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Escenario

Bar La Comadreja Cheta

En el centro del bar, una mesa de billar donde las bolas nunca encuentran una cueva, siempre están expuestas.

Personajes

6 bebedores con relieve (puede haber más de relleno):

El Cremoso Perez (mafioso, apostador)

El Derecho Núñez (jugador)

El Histérico Andrada (apostador, veedor)

El Rosamel Araya (apostador, veedor)

El Chimango Corvalán (abogado, apostador)

El Cariñoso Bermúdez (jugador)

+ El Oído Lento Morales (dueño)

+ La Mandarina Da Silva (esposa del dueño)

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Reglas básicas del billar 

El billar es un deporte de precisión que se practica impulsando con un taco un número variable de bolas (antiguamente de marfil), en una mesa con tablero de pizarra forrada de paño, rodeada de bandas de material elástico y con troneras o sin ellas.

El primero de todos los juegos de billar es el llamado francés o de carambola, que se juega con una bola blanca, una amarilla y una roja. Los jugadores tiran estratégicamente con la bola blanca ó amarilla, y la carambola consiste en golpear con la bola jugadora a las otras dos. La consecución de carambola válida da derecho a seguir tirando; en caso de fallo, pasa el turno al otro jugador, que tira con la blanca (o amarilla) contraria a la que usó el anterior.

 

Última jugada

El Cremoso Perez miraba, echado en la silla. Le goteaba la nariz del calor que hacía. No era verano, pero el bar parecía un sauna desde que Oído Lento había comprado la salamandra.

Oído Lento, para colmo, ahora echaba un nuevo tronco al fuego. El tipo no era de tener mucho frío, pero su esposa La Mandarina siempre se quejaba de los agujeros del techo en el baño. Entraba un ventilete implacable por ese colador de chapa podrida, pero Oído Lento temía a las alturas y se negaba a subir a una escalera para hacer el arreglo. Había preferido poner la salamandra. De todos, al que mejor le caía ese calor acuoso era al Derecho.

El Derecho Núñez hacía malabares con el taco. Se lo había calzado entre la pera y el hombro derecho. Si cerraba la carambola, se llevaba el partido. Causaba gracia la pose cuasi artística que ensayaba para poder efectuar sus tiros. Se incrustaba el mango del taco por debajo del mentón y lo aceitaba con el sudor de la barbilla. Lo hacía resbalar entre el cogote y el hombro, siempre tomándolo de la punta con la mano izquierda. Empujaba hasta que hacía tope con el muñón de la derecha. Ahí se agachaba y apuntaba no se sabía cómo. El momento en que apoyaba la mano sobre el paño y decidía el disparo era un misterio, porque el tipo era muy rápido con ese movimiento. Tenía una calidad impresionante. Pocas veces lo habían visto perder. El Histérico decía siempre que el Derecho era un bailarín nato, que seguro bailaba el cisne negro cuando estaba solo en la casa. Con la pollerita de voladitos de tul y todo, decía. Que por eso el tipo tiraba así, con muñón y todo.

El Histérico Soñora no se perdía ninguna partida de billar. Siempre acodado en la barra. Entendía muy poco del juego, en 12 años de ir a la Comadreja Cheta nunca se le había ocurrido preguntar las reglas. Para él era todo lo mismo, las caras de los demás le dirían si el tiro era bueno o malo. De tanto estar apoyado en la barra se le había girado la columna, ahora el tipo era como una botella de plástico para reciclar. Aunque quisiera, le era imposible acomodarse para jugar: o sostenía el taco, o apuntaba. De cualquier forma, Rosamel pensaba que el problema del Histérico no era que pareciera un dentífrico pisado por una bici, sino que era tan paja para jugar que todo el mundo se le aburría y lo dejaba solo.

