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PowerPoint de locura ordinaria

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Rodeó mi cuello con sus brazos flacos. Es tan delgada ella, que siempre pienso que se puede romper. Es sencilla, simple, una mujer sin relleno, como haciendo honor a su forma de ser. Es tan directa que por momentos me da miedo.

Me besó un largo rato. Yo la besé también. La abracé tratando de contener toda esa energía. Era demasiado. Pero no quería soltarla, quería aferrarme a ella y quedarnos así.

Nos albergaba la plaza del barrio, sobrando sobre nosotros un veranito bonus de abril, fresquito y delicado. Los dos medio amarillos por la luz de los faros, regalados para cualquier foto de Power Point dulzón.

Morirme contigo, dije.

Mentí porque ella tal vez quisiera escuchar eso. Las mujeres siempre quieren escuchar que uno daría su vida por ellas.

Me apartó con las manos al pecho, de golpe como un trueno. Me midió el gesto. Quise convencerla de que era cierto. Lo logré. Me dio otro beso. Ay dios que beso. Y se fue.

Las mujeres siempre quieren escuchar que uno daría su vida por ellas. Pero tienen que estar seguras de que no va a ser así. Por lo menos Virna.

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r.canapé

out of virna

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Me trajo lindos recuerdos el quejido de la puerta. No sé bien porqué, porque era una puerta y nada más,pero a veces me pasa eso de que una boludez como una puerta o una lámpara me despierten la memoria.

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Entré con confianza. Después de tanto tiempo no había sido violentada la fuerte madera, así que relajé las hipótesis sobre eventuales saqueos.

Entré después de tantos años y me senté en la silla inmóvil, sin molestarme por la tierra que la cubría. Debajo mío crujió el cuero seco. Ya estaba medio cagado antes de irme, pensé. Me recosté un instante y me balancié un toque comprobando que aún conservaba una pata de atrás floja. Añoraba esta ceremonia.

Virna había dejado todo así, tan de todos los días, como si hubiera tenido intenciones de regresar horas más tarde. La ventana abierta me regalaba luz de tardesita de primavera, y entraba aire de lluvia mezclado con olor a pastos vivos y largos a sus anchas. Los podía ver meciéndose como espigas de trigo, asomaban testigos de mi vacío. La pava gastada aguardaba sobre la hornalla grande. El mate y la lata de yerba hacían guardia sobre la mesada.

Todo parecía estar sumido en una foto antigua, un punto en el universo que había burlado el paso del tiempo. Me detuve en la otra silla, parecía que no hacía ni cinco minutos que la había puesto allí para alcanzar la guita que guardábamos sobre la alacena.

De pronto sus palabras se hicieron eco en mis oídos.

Un fino manto de polvo cubría todo dándole el tono sepia de la nostalgia. Escondí mi cara entre las manos un instante. Bastó abrir los ojos y enfocar en la mesa para ver los cráteres que ahora dejaban mis lágrimas. Los estudié un rato, masticando la agonía de un desahogo que va muriendo entre agua, sal, y polvo.

Estaban cerca de los cráteres, pero no quise verlos. Aún así los había sentido apenas entrado. Despedían un calor intenso que atraía sin misericordia. No era un calor cálido, era más bien el calor de hielo curtiendo la piel. Me llamaban desde su desorden olvidado. Parecían brillar a pesar del polvo.

Los miré, las miré, miré los centavos, miré las monedas. Escribí en mi cabeza con un arroba, tras dudar un rato cómo llamarl@s. Virna se hubiera reído. Tal vez se esté riendo ahora al leer esto. No sé igual porqué, pero se hubiera reído.

Clavé un dedo en la mesa y dibujé círculos y curvas, y fui cercando cada una de las monedas. Traté de no tocarlas. Hice como un barro con mi agua salada. Y salté con dos dedos sobre las graciosas monedas. Diez eran. Seis de diez y cuatro de cinco.

Ochenta centavos reunían. Debería tomarlos, son lo último de ella.

Dios, cómo la extraño!?.

ladies1r.canapé

all life long

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–Voy a amarte toda la vida.

Dicho esto, Virna se zambulló en el río.

Se veían las burbujitas que iba soltando. Un caminito que iba apareciendo y desapareciendo en el agua verdusca, bolitas de aire que se perseguían unas a otras. Hasta perderse viboreando y alejándose un poco. Tuve que esforzarme hasta el dolor de cabeza para divisar las últimas.

Pensé que se había ahogado. Dudé apenas un segundo. Iba a tirarme a rescatarla, lo juro, pero ella salió antes.

Se escurría el agua por sus rodillas. Un laguito se formaba a sus pies, y brillaba el pastito agradecido por la llovizna. Estaba en la otra orilla, no era tan lejos como para no escucharla, pero igual no habló. No no no.

Levantó la mano, saludó un par de veces, asegurándose de que entendía el mensaje. Yo de mi lado me inquieté como un cachorro al que dejan encerrado y solo en casa. Virna pegó media vuelta y dejó las últimas gotas en el aire, abandonadas, solitarias en su caída.

Voy a amarte toda la vida. La frase todavía se agitaba en mi cabeza, cuando la perdí de vista.

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r.canape