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Master de literatura y ficción
Profesor PEDRO MAIRAL
“Este es un Master que podría llamarse «Master de textos poderosos» pero le pusieron «de literatura y ficción» para mantener la unidad. Sin que importe el nombre, nos servirá para contar historias vivas, con ejercicios de percepción y redacción. Un taller de narrativa con líneas de conexión con la poesía, la crónica y el guion de cine.”
http://editorialorsai.com/masters/programas/pedro_mairal

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Escenario

Bar La Comadreja Cheta

En el centro del bar, una mesa de billar donde las bolas nunca encuentran una cueva, siempre están expuestas.

Personajes

6 bebedores con relieve (puede haber más de relleno):

El Cremoso Perez (mafioso, apostador)

El Derecho Núñez (jugador)

El Histérico Andrada (apostador, veedor)

El Rosamel Araya (apostador, veedor)

El Chimango Corvalán (abogado, apostador)

El Cariñoso Bermúdez (jugador)

+ El Oído Lento Morales (dueño)

+ La Mandarina Da Silva (esposa del dueño)

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Reglas básicas del billar 

El billar es un deporte de precisión que se practica impulsando con un taco un número variable de bolas (antiguamente de marfil), en una mesa con tablero de pizarra forrada de paño, rodeada de bandas de material elástico y con troneras o sin ellas.

El primero de todos los juegos de billar es el llamado francés o de carambola, que se juega con una bola blanca, una amarilla y una roja. Los jugadores tiran estratégicamente con la bola blanca ó amarilla, y la carambola consiste en golpear con la bola jugadora a las otras dos. La consecución de carambola válida da derecho a seguir tirando; en caso de fallo, pasa el turno al otro jugador, que tira con la blanca (o amarilla) contraria a la que usó el anterior.

 

Última jugada

El Cremoso Perez miraba, echado en la silla. Le goteaba la nariz del calor que hacía. No era verano, pero el bar parecía un sauna desde que Oído Lento había comprado la salamandra.

Oído Lento, para colmo, ahora echaba un nuevo tronco al fuego. El tipo no era de tener mucho frío, pero su esposa La Mandarina siempre se quejaba de los agujeros del techo en el baño. Entraba un ventilete implacable por ese colador de chapa podrida, pero Oído Lento temía a las alturas y se negaba a subir a una escalera para hacer el arreglo. Había preferido poner la salamandra. De todos, al que mejor le caía ese calor acuoso era al Derecho.

El Derecho Núñez hacía malabares con el taco. Se lo había calzado entre la pera y el hombro derecho. Si cerraba la carambola, se llevaba el partido. Causaba gracia la pose cuasi artística que ensayaba para poder efectuar sus tiros. Se incrustaba el mango del taco por debajo del mentón y lo aceitaba con el sudor de la barbilla. Lo hacía resbalar entre el cogote y el hombro, siempre tomándolo de la punta con la mano izquierda. Empujaba hasta que hacía tope con el muñón de la derecha. Ahí se agachaba y apuntaba no se sabía cómo. El momento en que apoyaba la mano sobre el paño y decidía el disparo era un misterio, porque el tipo era muy rápido con ese movimiento. Tenía una calidad impresionante. Pocas veces lo habían visto perder. El Histérico decía siempre que el Derecho era un bailarín nato, que seguro bailaba el cisne negro cuando estaba solo en la casa. Con la pollerita de voladitos de tul y todo, decía. Que por eso el tipo tiraba así, con muñón y todo.

El Histérico Soñora no se perdía ninguna partida de billar. Siempre acodado en la barra. Entendía muy poco del juego, en 12 años de ir a la Comadreja Cheta nunca se le había ocurrido preguntar las reglas. Para él era todo lo mismo, las caras de los demás le dirían si el tiro era bueno o malo. De tanto estar apoyado en la barra se le había girado la columna, ahora el tipo era como una botella de plástico para reciclar. Aunque quisiera, le era imposible acomodarse para jugar: o sostenía el taco, o apuntaba. De cualquier forma, Rosamel pensaba que el problema del Histérico no era que pareciera un dentífrico pisado por una bici, sino que era tan paja para jugar que todo el mundo se le aburría y lo dejaba solo.

El Rosamel Araya miraba callado. Como el Histérico, tenía guita puesta a mano del Derecho. Siempre apostaba cuando el Derecho jugaba, porque era favorito, y porque le encantaba decir Voy a mano del Derecho. No sabía ni él si era para joderlo al manco, o porque secretamente le remordía no haber sido abogado. Tenía la guita entre la mano y la mesa. Los billetes húmedos. Cruzó con la mirada atravesando la mesa donde estaban las tres bolas esperando chocarse. La mayor luz se concentraba sobre ese paño, y se podía revolver con un pincel el grumoso calor que despedían los lamparones de chapa que habían sabido  iluminar el frente del galpón de la aceitera. Miró Rosamel hacia la otra orilla, hasta la mirada serena del Chimango Corvalán, que sí era abogado, estudiado y titulado, decía él.

El Chimango, abogado de 4 de los presentes, y de varios perejiles del pueblo, había querido ser carancho al empezar a ejercer, pero la cana lo había dejado en terapia por querer pasarlos para el cuarto. Con las heridas se le habían cerrado también las ganas de carroñar, pero acá en este bar todos la pagaban, y él era el Chimango, porque no había llegado ni a Carancho. Andá saber si era mejor ser Chimango que Carancho, o Comadreja que Urón, lo que importaba era recordar esa piedra como si la tuvieras en el zapato. El Chimango achinó los ojos por el humo, tragó el whisky y sintió el calor apretar desde el cuello, pasar por la corbata, y estacionarse como si fuera una vincha de plomo. Pensó en la otra apuesta pactada en el baño, cuando regaban la pared y el Cremoso le había salpicado los zapatos porque no había mingitorios desde que un motoquero se los había hecho cabecear al Burro Velázquez una noche Navideña. El Cremoso había dicho que le hinchaba las bolas el calor, y que se llevaría la mesa al baño si no fuera por el olor a mierda.  El Chimango rió, y contestó que si por esas putas casualidades el Cariñoso le ganaba al Derecho, le pagaba tequila al que tuviera huevos de tomarla, y que después de eso se paraba y le gritaba al cabrón de Oído Lento que acá hacía un calor de la reconcha de su Mandarina, que mejor le ponga de nuevo la cáscara a esa hija de puta, así se alivia un poco este bar del infierno. Si gana el Cariñoso, yo pago la mitad de los tragos con tal de verte agitar a la Mandarina, dijo el Cremoso. Se habían dado la mano así todas meadas.

