vi nombres como Led Zeppelin o The Doors por primera vez. Parecía un santuario, con cortinas y algunas velas por acá y allá. Había revistas de todo tipo, desordenadas por cualquier lado. Tenía troncos en plan de adornos, y algunas piedras también.

No era indio, pero él nos había dicho que los peregrinos que preguntaran por el Indio Manga los mandemos para su casa.

Rió mucho cuando le contamos del accidente. Su risa era como una larga palabra alegre. Como si recitara un mantra en medio de la algarabía. Me pidió el muñeco y lo estudió un instante. Lo hizo parar y caerse sobre la mesa. Cerró un ojito, como pensando en qué hacer.

Nosotros mirábamos la escena cautivados por el entorno. Julito estaba medio cagado porque si se enteraba la mamá lo iba a fajar. Siempre le decía que el vecino era un jipi drogadicto que nos quería pervertir. Pero era nuestra única opción! Y yo solo no me anima a ir.

Pasaron unos 5 minutos eternísimos. Me transpiraba mucho la zanja del culo, pensé que me iba a dar diarrea y me iba a cagar encima. Siempre que me pongo nervioso me transpira el culo. Pero aguantamos, casi sin movernos.

–ok chicos… creo que le encontré la vuelta… – dijo muy tranquilo el indio.

Tenía en la boca un escarbadientes que llevaba y traía de un lado a otro, como un caballo comiendo pasto. Lo mordió y lo partió quedándose con una mitad entre los dientes. La otra fue a parar a la espalda del Rojo. Se lo mandó ahí y lo dejó de pie sobre la mesa. Le sobraba un pedazo de madera entre las piernas, pero ¿qué importaba, si eso lo mantenía parado?

–ahí tenés pibe… tu muñequito hecho y derecho mjé…

No dijimos nada. Le di una Dartagnan que tenía en la mochila y nos fuimos corriendo, re contentos.

Merendamos viendo Robotech y Mazinger Z. De ahí le pegamos hasta las 9 de la noche con una mega historia en el patio de casa. Esta vez lo dejamos ganar al Rojo, como premio a su recuperación.

Mañana sería otro día y, aunque volviera a perder contra el bueno de turno, el Rojo seguiría siendo el gran protagonista, el gran malvado a vencer.

Pero el destino juega sus cartas de maneras extrañas. Lo que habíamos creído una inmediata recuperación había resultado un tanto falso. Al día siguiente, nuestro amigo malvadísimo casi no quiso intervenir en la historia. Y al otro día tampoco tuvo muchas ganas. Y así se fueron desinflando sus intervenciones, hasta que empezó a no presentarse a jugar.

Sus ausencias se hicieron más comunes. A veces aparecía, pero lo hacía desmotivado, desganado. Para colmo, tanta atención sobre la situación del Rojo había marcado cierta distancia con Julito que los últimos dos días faltó a merendar, y yo preocupado por mi muñeco no me interesé en ir a buscarlo a su casa.
Confundido como estaba, pensé que la solución era recurrir al Indio Manga. Después de todo, él había curado al Rojo. Quizá pudiera ayudarme.

Manga me escuchó desde su sillón de cables rojo. Estaba echado mirando La Ola está de fiesta. Recién me miró en las propagandas, todo el rato que duraron. Pero no dijo nada hasta que volvió a aparecer Flavia en la pantalla.

–Te digo Luchito… quizá sea hora que… –buscó las palabras, las mezcló, retomó, –mmm, conocés a Dolina?, bue, él dijo algo que puede ayudarte a tener más claras las cosas… “todo lo que un hombre puede hacer, lo hace para levantar minas”…

Me quedé mirándolo, esperando algo más. Pero calló hasta que me fui.

Llegué a pensar que el Rojo se había agiornado, que se había vuelto una especie de padrino, y ya no quería ponerle el pecho a las aventuras. Era una actitud muy parecida a las mafias de Savarese.

