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extraños montescos y otros capuletos

medias medias rotas

Una viñeta de Macanudo me hizo acordar a una conversación en casa de mis viejos, donde salió el tema de las medias. Hablábamos de filmar a mi viejo pelando una naranja, para el taller de narrativa. Les contaba de las consignas para disparar textos. Así terminamos hablando de las pelotas de medias para jugar al fútbol en los recreos. Un ejemplo práctico y claro para explicar de qué iba la consigna de esta semana: hablar de un objeto.

De las pelotas hechas con medias se dijeron algunas cosas: Que las entrábamos en el guardapolvo, ahuecando la mano para taparla como si no tuviéramos nada. Que las señoritas nos podían boicotear el campeonato si la veían. Que jugábamos hasta cuando se desgarraba la pelota, cosa no muy difícil porque eran medias medio viejas, y al rajarse empezaba a perder tripas de tela. Faaaa, y lo pesada que se ponía cuando se mojaba. A veces pateábamos y la tirábamos a lo del vecino, perdiéndose para siempre.

Las medias siempre fueron un tema. Que te da paja cambiártelas. Que nunca tenemos un par limpio. Que no son como el calzoncillos que dura un día: ellas duran dos, como poco, si no tenés olor a pata.

Siempre me dio bronca quedarme sin medias, que no haya en el cajón. Mamá siempre nos cagaba a pedo porque las dejábamos sueltas para lavar y después no podía armar el par, se perdían. O poray teníamos un par de colores diferentes. Así íbamos a la escuela. Así voy a veces al laburo.

Cuando se rompen en la punta me da mucha bronca. Antes, mamá las cosía y les quedaba un repulgue violento que me hacía doler el pie. Ahora se me rompen en el talón, pero no se les puede hacer una zurcida. Calculo que el talón es por los cayos de caminar descalzo, y ya no la punta porque ahora me corto las uñas bien cortitas. Andá saber.

El color de las medias a veces tiene hasta más protagonismo que las zapatillas. Siempre que tuve zapatillas nuevas, inmediatamente busqué ensuciarlas lo suficiente como para que no llamaran la atención. Me fastidiaba mucho el “feliz estreno”. Con las medias me pasa lo mismo, pero tardan más en gastarse, no puedo andar metiéndome en el barro hasta la rodilla. Entonces, hasta que no se inventaron esas tipo soquetes para que las usemos nosotros los hombres, siempre pedía medias de colores oscuros. Con el tiempo conseguí vencer ese miedo y comprarme medias a rayas bien llamativas.

Otra cosa que me rompe es el invierno. Paradójicamente, te ponés medias para no tener frío pero transpira el pie y se humedecen. Y es un bajón caminar como en barro helado.
Bue, basta de escribir de las medias. No puedo hilar párrafo con párrafo. Ya casi no tiene sentido hablar de las medias. Habrá mucho más para decir, pero se me vació el cargador.

La viñeta encargada de unir dos cabos sueltos en mi cabeza (que sin embargo tenían que ver!), sencillamente hablaba de descubrir un agujero en la media. El horror:elhorror

El libro de Macanudo lo leía ayer. Pasando por arriba de las tiras, de forma mecánica, algo normal cuando se está cansado. Simón escuchaba la enésima repetición de un cuento a voz de su mamá. Yo también oía esa repetición, en segundo plano: vendría a ser como todo eso que se pierden los caballos cuando tienen los cueros a los lados de los ojos. Algo así pero audible.

El segundo plano se me ocurre que igual se graba y queda archivado, ponele que en la piecita del quilombo de nuestro cerebro. Lo que no implica que el resto de la cabeza no sea un quilombo también.

Entonces pasé por una viñeta, como por tantas otras: sobre ella. Pero a veces queda temblando como una especie de eco. Como el pequeño sonido de las cuerdas de un instrumento, que si están afinadas quedan insistiendo un buen rato. Así me pasó, y volví, y la releí, y miré los dibujitos con mayor atención.
Supongo que lograr la existencia de esos ecos hace que un pedazo de arte suene afinado, y se quede sonando por ahí. Vibrando para provocar quién sabe cuántas otras cosas.