El Cariñoso Bermúdez gustaba de tocarle las bolas a los demás. Pasabas cerca y te las picaba con el índice. Salta violeta, decía. Si te agarraba de lleno, la puteada valía por todos los hijos golpeados. ¿Qué sos, Cariñoso? Vení que te doy el osito pedazo de pelotudo… le dijo un camionero un día, y lo escondió de un cachetazo. Desde ese día le quedó El Cariñoso, pero nunca más le hizo caricias a desconocidos, aunque sí a los amigos. El tipo tenía el mismo talento para acertarle a las bolas de arriba de la mesa, no se podía creer. También decía salta violeta cuando jugaba y lograba que la bola amarilla por fin le de a la roja. Era bueno el tipo, pero al Derecho nadie lo doblaba y con este tiro tenía el partido en sus manos. Todos, menos el Chimango, le habían apostado en contra al Cariñoso. Estaba un poco nervioso, pero lo dejaba tranquilo que si perdía no debía tener miedo a las represalias del Cremoso.

El Cremoso mordió el escarbadientes y le espantó la vista a un petiso que estaba dele mirarlo como hipnotizado. Hizo una mueca, como tirando un besito de costado, como caballo de ajedrez. Clavó la uña en la mesa y rascó haciendo un chillido. Parecía impaciente. Le sobraba el olor de la curtiembre. Siempre se andaba por ahí llevando y trayendo cueros, de cualquier especie. Mordió más fuerte y un pedazo de palillo cayó en el cenicero desbordado. Prestó atención al Derecho que parecía a punto de hacer ese movimiento loco y darle a la blanca.

El Derecho calzó el muñón, hizo un firulete extraño, y golpeó el taco. La bola recibió obediente el empujón y dio de lleno en la bola amarilla que, en lugar de deslizarse, saltó. Salió disparada, volando hasta romper el vidrio de la puerta. Se hundió en la noche y se perdió por ahí, capaz que en la cuneta. El taco, por su lado, siguió con envión y desgarró el paño, hiriéndolo de muerte.

El Histérico escupió un pedacito de chorizo que por fin se había sacado de entre las muelas. Se agarró de la barra y palanqueó para darse vuelta.

Rosamel pateó una silla, y levantó la mano para despegarse los billetes y dejarlos ahí, para el Chimango que ya los estaba juntando.

El Chimango caminaba recaudando, en un ritual mecánico. Pensaba en que tenía los zapatos salpicados de meo, y de eso a la deuda que tenía pendiente.

El Cariñoso, chocho con la victoria, lo ayudaba a sacar el taco de la mesa al Derecho, que se lamentaba echando miradas rápidas a los perdedores.

El Cremoso sonrió.

En eso entró La Mandarina, con la bola amarilla en la mano. Y hubo una mole de silencio en el bar.

 

NOTA: Este texto fue originalmente publicado en el blog colectivo de escritores e ilustradores nacido a partir de los Masters de Narrativa y Dibujo de Universidad Orsai, que dimos en llamar Que no te falle el verosímil, y que invito a visitar porque va creciendo muy bonito. Las ilustraciones de este texto son de Federico Ben Cattan.

será historia

Por Dios no vayas a tomarlo como una presión para que no me cagues. No es la primera vez que lo cuento a esto, y después anduvieron por ahí diciendo que lo cuento para disfrazar una amenaza. Viste como es, al final uno termina enterándose de todo por acá, a menos que te hayas vuelto un muerto político y cada paso tuyo sea como estar en la playa viendo el mar crecer: se te van hundiendo las patas porque el agua te lleva la arena. Bueno, así pibe, vas a ver muchos de esos con la fecha de vencimiento en la frente. Tipos que transpiran cuando se miran al espejo, porque el reloj les atrasa y no tienen chance.

Este que te digo se volvió uno de esos. Todavía no cayó, pero yo me lo imagino dentro de poco, porque la traición es bastante difícil de tenerla de tu lado. O sea, la traición en sí, todos traicionan, no te voy a negar que yo también hice lo mío. Pero siempre hay límites. Es como pegarle con un palo a un panal para sacarle la miel, si te emocionás y pegás demasiado fuerte, las abejas se te ponen en contra. Y la traición es así, cuando te pica una, dos, te la bancás y le ponés cintura porque vos también sos bicho, pero si te descuidás la ligás feo y estás afuera.

Te decía de éste, y en serio no lo tomes como amenaza. Vos me caés bien y yo necesito gente piola para laburar desde abajo. Si te mantenés cerca vas a aprender rápido porque tenés pasta. Pero cuidado de creértela. Otra vez, no es amenaza, si yo estoy de vuelta, pero vale que lo tengas presente porque acá no viene gratis ni el agua.

Este loco venía haciendo ruido desde su provincia. Lo veías y no dabas dos pesos, pero tenía algo que me llamaba la atención. Yo no podía entender cómo había llegado tan lejos. Pregunté por él cuando entró de candidato a Gobernador. Con el candidato de nuestro partido nos felicitamos, parecía pan comido. No sé si te lo dijo alguien, capaz lo hayas escuchado como un mito, pero te puedo asegurar que a veces se hace campaña dentro de los otros partidos para ponerles candidatos que sean unos paquetes. Entre mi candidato y mi partido hicieron la movida en la provincia de este tipo, ubicándolo a él, porque la fija era otro más pulenta. Tenían creo que dos punteros chamuyando en las reuniones. Ojo, éste no era un aparecido, venía de ser intendente en una ciudad pesada. Boludo no era, pero nos convenía porque al otro lo querían mucho en su partido y tenía mucha llegada en la tele.

La estrategia fue conseguirle senaduría segura al pez gordo, que es de rama conservadora y a esos les gusta el futuro firme, imagináte que todavía está ahí prendido.

¿Pero podés creer que el paquete nos ganó? Se la llevó casi de taquito. Mordimos el polvo, y me vine a enterar que mi candidato estaba marcado porque tenía mucho compromiso con la trata. Una locura, se les había escapado a varios el dato. A veces pasa con las provincias, los muchachos se apañan entre ellos y te omiten algunos detalles fuleros. Y el tipo nos ganó y fue gobernador. Así que lo tuve que conocer.

