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bizarre esquelas de un mundo en movimiento

¿Tristeza…

No encuentro la forma de transformar esta tristeza en algo lógico, estable, que manifieste de forma sencilla lo que sencillamente siento, y es que es tan simple lo que siento que complicado se hace explicarlo.

Afuera hay gente de duelo por un nuevo cristo, como algunos dieron en llamarlo. Observo a varios dueños de nada, arrojados en las calles, y casi entiendo que nuestra razón sólo despierta cuando una vida se apaga, como si nos pasáramos la eternidad viendo un farol que titila, o que gastado brinda sólo una breve penumbra, sin siquiera inmutarnos hasta que su luz se extingue y ya su ausencia nos molesta. Veo hipocresía tirana en esta irreconciliable relación entre nosotros y el resto.

Me resulta imposible encontrarle hoy un rasgo de alegría al mundo, más convulsionado por su alergia que maravillado por sus proezas.

No sé si mi tristeza pasa por ahí o si llegó con la nostalgia de ver calles atemporales allá en mi ciudad donde ya mis tiempos son de visita médica. Anduve por ella queriendo devorar y saborear cada instante que se esfumaba, pretendiendo llevarme imágenes para no extrañar lo que hoy no sé si extraño mucho. Vi personas que son fotos, o palabras, o secuencias de película. Vi por el rabillo fantasmas sonreírse al pasar a mi lado, y mastiqué ese sabor amargo de no saber si sí… o si no…

Aún persiste ese sabor, tanto como los olores que despiden ciertas personas sólo al verlas, tanto como se escucha alguna música al ver otras; y por acá se sigue deslizando el asfalto bajo mis pies, y Tyler canta a mis oídos un tema de los que le escucharé el domingo, y otros que nunca en mi vida escucharé en vivo. Hace diez días que no paseo por mi casa y extraño un poco ese ambiente a punto de cataclismo en que a veces se convierte.

Buenos Aires se ahoga en su humedad y sonríe carteles políticos nuevos, una hilaridad ferviente y falsa que nos envuelve a diario y que nos deja el ánimo como sólo puede lograrlo la peor mujer (o cualquiera de ellas), cuando dice una cosa, piensa otra, y espera de uno una tercera. No sé si habrá sabio en el mundo que comprenda a una mujer por completo, tanto es así que ellas piensan lo mismo de nosotros.

Leí en un comentario que “Aunque está a tiempo de volver a escuchar los Beatles prefiere delirar por su seguridad. En algún vagón seguro te lo encontrás leyendo Clarín, viaja a capital a trabajar.”, y me conmuevo de pensar cuánto puedo entender de dos frases. Y me vuelve a llamar aquella pregunta, y ese amigo me vuelve a escribir que él es perseguido de igual manera por la incertidumbre; y por esa total desmoralización por saberse único forjador de un destino y no poder animarse a conseguirlo. Me alegro, mientras camino por calles rodeadas de pisos sobre pisos okupados y alquilados, de haber vislumbrado al menos un pedazo del problema porque ya puedo intentar enfrentarlo.

Oigo mil comentarios de gente loca entre los cuerdos, y me asalta desprevenido la vieja cuestión de a qué he venido y a quién mirar para medir mi locura. Oigo daño y mentira, soberbia y descaro, avaricia y patriotismo; y oigo decir a un hombre de cómic que la libertad es lo más valioso, que vale más morir al lado de un hombre libre que morir en reverencia arrodillado. Mastico esto y recuerdo una vez más que no he llamado para pedir un turno al traumatólogo para estudiarme el maldito dolor de rodillas que me acosa.

Ahora me está esperando este cursor titilante en la pantalla, para que defina algo más o me decida a guardar y bloggear. Rebusco entre mis notas mentales y ya sé que perdí muchas de ellas, convencido de que son las mejores y que nunca volverán a aparecerse entre mis intrincadas neuronas. Claudico ante mi inferioridad contra la adversidad de tener frágil memoria, y me quedo pensando, patinando, sobre algo que alertó mis mieditos: me pregunto a veces si podrán Guto y Vargas llegar a contarnos el final que ya me anticiparon. Si tendrán argumentos válidos para eclipsarme por algún tiempo más y la valía yo de poder expresarlo.

Decaigo pronto por mi decadencia, y suspiro perdidas inspiraciones que solo me hacen pedir perdón por este impertinente apocalipsis mental que pudo haberse convertido en un ladrón más de atenciones, que podrían ser más valiosas en actividades productivas, que en el detenerse a tratar de comprender esta acosadora bolsa de palabras que pobremente di a llamar “reflexión”.

Perdón, y gracias.

Nota: esto fue escrito por abril de este año… lo encontré hace unos días para darme cuenta cuánto van cambiando las cosas… siempre…