Una de las razones por las que se me da esto de escribir, es que tengo muy poca memoria. Soy todo lo contrario de José el Rosarino, que parece una enciclopedia, le brota la info a cataratas. Yo en cambio suelo olvidarme de los nombres de las personas, o de datos relevantes, de reuniones o temas laborales que estuve viendo hace media hora. En ocasiones pregunto lo mismo varias veces porque no lo retengo. Quizá sea un déficit de atención.

Cuestión que pensando en todo esto, me encontré con que el cerebro guarda absolutamente todo. Quizás utilice cuartos alejados dentro del mismo edificio que supone la cabeza. Quizá se trate de una casa grande, una estancia, poray un pueblo o ciudad, no sé. Pero debe haber lugares alejados donde algún pequeño mecanismo de la cabeza archiva los datos que se graban del contexto, lo que sucede en el segundo plano.

Toda esa data, como si se tratara de un motor de Google, viene a la superficie cuando le ponés una palabra clave. Puede ser cualquier cosa. Le das enter, y el motorsito empieza a funcionar, trayendo una pila de carpetas polvorientas, donde esté la palabra clave.

Dos puntos serían importantes entonces:

• Cuanto menos común sea el elemento, mejor selección de cosas tendremos. O sea, si por ejemplo mi palabra clave será pelota, vendrán millones de recuerdos de fútbol y otras yerbas. Difícil será entonces obtener lo que estoy buscando. Es tal cual el mencionado Google, donde no es lo mismo poner fútbol que poner el nombre de un equipo o un jugador.

• ¿Qué hacer con toda esa info acerca de un elemento? Porque no solamente es traer todo lo relacionado a un elemento. Imaginemos que se puede estar semanas hablando de las medias. Muchas cosas serán interesantes, otras un bofe. Sin embargo, lo difícil será darles un sentido. Yo, por ejemplo, me enganché hablando de las medias, pero ¡no le encontré mayor sentido a hacerlo! Si quiero una historia, me cuesta mucho partir desde un elemento, a menos que ese elemento sea definitorio para mi historia. Y tampoco hablar de un elemento se vuelve tan emocionante.

Al fin, la conclusión sería, por arriesgar algo, que todo el archivaje que tengamos, todo ese archivo lateral almacenado en ciudades ocultas, o en bodegas inundadas, o en altillos por escaleras a través de 100 pisos, puede llegar a ser inservible si se lo toma como algo suelto. Pero si lo utiliza para adornar o echarle mano a narraciones, entonces su función aparece.

Particularmente suelo tener una reacción inconsciente para encontrarme con estos pensamientos: no puedo traer recuerdos o vivencias así como así por proponérmelo. Sería, y me ha resultado así, inútil intentarlo. Fracasé incluso con lo de la media, ¡es un ejemplo! O si bien traje algo desde esos recónditos y polvorientos estantes, quizá no fue lo que hubiera querido, o necesitado.

Debe ser que esta clase de memoria se recupera de igual manera que se almacena: en segundo plano. Cuando la cabeza enfoca un camino, asoman esos pastos crecidos que son el paisaje y en definitiva los que harán más ameno el viaje.

Sencillo método de Lanzamiento

Lo que hago bien
es vomitar
Aprendí gracias a la cerveza
que me dio alergia
y amigos más pesados con quienes andar
Tengo algunas figuritas difíciles
como la barra de un bar
las cortinas de una zapatería
el auto de Charly / Charly that
(También le grité Yo estoy peor que vos
pero fue antes de volcar)
La fama te llega
o te roza y se va…

Vomité rosa / y verde y más

+Procedimiento+
Leo
la salivada cual marea / anunciando el tsunami
oleadas de nausea, en la costanera
Estimo la urgencia
Encaro al depósito elegido
Grito en falso
(abro las compuertas sin grito)
la cancha de tu madre
la punta que nos parió
sos un hijo de tucas
soy un hijo de tuca
Lanzo