El Rosamel Araya miraba callado. Como el Histérico, tenía guita puesta a mano del Derecho. Siempre apostaba cuando el Derecho jugaba, porque era favorito, y porque le encantaba decir Voy a mano del Derecho. No sabía ni él si era para joderlo al manco, o porque secretamente le remordía no haber sido abogado. Tenía la guita entre la mano y la mesa. Los billetes húmedos. Cruzó con la mirada atravesando la mesa donde estaban las tres bolas esperando chocarse. La mayor luz se concentraba sobre ese paño, y se podía revolver con un pincel el grumoso calor que despedían los lamparones de chapa que habían sabido  iluminar el frente del galpón de la aceitera. Miró Rosamel hacia la otra orilla, hasta la mirada serena del Chimango Corvalán, que sí era abogado, estudiado y titulado, decía él.

El Chimango, abogado de 4 de los presentes, y de varios perejiles del pueblo, había querido ser carancho al empezar a ejercer, pero la cana lo había dejado en terapia por querer pasarlos para el cuarto. Con las heridas se le habían cerrado también las ganas de carroñar, pero acá en este bar todos la pagaban, y él era el Chimango, porque no había llegado ni a Carancho. Andá saber si era mejor ser Chimango que Carancho, o Comadreja que Urón, lo que importaba era recordar esa piedra como si la tuvieras en el zapato. El Chimango achinó los ojos por el humo, tragó el whisky y sintió el calor apretar desde el cuello, pasar por la corbata, y estacionarse como si fuera una vincha de plomo. Pensó en la otra apuesta pactada en el baño, cuando regaban la pared y el Cremoso le había salpicado los zapatos porque no había mingitorios desde que un motoquero se los había hecho cabecear al Burro Velázquez una noche Navideña. El Cremoso había dicho que le hinchaba las bolas el calor, y que se llevaría la mesa al baño si no fuera por el olor a mierda.  El Chimango rió, y contestó que si por esas putas casualidades el Cariñoso le ganaba al Derecho, le pagaba tequila al que tuviera huevos de tomarla, y que después de eso se paraba y le gritaba al cabrón de Oído Lento que acá hacía un calor de la reconcha de su Mandarina, que mejor le ponga de nuevo la cáscara a esa hija de puta, así se alivia un poco este bar del infierno. Si gana el Cariñoso, yo pago la mitad de los tragos con tal de verte agitar a la Mandarina, dijo el Cremoso. Se habían dado la mano así todas meadas.

El Cariñoso Bermúdez gustaba de tocarle las bolas a los demás. Pasabas cerca y te las picaba con el índice. Salta violeta, decía. Si te agarraba de lleno, la puteada valía por todos los hijos golpeados. ¿Qué sos, Cariñoso? Vení que te doy el osito pedazo de pelotudo… le dijo un camionero un día, y lo escondió de un cachetazo. Desde ese día le quedó El Cariñoso, pero nunca más le hizo caricias a desconocidos, aunque sí a los amigos. El tipo tenía el mismo talento para acertarle a las bolas de arriba de la mesa, no se podía creer. También decía salta violeta cuando jugaba y lograba que la bola amarilla por fin le de a la roja. Era bueno el tipo, pero al Derecho nadie lo doblaba y con este tiro tenía el partido en sus manos. Todos, menos el Chimango, le habían apostado en contra al Cariñoso. Estaba un poco nervioso, pero lo dejaba tranquilo que si perdía no debía tener miedo a las represalias del Cremoso.

El Cremoso mordió el escarbadientes y le espantó la vista a un petiso que estaba dele mirarlo como hipnotizado. Hizo una mueca, como tirando un besito de costado, como caballo de ajedrez. Clavó la uña en la mesa y rascó haciendo un chillido. Parecía impaciente. Le sobraba el olor de la curtiembre. Siempre se andaba por ahí llevando y trayendo cueros, de cualquier especie. Mordió más fuerte y un pedazo de palillo cayó en el cenicero desbordado. Prestó atención al Derecho que parecía a punto de hacer ese movimiento loco y darle a la blanca.