Me inquietaba también que Julito siguiera sin venir a jugar. Até cabos, y temí que él hubiera querido convencer al Rojo para irse con él. ¿Pero con qué argumentos?, si Julito nunca fue tan creativo como yo. La fuerza creativa fluía dentro mío, y yo la volcaba con emoción sobre las historias. Nadie armaba mejores historias que yo.

Pero ahora el Rojo casi ni aparecía. Y cuando lo hacía casi que no quería intervenir; poray disparaba un tiro o hacía estallar una bomba, pero no mucho más.

Un día desapareció.

A esta altura no había dudas: se trataba de una traición. ¿Acaso el accidente había modificado su actitud? ¿Acaso me estaba pasando factura por haberlo abandonado sin hacer un último esfuerzo? A las claras se notaba que si yo no hubiera sido tan cagón de callarme, habría recuperado al mejor malo de todos los tiempos. Sin ir más lejos, Julito lo había recuperado con ayuda de los albañiles. ¿Acaso por eso Julito no aparecía tampoco? ¿Se había ido el Rojo con él?

Me embargó la tristeza. Dejé de jugar a los playmóviles.

Empecé a dedicarme a leer las historias del revistero del baño. Por alguna razón, creía que ahí estaba la clave del giro mafioso. Supongo que era por las palabras del Indio. Eran dignas de uno de esos personajes de historieta. Decidido a entender qué era lo que estaba sucediendo, me encerraba horas y horas a leer sin parar.

Al tiempo mamá subió el barco pirata arriba del modular. No me importó demasiado. Pero lo que sí me importaba era que a ella no le molestaban mis encierros. No parecía alarmarla demasiado mi actitud.

Un día la escuché hablar con mi tía Silvia.

–Daniel dice que es normal, que no me preocupe… que los chicos hacen esas cosas…

¿Cómo podían tomarse tan liviano la traición de un amigo? ¿No les importaba un carajo todo mi sufrimiento? ¡Y ni qué hablar que me hubiera robado a mi playmovil más querido! ¡Mi familia parecía confabulada también!

Un día llegué de la escuela y todos los juguetes habían ido a parar a una repisa. Ordenaditos, en plan de adorno como el barco pirata. Se los veía desanimados. Estaba claro que sin su némesis toda aventura se reducía a comunidades jipis de paz y amor. ¿Qué eran de todos modos la paz y el amor? ¿Qué podía ofrecer un mundo sin aventuras? ¿Sin el bien y el mal en lucha? Aquellas aventuras épicas se habían desdibujado entre la bruma de aquél amigo plástico perdido.

Tal vez el mal le hubiera ganado el corazón después de todo. O tal vez la oscuridad del abismo lo había marcado en el alma. ¿Cómo saber si la actitud se correspondía con aquél accidente, o si se trataba de una traición forzada por quien fuera mi mejor amigo, ahora devenidos en prófugos los dos?
Julito siempre me había envidiado por ser más creativo, y aprovechó la oportunidad de influenciar al Rojo para que me abandonara. No podía sacarme de la cabeza la imagen de mis amigos riendo de mí.

No lo soportaba. Ya ni quería ir a la escuela por no cruzarme con mi ex amigo que seguramente tendría al rojo en el bolsillo.

Pensé entonces en fingirme enfermo, y evitar así la humillación. Pero no llegué a tanto. Antes de poner el plan en práctica oí una nueva conversación de mi madre.

Esta vez hablaba con la madre de Julito, en el porche de casa. Amalia contaba que Julito también le había dado por encerrarse en el baño. Según ellas, esa era la razón por la que no nos estábamos visitando mutuamente.

–Están creciendo, se están descubriendo… –Las dos rieron. Joh joh joh.

Creí que me estaban cachando. Sabían de la traición y no les importaba un carajo. Cómplices. Sabían que yo las escuchaba, y por eso se inventaron esa mentira de que Julito se encerraba también en el baño. Si yo lo veía en el colegio muy contento con sus amigas nuevas. Ahora que Robertita le charlaba, seguro le contaba de su nuevo amigo el Rojo.

No podía más de la bronca. ¡Si hasta mi mamá se reía! ¿Cómo podía ser esto? Todos me engañaban y se burlaban.