El estómago metiendo presión
no es algo menor
son contracciones para arriba
para un hombre, lo más cerca de parir

Cagado a palos
pero aliviado
Enfoco distinto
El sonido es nítido / ya no estoy sumergido

Me lavo la cara
y…
(aviso ilegal: a continuación viene lo que
algunos dan en llamar Pseudocódigo)

Si 1: [siento el estómago relajando]
|——entonces vuelvo a ser
Si no,
|——entonces 2: [Preparado!, el recital viene long play]
|——repetir +Procedimiento+ hasta que 1
Fin Si

 

 

Simón

 

 

 

 

otra cosa mariposa

 

 

Método en detalle prosaico, porque si nomás
Si hay algo que hago bien, eso es vomitar.
Tengo la capacidad de comprender la salivada que, cual marea, anuncia el tsunami. Empieza a llegar por oleadas. Es la nausea, tan simple como eso. Y tras eso, medir la distancia hacia el vertedero más cercano en tiempo. Con esos datos, solo resta levantarse con la urgencia estimada, y llegarse hasta el lugar de depósito. Una vez enfrentados con ese lugar, dirigir la boca como cuando le gritás a alguien en la cancha, o en la calle, o en tu casa, gritar sin grito hacia donde queremos dirigir nuestro contenido. Abrir las compuertas es lo siguiente. Y dejarse llevar.
El detalle del estómago metiendo presión no es algo menor. Son contracciones para arriba. Lo más cerca de parir que podamos estar nosotros los varones.
El vómito te deja como cagado a palos. Pero con cierto alivio. El primero, ya lo escribí muchas veces, se nota al abrir los ojos: Enfocás distinto. Pareciera que la vista nos explica que todo ha mejorado.
Con el oído pasa algo similar. No sé si exactamente se te destapan, pero la nitidez del sonido es mayor. Dejás de sentirte como sumergido en el agua.
Después lavarse la cara, y sentir que el estómago se está relajando en su sitio. Si esto último no pasa, habrá que estar preparados porque el recital viene de larga duración.

Yo soy tu amigo fiel

(nota publicada en la revista Arrecifes Sapiens de Marzo 2013, en la sección “Para mí”)

En mi vida le dediqué más horas que palabras. Quizá el lugar al que más he ido, al que más he recurrido. Voy a él cuando estoy bien, cuando estoy mal. Voy.

Me entretengo un instante nomás en los recuerdos con él, y se me llena el alma de momentos sublimes, profundamente únicos.
Leyendo Siddhartha, me quedaron en claro algunas ideas. En realidad, fue como hablar con un amigo, y casi decirle de igual manera a lo mismo. Un amigo (otro amigo), le escribió una canción hermosa. Al libro y a él.

La libertad de fluir. Tal como nosotros, gotas de un todo, que caemos solos. Donde caigamos. Podemos estancarnos. Podemos buscar en soledad hasta encontrar un río que nos permita aumentar velocidad. El común de los pueblos se estaciona sobre chorros contundentes de agua. La necesidad del hombre: el agua llama al agua.

Ya dije mucho del río. Y se ha dicho mucho más. Pero parece ser nunca suficiente. Como él, hablar de él puede hacerse interminable. Es que no alcanzarían las palabras del mundo para explicar su influencia.

Para mí siempre existió. La cercanía de mi barrio Las Flores (que tal vez deba su nombre a que el río siempre lo hizo florecer); la necesidad de visitarlo, como un imán llamando. Las primeras aventuras. Luego más historias; con la edad se suman historias.

La vez que casi muero, que me sentí muerto, fue a la vera del río. Una de las veces. Otra fue al resguardo de un arroyo (siempre el agua). Otra, ponele que fueran tres (sacando la del alacrán, cerca de otro río); también fue en un arroyo hecho cemento. Bajábamos como agua, y se nos cruzó algo así como un tronco. Por suerte seguimos fluyendo; ¡y con más intensidad!

¿Sirven las analogías para explicar lo inexplicable?