Tipo amistoso. Prolijo, bastante portado, pero con un dejo de campechano, medio desarreglado a propósito, como para no descuidar la hacienda. Eso me lo pintó inteligente. Hablando en varios encuentros lo sentí entrador, se le notaba facilidad para entender qué te interesaba a vos y te marcaba el personaje que más te gustaba. Yo me daba cuenta, clarito, pero me servía también dejarlo hacer. Aunque el drama estaba en que tampoco lo podía dejar crecer mucho porque en la primera de cambio me tapaba el sol. Ya nos acordamos del petizo que vino casi montado en mula y nos pintó la cara a todos. Nooo, tuve que pensar un plan.

Me lo fui trayendo para mi molino. En cierto momento de la vida política uno tiene que pisar medio en el aire si quiere seguir avanzando. Hay dos cosas que son importantes: la lealtad, y la rebeldía. Yo siempre puse esto como ejemplo: si vos sos capaz de discutirle a tu viejo contra algo que para él es verdad absoluta, entonces sos capaz de discutirle a cualquiera. El hombre que se rebela contra lo que su familia le inculcó desde la cuna, se está permitiendo reconocerse como individuo, y después reconocerse socio en la sociedad que camina. Ya sé, me puse filosófico, pero escucháme: Podés terminar dando la razón con el tiempo, pero lo importante es que estés parado sobre firme, que hayas madurado la idea; o que los demás lo piensen así. Además, A DE MAS, viejito, te digo: rebelarse es parte necesaria de la evolución. Uno se rebela contra sus padres porque llegado un punto debe superarlos, y para hacerlo debe cuestionarlos.

Yo un día le dije a mí vieja: Mamá no insultes mi capacidad de ser alguien, de pensar. Si me estás diciendo “no aprendiste nada”, es porque querés que sea tu sombra, una simple extensión de tu vida, un más acá que no esperás que haga más que lo que vos hiciste. Si, en cambio, pretendés que sea algo más, entonces permitíme pensar distinto a vos. Y en cualquier caso volver a un pensamiento parecido al tuyo pero atado a mi propia reflexión.

Se quedó muda la vieja.

Ahí también debe aparecer eso que te dije antes del piso, del ideal digamos. El hombre debe tener la capacidad de sostener un argumento acorde a lo que piensa por instinto, darle palabras y sostén, sin mentir, a sus convicciones. Eso lo hace destacarse, y que los demás persigan su protección.

Eso tenía este tipo, te juro. Y yo le ofrecí seguir rebelándose, poniéndolo a prueba a él y a su manada.

La ambición de poder es muy puta che. Y la traición, para que no se note tanto tiene que estar despegada del poder. Si no, te pasa como a éste: yo le ofrecí algo que significaba una traición, pero tenía por recompensa cierto poder. Tampoco me lo iba a ganar gratis. Ni a él ni a la manada. Y me demostró que era un conductor. Posta eh, un conductor, no sé si un líder. Líder es el que levanta un dedo y todos se callan para escucharlo. Conductor, en cambio, es un diplomático que sabe negociar y trasladarlo a la masa interesada. Incluso sabe reconocer a los interesados dentro de esa masa. Bue, eso es casi básico en política igual. Madurálo.

No me quiero ir por las ramas. Me traje a un tercio de su partido conmigo, y arrasamos. La gente de abajo notó la traición, pero estaban tan desorientados que no hicieron ni fuerza. Arrasamos y yo me hice de un aliado interesante.

Pero está eso de la lealtad. La lealtad no es moco de pavo pibe. La gente va y viene porque le conviene, son pocos los que son leales. Y para darte cuenta quién te es leal, a niveles como el mío, como al que poray llegás algún día, hay que apostar.

La lealtad se construye de pequeños riesgos, de darle a un ladrillo el poder, o por lo menos darle la sensación, de sostenerte, de saberse necesario. Para saber de qué madera es un árbol tenés que pararte encima, y para saber si no se quiebra tenés que saltar. Te podés romper la cabeza, ta clarito, pero es la única forma.

Lo importante es saber a qué distancia tenés el suelo, y cuántos árboles que te banquen a los costados. Sobretodo si el salto es grande. Pero se gana fuerte si se apuesta fuerte pibe, no hay otra, es ley de vida.

Lo puse bajo el ala, pero ojo, no éramos amigos eh. Cuando el brote no es del mismo árbol, podés compartir el bosque, pero las raíces siempre serán distintas.

Con el tiempo el tipo medio que se entró a agrandar. Se empezó a despegar. Un poco por las diferencias que siempre habían existido, y otro poco porque algunos lo empezaron a cebar como el caballito de troya. Lo mimaban de nuevo en los medios, ahora lo pintaban como el equilibrio para que nosotros no nos fuéramos al carajo. Él aprovechaba la volada con perfil bajo. Una vez leí un libro, la Torre Oscura, ¿nada que ver no? Bue, decía en una parte “dejá que tu leyenda se adelante, que le crezca la barba, que te haga inmortal” ponele, algo así. Lo que quiero decir es que cuando la bola de nieve crece, hay que dejarla ir cuesta abajo y quedarse mirando, que mientras crezca a uno le sirve. Eso hizo él, y yo también me quedé esperando.

La oportunidad apareció con una ley. Queríamos cambiar ciertas reglas de unos impuestos. Explicarte qué queríamos nosotros es más de lo mismo, porque las interpretaciones fueron muchas, y cada cual formó su opinión. Lo importante es que un poco se nos fue de las manos la cosa. Sabíamos que nos metíamos en una brava, pero se puso duro de verdad. Esas batallas que dejan marcas, viste, van derechito a los libros de historia.

Se puso de punto medio país, digamos. Complicado de verdad. En medio de eso, el tiroteo era incesante y nos acribillaban. De nuestro lado estábamos bien armados de gente, pero meterse a la calle es bravo, hay sectores que siempre están esperando para disparar guerras civiles que hagan colapsar todo, y en un quilombo de esos los que caíamos éramos nosotros. Para qué te voy a explicar si lo viviste vos también.

La cámara baja la pasamos relativamente fácil, pero arriba se puso todo de culo. Eran las últimas instancias, y siempre se pone duro al final del camino. Además afuera había mucha presión, tremendo. Y aunque parezca mentira, en esas carreras siempre hay pingos que levantan la marcha y terminan siendo fusiles que se queman para desahogar.

Para colmo venía pareja la cosa, brava mal. Había mucho lobby. Imagináte que estábamos discutiendo por mucha guita. Y te confieso que poray le erramos en que no separamos las aguas de arranque. Apuntamos los mismos cañones a distintos objetivos y se nos disparó la perdiz. Teníamos un incendio impresionante. Yo no sé cómo no pasó nada grave.