El Derecho calzó el muñón, hizo un firulete extraño, y golpeó el taco. La bola recibió obediente el empujón y dio de lleno en la bola amarilla que, en lugar de deslizarse, saltó. Salió disparada, volando hasta romper el vidrio de la puerta. Se hundió en la noche y se perdió por ahí, capaz que en la cuneta. El taco, por su lado, siguió con envión y desgarró el paño, hiriéndolo de muerte.

El Histérico escupió un pedacito de chorizo que por fin se había sacado de entre las muelas. Se agarró de la barra y palanqueó para darse vuelta.

Rosamel pateó una silla, y levantó la mano para despegarse los billetes y dejarlos ahí, para el Chimango que ya los estaba juntando.

El Chimango caminaba recaudando, en un ritual mecánico. Pensaba en que tenía los zapatos salpicados de meo, y de eso a la deuda que tenía pendiente.

El Cariñoso, chocho con la victoria, lo ayudaba a sacar el taco de la mesa al Derecho, que se lamentaba echando miradas rápidas a los perdedores.

El Cremoso sonrió.

En eso entró La Mandarina, con la bola amarilla en la mano. Y hubo una mole de silencio en el bar.

 

NOTA: Este texto fue originalmente publicado en el blog colectivo de escritores e ilustradores nacido a partir de los Masters de Narrativa y Dibujo de Universidad Orsai, que dimos en llamar Que no te falle el verosímil, y que invito a visitar porque va creciendo muy bonito. Las ilustraciones de este texto son de Federico Ben Cattan.

No pocas pulgas

Nuestra casa es de ladrillo viejo, de paredes de 45, y madera, mucha madera.

Cuando entramos a verla, después a elegirla, y por fin a vivirla, tenía piso de pinotea. Ahora, después de 2 años y medio de laburo, hay casi el doble de madera: pinotea en el piso, pino en el entrepiso. La casa es tipo PH, de doble altura y un poco más. Eso explica el entrepiso.

pulgas-adentroLa pinotea es un tipo de madera que no sé porqué se llama así, pero Wikipedia te lo puede decir. Lo que sí, tengo la sensación de que es un material que existió en forma primitiva antes que nosotros y después desapareció del planeta. Cuando nuestra generación llegó al mundo se encontró con muebles, y pisos, y puertas, y muchas cosas viejas hechas de esta madera. Pero nunca nada nuevo de esa madera. Seguro habrá una historia detrás de ese detalle. Una historia que no viene a cuento.

Lo que viene a cuento es que la pinotea de mi casa está vieja y medio podrida. Tengo que arreglarla en varios lugares. Las tablas se fueron rompiendo más que nada en la parte de la hembra, y se formaron algunas canaletas donde el polvo se acumula sin mayor esfuerzo. Alguien se ocupó (hará años), de tapar algunas de ellas con masilla, pero el tiempo abrió nuevas grietas en su corazón orgánico, y hoy tenemos más venas abiertas que América Latina. Canaletas 5 estrellas donde se hospedan las pulgas.

Pulgas, la maldición de nuestra casa.

 

Odiábamos con el alma el olor a mierda que nos pegaba un cachetazo bien temprano, cuando abríamos las puertas doble hoja: las de vidrio y las de madera, en ese orden. Un gato del vecindario se enfiestaba en nuestra galería, y meaba y cagaba sin miramientos. Si no conocen el olor de los desechos gatunos, no lo intenten en sus casas. Es la peor maldición animal. Es la penetración de la pestilencia hasta la más recóndita y dormida neurona del cerebro. Es la muerte de batallones enteros de glándulas olfativas.

Resolver. Siempre que se quiere resolver algo, se mueven hilos invisibles que desacomodan otras cosas. En el constante equilibrio en que vivimos como universo, resolver algo sería como batir las alas si fueras una mariposa. O sea, batís las alas para resolver la necesidad de estar suspendido en el aire, eso desacomoda el aire, y el aire… bue, eso tan repetido del tsunami.