También está lo que duele. Para mí, muchos que lo agreden lo hacen porque no saben. No pueden sentirlo. No pueden tocarle la vida que contagia. No pueden verle la vida que contiene. Menos pueden escucharlo.

El Río es como un caballo loco. A veces se desmadra y no reconoce a nadie. Se engrandece, enloquece, y se hincha. Se pone ancho y no sé bien si es por bondad o por furia, pero abre largo sus brazos y abraza mucho.

Tiene una generosidad sublime, implacable. No juzga, no discrimina, no expía de pecados tampoco. No te pide ser libre, no necesita libertad. Simplemente ES libertad, y te la ofrece. No te obliga, te invita.

Si querés, te lleva con él. A nosotros nos llevó hasta donde tiene la humildad de desprenderse de sí mismo para volverse parte de algo mayor. Esos días dejé de ser hijo de mi viejo. Pasamos a ser amigos. Alto viaje de amigos. Los tres, amigos.

Podés jugarle en contra. Él insistirá tosudo, siempre fluyendo constante, sin pausa, sin cansancio. Puede llegar a demostrar debilidad, pero nunca estará herido de muerte. Puede estar acorralado, pero aún así seguirá adelante.

Es conmovedor verlo siempre ahí, esperando, paciente. Con su voz múltiple, de millones de idiomas, para todos los gustos. Para todos los oídos.

 

Una secuencia: Después de una curva, aparece el río, recto, desapareciendo en el horizonte, infinito. No ves que vaya a doblar jamás. Debe ser el único capricho recto en sus tripas viborosas. Anclamos la canoa en el medio del río. No tendría más de un metro de profundidad. La plancha al sol. El murmullo del agua. El río suele hablar más claro, cuando deja ver un poco las piernas. Las rodillas que asoman. Nadie puede pagar por esto. Nadie lo vende.

 

La belleza de las palabras (unas contra otras)

Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
(Jorge Luis Borges – La Dicha)

…acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa,
convencida como yo de que un encuentro casual
era lo menos casual en nuestras vidas,
y que la gente que se da citas precisas
es la misma que necesita papel rayado para escribirse
o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
(Julio Cortázar – Rayuela)

Las palabras están ahí, son el lenguaje. Los que hablamos castellano, encima, tenemos la oportunidad de decir las cosas de veinte maneras distintas; sin incluir las metáforas. Quizás el Inglés sea el idioma más popular, sin embargo no tiene tantas variaciones como nuestro castellano. Será que somos más imaginativos? Será que los pueblos que adoptaron el castellano son más coloridos? El fenómeno, creo, sería motivo de estudio a nivel sociológico.

Quizá tenga que ver hasta con el clima. Quién sabe? La cadencia de los pueblos que se comunican a través del castellano es mayor, se mueven más, sufren menos el frío, tienen como una alegría internalizada. Hasta puede decirse que la lengua es más musical. Quizá el hecho de llamar las cosas de múltiples maneras se deba a la necesidad de cantarlas, de incluirlas en la melodía; y si la palabra existente no te sirve por su fonética, pues inventemos otra!

Muchas veces me puse a reflexionar sobre las palabras que usamos por un tiempo y luego desechamos. Fácilmente podemos reconocer etapas de nuestra vida con sólo nombrar algunas palabras que usábamos en cada período de tiempo. Incluso marcar tierras, tribus, pueblos. Nateado fue una de esas palabras. La decíamos a 180 kilómetros de Buenos Aires, y en la Capital ni saben qué quiere decir.

Quiere decir, esa es la cosa; no qué significa, sino lo que queremos decir.

Chabón fue una palabra porteña. Ya no se usa. Marca una parte de mi adolescencia. Macanudo. Mecachendié. Flirtear la usaban mis viejos para decir que chapaban, o que transaban. Hoy transar es otra cosa. Ayer era flirtear. Hace un tiempo tenía dicción por la palabra chaval. Hoy casi está seca en mi boca.