Una semana antes del final me lo cruzo a éste, que manejaba la cámara alta. Lo saludo con la mano, me dice, tranquilo que esta es la nuestra. Y no lo vi más hasta que estábamos todos jugados.

La cosa se puso épica. Empatados en votos, cosa increíble. Y este loco que de golpe y porrazo liga la definición en bandeja. La pelota con el arco libre. Ni en mil años se repite, te juro. El tipo con la llave de la victoria en la mano.

Y podés creer que pide disculpas, medio que pucherea, y nos baja el pulgar. NOS BAJA EL PULGAR. Me traiciona. Lo hace de una manera caprichosa, te digo. Lo hace y lo dice para las remeras, para toda la historia. Lo dice como cuando el Diego dijo la pelota no se mancha. Me acuerdo y mirá cómo me pongo.

Te juro pibe, ESO… fue lo más leal que le vi hacer a alguien en política.

No pocas pulgas

Nuestra casa es de ladrillo viejo, de paredes de 45, y madera, mucha madera.

Cuando entramos a verla, después a elegirla, y por fin a vivirla, tenía piso de pinotea. Ahora, después de 2 años y medio de laburo, hay casi el doble de madera: pinotea en el piso, pino en el entrepiso. La casa es tipo PH, de doble altura y un poco más. Eso explica el entrepiso.

pulgas-adentroLa pinotea es un tipo de madera que no sé porqué se llama así, pero Wikipedia te lo puede decir. Lo que sí, tengo la sensación de que es un material que existió en forma primitiva antes que nosotros y después desapareció del planeta. Cuando nuestra generación llegó al mundo se encontró con muebles, y pisos, y puertas, y muchas cosas viejas hechas de esta madera. Pero nunca nada nuevo de esa madera. Seguro habrá una historia detrás de ese detalle. Una historia que no viene a cuento.

Lo que viene a cuento es que la pinotea de mi casa está vieja y medio podrida. Tengo que arreglarla en varios lugares. Las tablas se fueron rompiendo más que nada en la parte de la hembra, y se formaron algunas canaletas donde el polvo se acumula sin mayor esfuerzo. Alguien se ocupó (hará años), de tapar algunas de ellas con masilla, pero el tiempo abrió nuevas grietas en su corazón orgánico, y hoy tenemos más venas abiertas que América Latina. Canaletas 5 estrellas donde se hospedan las pulgas.

Pulgas, la maldición de nuestra casa.

 

Odiábamos con el alma el olor a mierda que nos pegaba un cachetazo bien temprano, cuando abríamos las puertas doble hoja: las de vidrio y las de madera, en ese orden. Un gato del vecindario se enfiestaba en nuestra galería, y meaba y cagaba sin miramientos. Si no conocen el olor de los desechos gatunos, no lo intenten en sus casas. Es la peor maldición animal. Es la penetración de la pestilencia hasta la más recóndita y dormida neurona del cerebro. Es la muerte de batallones enteros de glándulas olfativas.

Resolver. Siempre que se quiere resolver algo, se mueven hilos invisibles que desacomodan otras cosas. En el constante equilibrio en que vivimos como universo, resolver algo sería como batir las alas si fueras una mariposa. O sea, batís las alas para resolver la necesidad de estar suspendido en el aire, eso desacomoda el aire, y el aire… bue, eso tan repetido del tsunami.

Como me negaba a aceptar un gato ajeno, tampoco le quería poner piedritas para que cague, así que resolvimos el tema consiguiendo un perro: Nippur. Divino él. Caniche, blanco, marca perro, aunque dos por tres llueve y también nos pregunten que qué raza es, que es perro nomás, pero mirá que parece maltés; si, parece, pero no, es pepé. Así que caniche, medio pelo de estatura, y un montón de pelo de cobertura. Mucho pelo, onda lana blanca. Ovejero le podríamos haber puesto. Pero se llama Nippur.

Cuestión que el perro se las apañó para infundirle temor al gato. No es que sea muy cabrón, pero don gato y sus amigos no vinieron más al baño de casa. Una maravilla. Genios nosotros. Aplausos. Telón. Fin del primer acto.

 

Algo que aprendimos es que los problemas resueltos suelen multiplicarse. Y este problema, que había sido apenas un lindo gatito, tal como Terminator 2, volvió a nosotros dividido en miles de pulgas. Nippur, por una cuestión natural, resultó ser una especie de spa para nuestras amiguitas, que de simpáticas tienen nada. No son como las de los dibujitos, nada que ver. Éstas se te meten de paseo por la cabeza e imagináte un piojo 10 o 20 veces más grande. O se te acuestan a dormir sin que las invites a tu cucharita. Sentís la picadura y ni siquiera podés sacudirle cachetadas al aire, porque no hacen ruido como los mosquitos, y tampoco vuelan. Te acribillan, amanecés con la marca del colador que te pica la modorra cuando te levantás a bañarte.

Vas en la bici y te pica algo en la media. Te rascás, y resulta ser una amiga pulga. La expulsás de tus dominios, pero viajás con el temor de tener más compañeras encima. No querés pensar en que alguna se abandone en la alfombra laboral, y en una semana convertirte en el pulgoso que las contagió al mundo entero. Aunque no estaría nada mal picar un poco al capitalismo ¿no? Faaaaa…

 

El conflicto empezó como siempre: unos pocos contra otros pocos. Compramos la pipeta y chau problema, una batalla ganada. La segunda no hubo efecto con la pipeta, así que usamos el napalm para pulgas. Casi conseguimos erradicarlas, pero más problemas se presentaban, mayores aún: el mundo está lleno de pulgas, el perro sale a cagar al mundo, y, por propiedad transportista, nuestra casa resultó un excelente country para las pulgas. Con infinidad de localidades disponibles.

La guerra se declaró el día que un invitado nos dijo que lo había picado algo. Nos hicimos los boludos. Nos miramos con la flaca, frunciendo trompas. Dijimos qué raro, ¿ya empezó a haber mosquitos?. Ellos se habrán dado cuenta o no, pero lo cierto es que no hubo más comentarios. Al cerrar la puerta de despedida, agarré al perro y le pasé la mano a contrapelo. Parecía una cancha de fútbol tomada por los barras.

A partir de eso todo fue cuesta arriba. Una lucha sin cuartel, silenciosa porque no queríamos alarmar a ningún extraño. Sufríamos puertas adentro, y googleábamos infinidad de foros buscando la fórmula mágica y casera que no demandara llamar a un tipo con escafandra para que asesinara todo lo que osara tener una célula viva.
Aprendimos todo sobre nuestro enemigo. Cómo y cada cuánto se reproducía. Dónde ponía los huevos. Las etapas de las larvas. Los sitios donde amaban pasar el rato. Las formas de exiliarlas.