No aguanté más y me fui para lo de Julito. Estaba re caliente.

Agarré por el fondo, porque ellas seguían ahí riéndose en el porche. Trepé el tapial y me colgué de la parra de la casa abandonada. Tan descuidado que casi me cago un porrazo arriba de los sillones de fierro oxidado del patio. La parra estaba medio seca, y crujía a punto de ceder.

Di 3, 4, 5 pasos enojados, sintiendo cómo se aflojaban los tornillos que tensaban los alambres. Me asusté, ¿pero qué mejor que caer de allí y que todos notaran el mal que habían provocado? Deberían pagar con la culpa por tanto daño.

Pisé pesado, buscando no sé bien qué. Pero llegué al techo y crucé la loza llena de otoño húmedo. Me acuerdo que pensé: De milagro las hojas no taparon el desagüe e hicieron un desastre.

Me asomé al patio de lo Julito. La pila de escombros y la otra de arena no estaban muy lejos. Hacía unos días que las venía midiendo con ganas. Ahora estaba arriba y tenía que animarme. Así que me tiré a la arena.

Romperme una pata sí que hubiera sido bueno. Así por lo menos dejaba el colegio por una temporada. Pero no, la arena me recibió amistosa. Caí medio de jeta, como cuando las olas del mar te pegan una revolcada.

Vino Zimba a juguetear. La acaricié un poquito para que no ladrara.

No tenía en claro qué iba a hacer, pero ya estaba allí. Agarré una rama del pino del fondo. Las habían apilado después que la tormenta del otro día. Entré por la puerta del lavadero que casi siempre estaba abierta.

Llegué hasta la habitación de Julito y miré adentro, pero ya sabía que ahí no iba a estar. Seguí hasta el baño, que tenía la puerta cerrada. No dudé. Manotié el picaporte y abrí de sopetón.

Julito estaba sentado en el inodoro, con una revista. Sin los pantalones ni el calzoncillo. Tiró la revista a un costado como por instinto y quedó expuesto. Tenía el pito parado.

En un segundo Julito pasó del susto a la bronca. Aunque tuviera un palo en la mano, yo resultaba era más inofensivo que su mamá.

–¿Qué hacés pajero de mierda?! –Gritó desencajado.

Se levantó y me pegó un empujón para apartarme y salir corriendo para la pieza.

No dije nada. Me quedé un poco shokeado con la imagen. Miré por todo el baño, pero no había rastros del Rojo. Sólo la ropa de Julito y la revista. No era una revista común, en la tapa no tenía guerreros.

La agarré y me la escondí bajo la remera.

Salí rápido por la puerta de chapa que daba del patio a la calle. Tiré el palo por ahí, y caminé hasta mi casa dando vuelta a la manzana, para que mamá y Amalia no me vieran. Cuando llegué a casa las escuché que seguían hablando, así que entré por el garaje.

Me fui directo al baño. Cerré con llave y me senté en el inodoro.

Me temblaban las piernas. Que yo recordara, nunca había visto desnudo a nadie. Haberlo visto así a Julito me había causado una vergüenza extraña. Me había sentido un invasor, una especie de ladrón.

No comprendía bien qué era lo que sentía ni lo que tenía que sentir. Para colmo, tampoco había recuperado a mi amigo el Rojo. Aquella expedición a la casa de Julito había resultado un fracaso, y quién te dice que no resultara también en un escándalo. Me imaginé a todos acusándome de meterme en los baños a mironear y robar revistas.

La revista. La tapa tenía una chica desnuda. La miré un buen rato sin entender el cosquilleo que de golpe sentía en el pito. La chica estaba en una bañadera jugando con un dinosaurio amarillo entre las piernas, rodeada de varios juguetes más que le flotaban entre las tetas. La espuma le tapaba los pezones y la concha. Yo sabía qué era la concha, pero era la primera vez que la veía así. Aunque no se viera, me emocionaba.

No me acuerdo el nombre de la revista. Me acuerdo el título: Ángela y Red te invitan a su fiestita. Y no me olvidé más de la historia que contaba adentro.