Un  lenguaje como el nuestro es tener un ramo de flores bien coloridas. Por eso lo de florido, calculo. Con el tiempo las palabras que se van secando, se cambian. Tenemos la facilidad de aburrirnos y pasar a otra cosa. Parece que una palabra te queda linda, la usás un buen tiempo, la contagiás. Pero un buen día, se te cae por ahí y la olvidaste. Seguramente habrá otra para reemplazarla. O la inventaremos. Copado.

Nos gusta romper con el lenguaje. Hace a las personas. Hace a los grupos. Los formatea dentro de un lenguaje propio. Harcodea. También se inventan palabras propias en los entornos de cada profesión. Son códigos internos que atraviesan a las empresas pero se mantienen dentro de las actividades. Poray no, che, culiao.

El lenguaje es música. Es la música básica. El sonido de nuestro instrumento más primitivo. El que llevamos incorporado. Y, como la música, se transforma constantemente. Es lo que nos cautiva: el hecho de poder darle forma, de reinventarlo, de crear sobre él nuevos pilares que incluso hasta estén encriptados para algunos.

Creamos un lenguaje propio en nuestro círculo íntimo. Nos llamamos por apodos que a veces se limitan a sonar en la intimidad, como método de conservación. También he sido testigo de apodos que se expandieron al cruzar los límites reservados. Pero qué va!, el lenguaje está para comunicarse, y el que lo necesite usar, y encuentre que la palabra a mano es la palabra justa, bienvenido a usarla.

Lo que no está inventado se puede imaginar y listo. Una vez creado ya existe, y ya es utilizable. Las palabras se ordenan y pueden decir infinidad de cosas. El orden en que las pongamos les dará sentido, connotación, explosión, belleza, dirección. Todo está ahí, a nuestro alcance, a nuestro modelaje comunicacional. El vocabulario se nos brinda solidario, sin restricción, sin esperar nada a cambio, sólo que lo utilicemos más y más, que lo gastemos.

Allá aquellos que pretenden encerrarlo en libros a modo de celdas. Como edificios sin ventanas donde sólo entran o salen las palabras aprobadas. Son edificios pisapapeles, nada más. El resto está ahí en la calle, atravesando las paredes del mundo, golpeando cabezas y permitiéndose ser la forma en que cada idea se exprese. El verdadero lenguaje que no le pertenece a nadie, que va y viene como olas, se reinventa, y, como la naturaleza, es tan bello que se multiplica a sí mismo sin otra necesidad que el ser repetido para identificar lo que sea.

Qué le importa al lenguaje su modo correcto? Muy poco creo. Lo único importante es que de un lado alguien junte sonidos que son letras y los arremangue en palabras, amasándolos en oraciones que otro tenga habilidad de interpretar. Y cuando ya están sueltas, cuando están en el aire, ya son universo, son del otro, del que las encuentre. Y los sentimientos que lleve pegados serán los que el otro entienda, y ya.

Poderoso el lenguaje que hasta puede significar lo mismo, o lo distinto, para uno mismo, o para dos distintos… mínimo.

texto publicado en Revista TRES nro. 1

de asientos vacíos, pijas cortas, y time for fuckyou

[El asiento vacío]

Estadio Único de La Plata. Previa del recital de Pearl Jam, Noviembre de 2011. X tocaba con rabia su punk viejuno. Estábamos apostados en nuestra primera fila de plateas. A mi lado un solitario asiento vacío.

Faltaba todavía un rato para PJ, cuando apareció un pibito de unos veinte años nuevitos y se sentó.

Saludó canchero, cómo andan?.

Bien, todo bien, le respondimos, ya sabiendo que no íbamos a querer un nuevo amigo de recital. Son esos bloqueos instantáneos e inevitables, que no podemos manejar. Tal vez se deba a una reacción química.

El pibe se estiró en su banco y preguntó, che, acá se podrá fumar porro?.

Sí, calculo que sí, fijate, pero poray esperá hasta que

se apaguen las luces, tenés un reflector que te apunta a la cara, le respondí ya enturbiándome en el ánimo.