Como me negaba a aceptar un gato ajeno, tampoco le quería poner piedritas para que cague, así que resolvimos el tema consiguiendo un perro: Nippur. Divino él. Caniche, blanco, marca perro, aunque dos por tres llueve y también nos pregunten que qué raza es, que es perro nomás, pero mirá que parece maltés; si, parece, pero no, es pepé. Así que caniche, medio pelo de estatura, y un montón de pelo de cobertura. Mucho pelo, onda lana blanca. Ovejero le podríamos haber puesto. Pero se llama Nippur.

Cuestión que el perro se las apañó para infundirle temor al gato. No es que sea muy cabrón, pero don gato y sus amigos no vinieron más al baño de casa. Una maravilla. Genios nosotros. Aplausos. Telón. Fin del primer acto.

 

Algo que aprendimos es que los problemas resueltos suelen multiplicarse. Y este problema, que había sido apenas un lindo gatito, tal como Terminator 2, volvió a nosotros dividido en miles de pulgas. Nippur, por una cuestión natural, resultó ser una especie de spa para nuestras amiguitas, que de simpáticas tienen nada. No son como las de los dibujitos, nada que ver. Éstas se te meten de paseo por la cabeza e imagináte un piojo 10 o 20 veces más grande. O se te acuestan a dormir sin que las invites a tu cucharita. Sentís la picadura y ni siquiera podés sacudirle cachetadas al aire, porque no hacen ruido como los mosquitos, y tampoco vuelan. Te acribillan, amanecés con la marca del colador que te pica la modorra cuando te levantás a bañarte.

Vas en la bici y te pica algo en la media. Te rascás, y resulta ser una amiga pulga. La expulsás de tus dominios, pero viajás con el temor de tener más compañeras encima. No querés pensar en que alguna se abandone en la alfombra laboral, y en una semana convertirte en el pulgoso que las contagió al mundo entero. Aunque no estaría nada mal picar un poco al capitalismo ¿no? Faaaaa…

 

El conflicto empezó como siempre: unos pocos contra otros pocos. Compramos la pipeta y chau problema, una batalla ganada. La segunda no hubo efecto con la pipeta, así que usamos el napalm para pulgas. Casi conseguimos erradicarlas, pero más problemas se presentaban, mayores aún: el mundo está lleno de pulgas, el perro sale a cagar al mundo, y, por propiedad transportista, nuestra casa resultó un excelente country para las pulgas. Con infinidad de localidades disponibles.

La guerra se declaró el día que un invitado nos dijo que lo había picado algo. Nos hicimos los boludos. Nos miramos con la flaca, frunciendo trompas. Dijimos qué raro, ¿ya empezó a haber mosquitos?. Ellos se habrán dado cuenta o no, pero lo cierto es que no hubo más comentarios. Al cerrar la puerta de despedida, agarré al perro y le pasé la mano a contrapelo. Parecía una cancha de fútbol tomada por los barras.

A partir de eso todo fue cuesta arriba. Una lucha sin cuartel, silenciosa porque no queríamos alarmar a ningún extraño. Sufríamos puertas adentro, y googleábamos infinidad de foros buscando la fórmula mágica y casera que no demandara llamar a un tipo con escafandra para que asesinara todo lo que osara tener una célula viva.
Aprendimos todo sobre nuestro enemigo. Cómo y cada cuánto se reproducía. Dónde ponía los huevos. Las etapas de las larvas. Los sitios donde amaban pasar el rato. Las formas de exiliarlas.

Probamos de todo. Tirábamos venenos tolerables porque estaba Simón: viven él y sus juguetes en el piso. Se habló de pastillas gamexane, pero era como lanzar la bomba atómica. Un amigo que hoy ya no está, me decía que pasara kerosene, que con eso solucionaba todo. Yo me imaginaba la casa llena de madera con olor a combustible y alguien que pide fuego para un faso. Llamarada Moe iba a ser un poroto. No gracias, prefiero vivir con pulgas.