Probamos de todo. Tirábamos venenos tolerables porque estaba Simón: viven él y sus juguetes en el piso. Se habló de pastillas gamexane, pero era como lanzar la bomba atómica. Un amigo que hoy ya no está, me decía que pasara kerosene, que con eso solucionaba todo. Yo me imaginaba la casa llena de madera con olor a combustible y alguien que pide fuego para un faso. Llamarada Moe iba a ser un poroto. No gracias, prefiero vivir con pulgas.

También pasamos el lampazo y bañamos al perro con vinagre. Lo único que conseguimos fue vivir dentro de una ensalada por dos semanas. Otra opción fue ponerle ajo a la comida de Nippur, pero sólo aumentó su capacidad de cagarse horrible.

Todo un desastre. Bañábamos al perro cada semana. Un ritual infumable y horrendo. Ahogábamos las pulgas en una tasa con detergente. Desarrollamos la habilidad para cazarlas con una pincita de depilar, y las tirábamos dentro del agua. Las veías hundirse, nadando y luchando por sobrevivir. Antes de eso, cuando todavía no usábamos las pincitas, llegué a contar 500 pulgas, y no seguí porque ya no tenía espalda. El perro también le ponía paciencia, abandonado a las microcirugías que le hacíamos, rastreándole el cuerpo de la nariz hasta las bolas.

En una oportunidad, dejé a mi familia en Arrecifes. Tendría una semana de soledad, que se suponía tranquila. Podría leer, escribir, mirar pelis pendientes, y etcéteras que eran muchos. Pero llegué y sentí las picaduras. Era verano, las piernas de bermudas eran una invitación. Me atacaron sin misericordia. Pasé toda esa semana yendo a los saltos entre cama, y sillón, y cocina, y en las pausas mataba las pulgas que se me subían. No pude pensar en nada, ir a buscar algo era querer cruzar un campo minado.

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 Odié también tirar el veneno con un rociador por toda la casa. La nariz tapada y moqueando por el olor asesino. Las manos mojadas y engarrotadas de tanto presionar el gatillo. Cargar el botellón cada medio litro, unas 4 o 5 veces. Sacarme todo el enjuague y que me quede el dolor de cabeza, antes de cerrar todo hermético y subirme al coche para viajar 3 horas a mi ciudad. Volver post finde, con la esperanza de que se hayan muerto, que ya no estén más, que se haya terminado la pesadilla.

Así la pasamos, hasta que se quedaron Nippur y Simón, y la flaca medio alternando, como un mes en Arrecifes, y pudimos hacer una purificación más intensa. Las erradicamos. Y el perro volvió pelado a grado 6, muy parecido a una rata, pobre.

 

A hoy las mantenemos a raya. Creemos que pueden volver en cualquier momento. A veces, sentado en el inodoro ves una piedrita negra, partícula de lo que sea, y flasheás lo peor. La agarrás y le das así con la uña para asegurarte. Si hace esa explosión chiquita que avisa que sacaste una vida del juego, está todo mal. Ni hablar cuando el perro se rasca intenso. A veces lo escuchamos rascarse de madrugada, y se te mete el pánico en el sueño. Es como una historia de zombies.

Juro que pensé en prender fuego todo. Llegué a pensar en soluciones realmente irracionales, o demasiado costosas. Por ejemplo, pensamos en levantar toda la pinotea y poner cerámica. Casi lloré más de una vez de la impotencia. Es increíble sentirte presa de un enemigo invisible e implacable en tu propia casa. Es horrible masticar la bronca contra un ser vivo que sólo está tratando de subsistir al igual que uno. Ves el sufrimiento de tu mascota, el de tu familia, sentís el propio. Te retuerce por dentro y te llena de odio.

Y algo que me tortura, que me pesa: sentirme tan de izquierda y actuar tan de derecha. Ejecutar la guerra y el exterminio, como única opción. Supongo que la diferencia -ojalá haya alguna-, está en que siento culpa por esas muertes, y quizá no sea lo mismo que las extermine un humano a que otra pulga se crea superior y con el poder de destruirlas. Yo no tengo manera de comunicación que nos permita llegar a un acuerdo, en cambio, los de mismas especies, al menos deberían darle chance al entendimiento.

 
 
 

NOTA: Este texto fue originalmente publicado en el blog colectivo de escritores e ilustradores nacido a partir de los Masters de Narrativa y Dibujo de Universidad Orsai, que dimos en llamar Que no te falle el verosimil, y que invito a visitar porque va creciendo muy bonito. Las ilustraciones de este texto son de Federico Ben Cattan.

medias medias rotas

Una viñeta de Macanudo me hizo acordar a una conversación en casa de mis viejos, donde salió el tema de las medias. Hablábamos de filmar a mi viejo pelando una naranja, para el taller de narrativa. Les contaba de las consignas para disparar textos. Así terminamos hablando de las pelotas de medias para jugar al fútbol en los recreos. Un ejemplo práctico y claro para explicar de qué iba la consigna de esta semana: hablar de un objeto.

De las pelotas hechas con medias se dijeron algunas cosas: Que las entrábamos en el guardapolvo, ahuecando la mano para taparla como si no tuviéramos nada. Que las señoritas nos podían boicotear el campeonato si la veían. Que jugábamos hasta cuando se desgarraba la pelota, cosa no muy difícil porque eran medias medio viejas, y al rajarse empezaba a perder tripas de tela. Faaaa, y lo pesada que se ponía cuando se mojaba. A veces pateábamos y la tirábamos a lo del vecino, perdiéndose para siempre.

Las medias siempre fueron un tema. Que te da paja cambiártelas. Que nunca tenemos un par limpio. Que no son como el calzoncillos que dura un día: ellas duran dos, como poco, si no tenés olor a pata.

Siempre me dio bronca quedarme sin medias, que no haya en el cajón. Mamá siempre nos cagaba a pedo porque las dejábamos sueltas para lavar y después no podía armar el par, se perdían. O poray teníamos un par de colores diferentes. Así íbamos a la escuela. Así voy a veces al laburo.

Cuando se rompen en la punta me da mucha bronca. Antes, mamá las cosía y les quedaba un repulgue violento que me hacía doler el pie. Ahora se me rompen en el talón, pero no se les puede hacer una zurcida. Calculo que el talón es por los cayos de caminar descalzo, y ya no la punta porque ahora me corto las uñas bien cortitas. Andá saber.