Teníamos delante cinco monos de seguridad monitoreando la valla que daba a la fosa, y un jefe de ellos vestido de negro, el único con el rótulo STAFF en el pecho, y el que tenía más ánimo de pija corta. Agregué al comentario, no creo que éstos sean unos caretas, peeeero fijate.

Él asomó del bolsillo un porro que parecía un misil, como para mostrarlo, y lo acunó en la mano, qué me van a decir? Aquél barbita me va a venir a decir algo, eh?.

No sé porqué, pero ciertas personas parecen determinadas a que les peguen un cachetazo.

Le devolvimos un poco de frío, no estábamos de ánimo coparticipativo, así que se dio vuelta y empezó a darles charla a unos chilenos. Un rato y volvió a la carga contra nosotros: che, tengo ganas de fumarme el porro, les parece si le pregunto a los de seguridad?.

Preguntale, yo que sé.

Acto seguido se acercó al mono de seguridad más cercano y lo charló para preguntarle. Vimos como el mono decía que sí, dudoso con la cabeza, como que poray no, pero sí, con carpa sí, ponele, porque ellos tienen que hacerse los boludos. En fin, el mono después le garronea un jugate con una coca, y el pibe le estira un trago del vaso que venía gastando. Fin de la charla.

[pija corta]

El chico se sentó y de una madrugó el porro, que parecía el garrote de Pedro Picapiedras. Ahora que lo pienso, a menos que seas una bestia como un amigo que tengo, es un tanto contraproducente armarte un porro de semejante tamaño. Primero, porque llama demasiado la atención (a menos que QUIERAS que eso suceda), y segundo, porque si tenés que descartar, lo perdés TODO bajo una bota. Lo mejor sería distribuirlo en dos o tres porritos más finos, más prácticos. No sé, para pensarlo.

El chavalito pita el garrote y lo sostiene como si fuera el Che Guevara. Sinceramente me hinché las pelotas, más de lo que venía hinchándome; calculo que porque mi generación vive con esa actitud de perro acostumbrado a los palos. Siempre nos estamos cuidando de la ley, del forreo de la autoridad, acaso por herencia de los años negros en que nacimos. Nuestros padres o son sobrevivientes de una época en que no podías hablar con más de dos personas y no podías opinar distinto, o son desaparecidos de la misma época; y a sus hijos nos cayó esa educación del cuidado, del no hagas esto o lo otro porque no está permitido. El queda mal era el lema de la sociedad, mucho más que ahora.

Quieren una seca chicos?, nos ofreció.

No, gracias, dentro de un rato.

Se dio vuelta y les ofreció a los chilenos, contestaron un no medio huidizo. Casi como si fuera Badger vendiendo meta en un banco de plaza, se acercó a unos pibes que estaban sentados delante de él y también les ofreció yerba. Después de la ronda de No’s, se sentó pancho con aire de misión cumplida. La misión: o bien mostrarle a todos que era un fumón piola, o bien tener claro que ninguno a su alrededor era fumón (ponele, si lo miramos más como un policía encubierto).

Una pitada más y de pronto tuvo encima al Black-dog raquítico, el jefe pija corta con la remera de Staff de T4F (time for fuckyou), diciéndole, vení para acá!.

Ehh, pará, lo apago, balbuceó el pibe.

No, vení conmigo ahora.

Pará, pará.

NO, venís YA conmigo, lo siguió prepoteando hasta que se lo llevó escaleras arriba.

El seguridad que le había dado el ok al chico se hacía el gran desentendido. Nosotros quedamos paralizados, no sé bien si fue por cobardía o porque en definitiva nos aliviaba que se lo llevaran. Otro por ahí dijo, ahora le sacan 50 pesos y lo sueltan. Probablemente tenía razón, porque el mismo gil pija corta no se hizo el héroe con nadie más que haya prendido un porro esa noche.