También pasamos el lampazo y bañamos al perro con vinagre. Lo único que conseguimos fue vivir dentro de una ensalada por dos semanas. Otra opción fue ponerle ajo a la comida de Nippur, pero sólo aumentó su capacidad de cagarse horrible.

Todo un desastre. Bañábamos al perro cada semana. Un ritual infumable y horrendo. Ahogábamos las pulgas en una tasa con detergente. Desarrollamos la habilidad para cazarlas con una pincita de depilar, y las tirábamos dentro del agua. Las veías hundirse, nadando y luchando por sobrevivir. Antes de eso, cuando todavía no usábamos las pincitas, llegué a contar 500 pulgas, y no seguí porque ya no tenía espalda. El perro también le ponía paciencia, abandonado a las microcirugías que le hacíamos, rastreándole el cuerpo de la nariz hasta las bolas.

En una oportunidad, dejé a mi familia en Arrecifes. Tendría una semana de soledad, que se suponía tranquila. Podría leer, escribir, mirar pelis pendientes, y etcéteras que eran muchos. Pero llegué y sentí las picaduras. Era verano, las piernas de bermudas eran una invitación. Me atacaron sin misericordia. Pasé toda esa semana yendo a los saltos entre cama, y sillón, y cocina, y en las pausas mataba las pulgas que se me subían. No pude pensar en nada, ir a buscar algo era querer cruzar un campo minado.

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 Odié también tirar el veneno con un rociador por toda la casa. La nariz tapada y moqueando por el olor asesino. Las manos mojadas y engarrotadas de tanto presionar el gatillo. Cargar el botellón cada medio litro, unas 4 o 5 veces. Sacarme todo el enjuague y que me quede el dolor de cabeza, antes de cerrar todo hermético y subirme al coche para viajar 3 horas a mi ciudad. Volver post finde, con la esperanza de que se hayan muerto, que ya no estén más, que se haya terminado la pesadilla.

Así la pasamos, hasta que se quedaron Nippur y Simón, y la flaca medio alternando, como un mes en Arrecifes, y pudimos hacer una purificación más intensa. Las erradicamos. Y el perro volvió pelado a grado 6, muy parecido a una rata, pobre.

 

A hoy las mantenemos a raya. Creemos que pueden volver en cualquier momento. A veces, sentado en el inodoro ves una piedrita negra, partícula de lo que sea, y flasheás lo peor. La agarrás y le das así con la uña para asegurarte. Si hace esa explosión chiquita que avisa que sacaste una vida del juego, está todo mal. Ni hablar cuando el perro se rasca intenso. A veces lo escuchamos rascarse de madrugada, y se te mete el pánico en el sueño. Es como una historia de zombies.

Juro que pensé en prender fuego todo. Llegué a pensar en soluciones realmente irracionales, o demasiado costosas. Por ejemplo, pensamos en levantar toda la pinotea y poner cerámica. Casi lloré más de una vez de la impotencia. Es increíble sentirte presa de un enemigo invisible e implacable en tu propia casa. Es horrible masticar la bronca contra un ser vivo que sólo está tratando de subsistir al igual que uno. Ves el sufrimiento de tu mascota, el de tu familia, sentís el propio. Te retuerce por dentro y te llena de odio.

Y algo que me tortura, que me pesa: sentirme tan de izquierda y actuar tan de derecha. Ejecutar la guerra y el exterminio, como única opción. Supongo que la diferencia -ojalá haya alguna-, está en que siento culpa por esas muertes, y quizá no sea lo mismo que las extermine un humano a que otra pulga se crea superior y con el poder de destruirlas. Yo no tengo manera de comunicación que nos permita llegar a un acuerdo, en cambio, los de mismas especies, al menos deberían darle chance al entendimiento.

 
 
 

NOTA: Este texto fue originalmente publicado en el blog colectivo de escritores e ilustradores nacido a partir de los Masters de Narrativa y Dibujo de Universidad Orsai, que dimos en llamar Que no te falle el verosimil, y que invito a visitar porque va creciendo muy bonito. Las ilustraciones de este texto son de Federico Ben Cattan.