El color de las medias a veces tiene hasta más protagonismo que las zapatillas. Siempre que tuve zapatillas nuevas, inmediatamente busqué ensuciarlas lo suficiente como para que no llamaran la atención. Me fastidiaba mucho el “feliz estreno”. Con las medias me pasa lo mismo, pero tardan más en gastarse, no puedo andar metiéndome en el barro hasta la rodilla. Entonces, hasta que no se inventaron esas tipo soquetes para que las usemos nosotros los hombres, siempre pedía medias de colores oscuros. Con el tiempo conseguí vencer ese miedo y comprarme medias a rayas bien llamativas.

Otra cosa que me rompe es el invierno. Paradójicamente, te ponés medias para no tener frío pero transpira el pie y se humedecen. Y es un bajón caminar como en barro helado.
Bue, basta de escribir de las medias. No puedo hilar párrafo con párrafo. Ya casi no tiene sentido hablar de las medias. Habrá mucho más para decir, pero se me vació el cargador.

La viñeta encargada de unir dos cabos sueltos en mi cabeza (que sin embargo tenían que ver!), sencillamente hablaba de descubrir un agujero en la media. El horror:elhorror

El libro de Macanudo lo leía ayer. Pasando por arriba de las tiras, de forma mecánica, algo normal cuando se está cansado. Simón escuchaba la enésima repetición de un cuento a voz de su mamá. Yo también oía esa repetición, en segundo plano: vendría a ser como todo eso que se pierden los caballos cuando tienen los cueros a los lados de los ojos. Algo así pero audible.

El segundo plano se me ocurre que igual se graba y queda archivado, ponele que en la piecita del quilombo de nuestro cerebro. Lo que no implica que el resto de la cabeza no sea un quilombo también.

Entonces pasé por una viñeta, como por tantas otras: sobre ella. Pero a veces queda temblando como una especie de eco. Como el pequeño sonido de las cuerdas de un instrumento, que si están afinadas quedan insistiendo un buen rato. Así me pasó, y volví, y la releí, y miré los dibujitos con mayor atención.
Supongo que lograr la existencia de esos ecos hace que un pedazo de arte suene afinado, y se quede sonando por ahí. Vibrando para provocar quién sabe cuántas otras cosas.

Una de las razones por las que se me da esto de escribir, es que tengo muy poca memoria. Soy todo lo contrario de José el Rosarino, que parece una enciclopedia, le brota la info a cataratas. Yo en cambio suelo olvidarme de los nombres de las personas, o de datos relevantes, de reuniones o temas laborales que estuve viendo hace media hora. En ocasiones pregunto lo mismo varias veces porque no lo retengo. Quizá sea un déficit de atención.

Cuestión que pensando en todo esto, me encontré con que el cerebro guarda absolutamente todo. Quizás utilice cuartos alejados dentro del mismo edificio que supone la cabeza. Quizá se trate de una casa grande, una estancia, poray un pueblo o ciudad, no sé. Pero debe haber lugares alejados donde algún pequeño mecanismo de la cabeza archiva los datos que se graban del contexto, lo que sucede en el segundo plano.

Toda esa data, como si se tratara de un motor de Google, viene a la superficie cuando le ponés una palabra clave. Puede ser cualquier cosa. Le das enter, y el motorsito empieza a funcionar, trayendo una pila de carpetas polvorientas, donde esté la palabra clave.

Dos puntos serían importantes entonces:

• Cuanto menos común sea el elemento, mejor selección de cosas tendremos. O sea, si por ejemplo mi palabra clave será pelota, vendrán millones de recuerdos de fútbol y otras yerbas. Difícil será entonces obtener lo que estoy buscando. Es tal cual el mencionado Google, donde no es lo mismo poner fútbol que poner el nombre de un equipo o un jugador.

• ¿Qué hacer con toda esa info acerca de un elemento? Porque no solamente es traer todo lo relacionado a un elemento. Imaginemos que se puede estar semanas hablando de las medias. Muchas cosas serán interesantes, otras un bofe. Sin embargo, lo difícil será darles un sentido. Yo, por ejemplo, me enganché hablando de las medias, pero ¡no le encontré mayor sentido a hacerlo! Si quiero una historia, me cuesta mucho partir desde un elemento, a menos que ese elemento sea definitorio para mi historia. Y tampoco hablar de un elemento se vuelve tan emocionante.

Al fin, la conclusión sería, por arriesgar algo, que todo el archivaje que tengamos, todo ese archivo lateral almacenado en ciudades ocultas, o en bodegas inundadas, o en altillos por escaleras a través de 100 pisos, puede llegar a ser inservible si se lo toma como algo suelto. Pero si lo utiliza para adornar o echarle mano a narraciones, entonces su función aparece.

Particularmente suelo tener una reacción inconsciente para encontrarme con estos pensamientos: no puedo traer recuerdos o vivencias así como así por proponérmelo. Sería, y me ha resultado así, inútil intentarlo. Fracasé incluso con lo de la media, ¡es un ejemplo! O si bien traje algo desde esos recónditos y polvorientos estantes, quizá no fue lo que hubiera querido, o necesitado.

Debe ser que esta clase de memoria se recupera de igual manera que se almacena: en segundo plano. Cuando la cabeza enfoca un camino, asoman esos pastos crecidos que son el paisaje y en definitiva los que harán más ameno el viaje.

el bueno, el malo, y el perro

a Mandanga

EL QUE ABANDONA NO TIENE PREMIO. Boca campeón de amer

La ves y pensás: pared de mierda.

La frase del indio es maravillosa, pero lo que sigue te pesa mucho, te irrita las bolas.

Se ve que la cana o algún vecino los corrió. Vos, que siempre amaste a los Redondos, seguro hubieses esperado hasta que escribieran la “o” de premio, y después hubieras gritado como loco, para que se vayan, que no escriban la pared hijos de puta, la puta que los parió.

Lo que no sabés es si les hubieras gritado en plan hincha de River, o poniéndote la gorra porque estaban escribiendo una pared de tu barrio. Las dos cosas pueden ser malas. A cual peor. Ponele que ellos eran 4. ¿Te hubieras bancado gritarles ¡eh bosteros putos! ¿qué escriben la concha de su madre!?? Sabés que te iban a apurar y que ibas a quedar como un cagón, o cagado a bifes.

Y si te hacías el buen vecino y les gritabas, ¡eh!, ¿qué hacen ahí? ¡voy a llamar a la policía!, te ibas a sentir re gorra. Sobretodo porque no te molestan los grafitis. Lo que te molesta es ESTE grafiti.

¿Por qué tienen que enrostrarte a vos, que ellos son los campeones de libertadores?

Vos lo sabés bien: el fútbol es así. Sin un derrotado no hay victoria ni festejo. Es el yin y el yang girando en ese gris loco, para manchar al que se le ocurre. Y te da bronca que por mucho tiempo ellos hayan tenido la suerte de su lado.

Para colmo ese paredón es lo primero que se ve cuando salís a tu balcón. Está en el centro, en foco. Una luz de la vereda le da justito. Es cierto, vivís en un cuarto piso y podés mirar en línea recta al horizonte. Lo intentaste mil veces, pero cuando hacés eso sentís que te pesa la mirada, que te tira para abajo. Hasta que caés y los ladrillos te saludan, con su frase como una sentencia.

Cuando pasás por ahí todos los días para ir a laburar, y al volver también, mirás la pared con rabia. Así salgas para el otro lado, siempre le dedicás una puteada por lo bajo, una mirada de odio. El mensaje insiste y te come por dentro.

Te da bronca que los hijos de puta siempre ganen por penales, y que vos siendo de River tengas que soportar sus cargadas. Si, si, el yin y el yang y la mar en coche, aunque sepas que no serías tan hincha de River si ellos no existieran, te dan bronca. Y los necesitás como ellos te necesitan a vos. Si desaparecieran los hinchas de Boca, le comprarías la camiseta bostera a tu hijo para tener alguien a quien pelear.

Pelearse. Antes, porque te escriban la pared seguro te metías en alto bondi. Si hasta un día quisiste cagarte a trompadas con todos los de boca del pueblo que festejaban un campeonato en la esquina del centro. Decí que tu primo Mandanga te puso la mano en el hombro y te dijo, daaaale, andá para tu casa que no quiero saltar a defenderte contra mis amigos.

Ese día entendiste que el fanatismo extremo estaba de más. Pero igual te carcome por dentro esa frase, parece un cartel luminoso. Te molesta incluso estando de espaldas. Y ni hablar que por dentro festejaste (o por lo menos cerraste el puño), cuando Ñulls por fin rompió con los penales y la clasificación a las semis de la copa. Te acordaste de aquél momento igualito cuando les ganó esa final de campeonato por penales en el 91, Scoponi se atajó de todo ese día. Parece mentira, te puso contento, porque la pared quedó trunca y hoy tiene más razón que nunca: el que abandona no tiene premio, Boca camp… de nada. Qué bueno ver el muro como un presagio ¿no?

Pero la espina insiste, porque el que lo puso parece decirte en tu cara. Como si lo hubiera escrito y te hubiera tocado el timbre para reírse: sonó el portero y te quisiste matar porque te dijeron puto, mirá por la ventana, cagón. Tal cual lo de la bandera, que fue gratuita y la festejaron hasta los hinchas de otros clubes.

 

Un día no aguantás más y te comprás un aerosol, color negro. Te lo guardás en la campera, en el bolsillo derecho cuidando que no te vea nadie. No querés quedar como un vándalo. Llegás del laburo y te quedás merodeando la pared con desesperación. Caminás medio urgente, vas y venís en círculos. Pasa mucha gente que te mira extrañada. Abandonás la idea cuando caés en que tranquilamente podrías pasar por un dealer de paco, y te metés en tu edificio.  aerosol

Así repetís el proceso un par de semanas. Hasta que por fin te animás a cambiar la táctica.

Esta noche, en tu casa, buscás excusas para matar el tiempo. Y cuando se hace medio tarde decís:

–Gorda, nos olvidamos de sacar a Timus… ¿podés creer?

Hace un frío de locos, el invierno es inminente, te lo avisan los mocos y tu mujer que te propone hacerlo aguantar hasta mañana. No la escuchás. Vos sos el que no aguanta más. Ya no.

Salís con Óptimus. Esquivás los escombros de la ciudad que parece dinamitada. Culpa de un hijo de puta bostero también. Te vuelve loco eso. Si quiere adoquines, le darías adoquines por la cabeza.

Te ponés a pensar en eso, y sentís que el tipo maneja la ciudad como bostero. Como el codazo del Chiqui Perez a la boca de Scocco, o como cuando el mellizo lo hizo echar a Hernán Díaz al ningunearlo. Parece mentira, te decís; el tipo la bardea y habla de paz y amor. Se queja de la confrontación poniendo carita de yo no fui, y caga a palos a todo el mundo. Bien bostero, decís entre dientes.

Estás determinado, porque esto ya no es entre el que escribió la pared y vos, sino que se trata de un duelo de actitudes. Una disputa entre hacer trampa saliendo airoso, y los que siempre se están bancando la prepotencia.

Ya estás re caliente. Soltás el perro, lo dejás ser un rato, sin correa, total no anda nadie a esta hora. Él aprovecha y mea unas ruedas, y caga en la vereda del vecino que siempre anda de camiseta. No sabés si fue ese vecino el que escribió la pared, pero te rompe las bolas cuando agita como tarado, cuando grita los goles como si lo fueran a matar. Que le quede caca en la vereda es un acto de justicia.

Se te cruza que poray el que escribió la pared es el portero de tu edificio. El tipo es muy fanático, pero parece centrado. Si hablaste mil veces con él. Incluso de esa misma pared. Y él sonríe porque es bostero, pero ni le daría pintar la pared de un colega.

Estás seguro que fue el pelotudo del vecino jetón. Bien por Optimus que le cagó la vereda.

El perro se aleja pero no te importa, vos tenés otra cosa en mente. Te hacés el boludo, mirás y pateás con curiosidad unas bolsas que no parecen de basura, o mejor dicho son basura para unos y quizá algo útil para otros. Levantás lo que parece una repisa vieja, está hecha mierda, pero igual te sirve para hacerte el cartonero y acomodarte para donde querés.

El mueble  se te cae, queriendo. Te agachás a levantarlo y medís en la acción tu próximo movimiento.

A esta altura Óptimus desapareció de tu vista, pero también desapareció de tu memoria. Tenés en mente otra cosa, y es tan árbol en tu pecho, en tu ser, que no ves nada del bosque. Ni siquiera ves al rati que viene caminando a media cuadra, hacia vos.

Sacás el aerosol y le mandás un rayón grande, de un saque. Pensabas que iba a tapar más. Te das cuenta que necesitabas probar antes sin estar nervioso, que necesitabas práctica para hacer esto.

Las manos te chorrean de negro. Pensás en qué le vas a decir a tu mujer, y ahí te acordás del perro,  porque es blanco y si lo agarrás con las manos llenas de pintura la cagás del todo. Asumís que tu esposa tendrá que ser tu cómplice, no hay chance. Ya estás en el baile, tapás el Boca y alcanzás a manchar el camp. Queda el amer.

La otra frase no te importa tanto porque te gustan los Redondos. Quisieras taparla, callar toda la pared porque la memoria de esas cosas pesa mucho, pero ahora el perro volvió a ser parte de tu vida y se te perdió, y tenés que recuperarlo, claro.

Gritás el nombre, tranquilo, como quien no quiere la cosa. Dudás entre insistir con el aerosol o dar por hecho el trabajo. Dios, pensaste en tantas cosas que poner, y ahora te apagaste, no sabés qué escribir. Tampoco sabés si sos capás de escribir algo, aunque sea una pelotudez. Se te ocurre poner Boca vení que te gusta lamerla, pero ya tapaste el boca, la puta madre.

Llamás a Óptimus de nuevo. Cuando te asomás por la esquina ves al cana que está ahí nomás, como que levantó la cara prestando atención a tu gritito. Advertís que acelera el paso. El aerosol sigue en tu mano negra y fresca, lo que hace que  sientas el fresco de la transpiración.

No sabés qué puede suceder si el policía se da cuenta. Tirás la lata entre los trastos que estuviste pateando. El tipo no se va a fijar.

Te metés la mano en la campera, y el pequeño alivio que puedas sentir se traduce en la desesperación de cómo carajo le vas a explicar a ella la pintura en el bolsillo. Todo mal. Y el perro que no aparece.

Le gritás . –¡Dale que hace frío!

Se lo decís sin saber dónde está realmente, pero lo que te interesa es que te escuche el rati y no sospeche nada de vos.

Te está mirando, el cana, que ya cambió el paso por uno más sigiloso. Pensás que los de su raza deben tener un séptimo regimiento interno que les avisa cuando algo no está del todo bien. Mira las bolsas, te mira a vos y te saluda con la gorra sin tocársela. No sabés cómo carajo es que hizo eso. Tampoco se lo querés preguntar, más vale morir con la duda.

–Buenas. –Lo saludás, bien cerrado, apagado, sin interés. Habías pensado agregar jefe al saludo, pero en el segundo te diste cuenta que poray no te favorecía eso. Cogoteás un poco y llamás de nuevo al picho. –Optimus… puta madre.

–¿Todo bien? –pregunta el cana.

–Todo bien oficial –respondés, seguro de que esa palabra no va a caer como forreada. –El perro… no sé donde se fue…

–Se fue a cagar… –dice él. Y se voltea a ver que la pared brilla de pintura fresca.

–Mjé… –tirás como para que escuche que le festejás el chiste. Si es que fue un chiste. A esta hora nunca se sabe distinguir la ironía de la realidad.

El perro por fin aparece desde atrás de un volquete, a unos 15 metros. Te acercás a él, especialmente para alejarte del cana, que apenas te mira y vuelve la vista a la pared, y de ahí rápido a las bolsas que están desparramadas, y a las maderas que parecen de un mueble roto, y se queda un instante en lo que parece ser una lata de aerosol entre toda esa basura (porque para él es basura hasta que pase a ser evidencia de algo).

Sentís el tirón frío en la espina. Por esa razón se te pone dura la espalda. Seleccionás en dos pasos la mano que usarías si el perro no te responde y se escapa de nuevo. Dudás: agacharte con las manos en los bolsillos no parece una opción normal. Mejor seguir caminando y probar que el perro te siga con una orden.

–Vamos Óptimus…

Girás la cabeza para saludar al oficial. Él te está mirando, parece observarte desde antes, como estudiándote.

Eso te inquieta, pero bancás la parada. –Buenas noches… jefe…

Jefe. ¿Porqué decir jefe? ¿Porqué decirlo si estaba todo bien?

Te volvés y encarás para la puerta del edificio. Por suerte, Óptimus te acompaña.

Jefe. Sabés que lo dijiste en falso, que esa palabra te delató. No te animás a mirar de nuevo. Probablemente te está midiendo, el jefe. Probablemente está esperando que te dés vuelta y así confirmará tu delito. Te preguntará algo más para ponerte nervioso, para notar que no sacás las manos de los bolsillos.

Apurás el paso sin darte cuenta. Solo pensás en no darte vuelta. Basta de pasos en falso.

El tipo da un paso hacia vos. Lo escuchás como un estruendo. Sentís que se te va a colgar del cuello como un mono. Y te falta tan poco para llegar a la puerta.

Otro paso. Y otro. De ambos. Parece una coreografía.

Se prende la luz de la puerta. En ese instante recordás que la llave la tenés del lado de la mano sucia. Y escuchás que el cana se acerca. Por lo menos lo hace con paso tranquilo, pero en tu cabeza calculás que coincidirá su llegada con tu mano a la vista. No da para hacer el malabarismo de agarrarla con la izquierda, sería evidente. Encima la luz, te sentís en un escenario.

El que abandona no tiene premio.

La frase te salta a la jeta para recordarte porqué estás acá. O tal vez para decirte que si ya estás jugado, por lo menos lo intentes.

Te inclinás por lo último. Sacás las llaves con seguridad. Le murmurás algo al perro. Metés la llave. Escuchás el tambor girando y los pasos del rati. Dos vueltas. Empujás la puerta. Te apoyás arriba de la mano de un modo raro, pero tratando de no parecer un salame.

Lo mirás al cana a los ojos. Ahora que está todo ahí, el universo en un instante, no querés que mire a otro lado que no sea a tu mirada. Lo invitarías a bailar, si eso sirviera de algo. Una mutua mirada eterna. Parece amor.

Casi como un big bang, suena por ahí cerca una explosión como de botella estrellándose. Mata el momento, la mirada.

El perro ladra alarmado. Te ponés tenso, el cana también. El ruido vino más o menos de su espalda. Los dos vuelcan su atención hacia allí, pero a vos no te importa tanto el origen como el resultado.

Ahora el oficial se pone firme, atento. Vos sentís que se te va despegando y aprovechás para tirar de tu perro. El hombre murmura un buenas noches apurado, y por fin se va a investigar el ruido.

Te metés en el edificio, también apurado. Una vez adentro te aflojás. Llamás el ascensor pero suben por las escaleras. Antes de entrar en tu casa, suspirás satisfecho. Óptimus parece contento. Lo acariciás con la mano buena.

Alzás las palmas a la par, y te las mirás un momento. Yin y Yang, pensás. Qué loco.

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