Pearl Jam empezó y el asiento estaba vacío de nuevo. El chico nunca volvió. Release me emocionó por completo, sin embargo no podía sacarme de la cabeza la secuencia del pibito. Me sentí culpable de no haber saltado por él, de no haber tenido agallas para pararle la pelota al forrito de time for fuckyou. Nunca fui muy hostil, pero siempre me molestaron las injusticias. Bien cierto era que el pibito me incomodaba, no porque fumara faso, está claro, pero sí por su ánimo. Pero hay que vivir y dejar morir, no? En cambio, viene un pelotudo con algo de autoridad y se hace el Chuck Norris con un guachito; y eso también me molesta.

Al rato cayeron unas pibas y una de ellas dijo excitada: butaca 10, esta es la mía, pi pi pi piiiiiiiiiiiii. Ahí me di cuenta que el flaquito no solo había prendido un misil ilegal para que todo el estadio lo viera, sino que además estaba sentado en un asiento que no le pertenecía. O sea, si no había vuelto era porque le sacaron 50 pesos y lo mandaron a donde le correspondía; quise creer. Se encontraron un paquete de yerba, un cabeza de termo y PIM! mate. Punto final.

[time for fuckyou]

A propósito de esta anécdota flojona y cobarde, me quedé con algunas ideas:

Se me ocurren necesarios estos chicos despojados de conciencia, que caminan la calle con un cartel luminoso que invita a que los verdugueen. Su bien a la sociedad es precisamente esa actitud, pues ellos no tienen los miedos que arrastramos nosotros los más grandes. Ellos no deben respeto ni tienen que quedar bien (aunque a veces su campaña hace pensar que eso es lo que buscan: encajar). Ellos no saben que está TAN mal lo que quieren hacer, porque adolecen en una época distinta, y por más que venga un gil a plantarles bota, para ellos la onda seguirá siendo así. Estos pibes nos molestan, pero porque también nosotros entendemos la historia desde otro ángulo, y el mundo se ha movido. Pueden seguir molestándonos, pero así y todo tenemos que cuidar que la cosa no retroceda, que el pulso de la sociedad sepa leerse y aprendamos de nosotros mismos y de los que vienen. Éstos chicos son necesarios para mostrarnos que debemos terminar con estas giladas de soportar el arrebato desde atrás en la historia.

No está bueno ir a un recital o donde sea, y que estúpidos que se creen autoridad policial te arruinen el momento porque consumís algo que ellos no te vendieron. Porque así como cuando fumás un porro, en la puerta te sacan galletitas, agua, o cualquier gilada que te venderán del otro lado a precio más caro (cosas que no son ilegales!). No están buenas esas reglas de juego que nunca son punto, siempre banca.

Vivimos una ley seca de marihuana para contribuir al negocio mafioso de los narcotraficantes. Sólo por eso hoy no está despenalizado el consumo. Lo demás son debates morales que pueden seguir en la mesa de cualquier casa donde los padres se enteren que un chico fuma marihuana. También será otra cosa a discutir cuando en un evento te la quieran vender ellos y solamente ellos (los organizadores digo).

Este suceso es uno de tantos que ocurren siempre. No sólo relacionado al consumo de drogas o cosas legales, sino a la actitud de forreo de las empresas de espectáculos. Abundan en los recitales y eventos masivos de otra índole las anécdotas de sonido de mierda; de shows apretados como matadero y con calor sofocante; de ubicaciones sin visual del escenario, que es precisamente lo que pagaste por ver; el novedoso campo VIP; la relación mayor-precio/menor-calidad.

Está bien la idea de no comprar una entrada si no te gustan las condiciones. Hecho. Pero la verdad es que ESAS condiciones no están ni en letra chica de la entrada, o sea que el espectáculo que pagás debería cuanto menos ser disfrutado, si eso falla entonces te están estafando. Nos dejamos estafar por estar en un recital épico como lo fue el de Pearl Jam, pero no está bueno que mucha de la gente que estaba allí no haya podido disfrutar bien del show. Es como si te cobraran un pasaje y te hicieran bajar del micro cuando se les canta.

PD: así empezó uno de los recitales de esta década que apenas comienza: