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#Edúquennos

Cuando hablo con una mujer con escote o camisa de cuello amplio no puedo evitar desviar la mirada a las tetas. Es un impulso que no tiene que ver con lo sexual, ya que no son las mismas sensaciones que me asaltan cuando veo un culo que me gusta. En realidad no me causa nada, pero sucede y me trastorna el hecho, primero porque debe incomodar a mi interlocutora y segundo porque probablemente yo esté transmitiendo un mensaje que no quiero transmitir. Entonces reflexiono que si me cohíbo tanto por una mirada sin intención sería imposible para mí bardear o manosear a una mujer.

Pero no siempre fue así. Esta sensación de incomodidad amaneció a medida que tomé conciencia de mi naturaleza sexual y la relación con los otros. Mi vieja dijo “no sos mi hijo” cuando se enteró que de chicos nos resultaba absolutamente normal y lícito ir a los boliches a dar vueltas siguiendo pibas más grandes para tocarles el culo. Contábamos las tocadas y también los cachetazos como si fuera algo heroico. Después de esas aventuras, el deseo frustrado, la autosatisfacción con culpa católica en casa. Manosear no calificaba como pecado.

No me enorgullecen muchas cosas de mi adolescencia que por esa época eran normales. Pero me parece positivo encontrármelas hoy de frente y comprometerme a combatirlas, por ejemplo educando a mis hijos de otra forma: tratando de que razonen y sean en lo posible inmunes a lo que está socialmente podrido pero aceptado, y hagan lo posible por contrarrestarlo. Educarlos para que se cuestionen todo, incluso nuestros preceptos de padres que venimos encerrados tras otras reglas. Hay derechos y obligaciones por las que luchamos pero que a los niños de hoy les son naturales y también podrán cuestionar, modificar, lo que quieran.

Hasta el día de hoy pensaba que sentirme sátiro por no poder evitar mirar a las tetas era algo normal, que como hombres teníamos nuestros complejos con los que luchar, y que la conducta aprovechadora, violenta, respondía solo a excepciones de tipos perturbados. Pero ahora que lo digo y las propias experiencias me saltan a la cara me da miedo: si de niños fuimos adquiriendo esas perversiones como costumbres normalizadas, entonces muchos, muchísimos, hombres y mujeres, con el tiempo terminaron por aceptar en sus vidas que manosear, groserear, abusar, estaba bien. O peor, ni siquiera se lo plantearon alguna vez como algo incorrecto. Conductas que unos ejercen como derecho y otros aceptan y callan por naturalización del miedo y el sometimiento de género.

Gracias a la explosión info y comunicacional hoy muchos temas de género se animaron a romper el silencio. La realidad es todavía más horrible: lo que creía excepción goza de un nivel de normalidad pasmoso, enorme cantidad de mujeres niñas, adolescentes y adultas, abusadas por familias, por amigos, educadores, religiosos, por tipos con poder, también por otras mujeres que ofician de entregadoras.

En mi cara aparecieron también actos cotidianos que como hombre no registro o no cuestiono. Por ejemplo cuando me cruzo a una mujer y ella pasa mirando al frente sin dedicarme ni una mirada, ¡porque mirarme puede dar pie a que sea todo lo imbécil y monstruo que puedo ser! Ejemplo tonto y no tan tonto válido como lo mínimo que a diario las mujeres soportan en la calle, en el laburo, en la escuela, en donde sea. Todo un bagaje de situaciones de mierda que exponen a la mujer víctima del horror comparable no sé con qué, me cuesta encontrar un ejemplo claro, pero viejo, es como estar entre zombies que, además de querer tu cerebro, primero te quieren coger y destrozarte el alma. Es pura mierda.

Pero al final, en lo profundo y concreto, se me ocurre que la cosa resulta ser invertida: toda mujer tiene más valentía que cualquier hombre, lejos, porque se banca incontable cantidad de situaciones espantosas durante toda su vida. Poray íntimamente todo se resuma en esa cuestión: los hombres nos sentimos disminuidos frente al coraje de una mujer, y nuestra reacción es la que tan cobardemente aplicamos día a día: controlar, agredir, destruir a quien tememos.

 

Como hombre reconozco que somos bastante primitivos y hay mucho de lo femenino que todavía no entendemos, sea por miedo a mostrarnos vulnerables, sea porque crecimos en una sociedad que construyó ciertos muros que hoy debemos derrumbar. Sea también porque todavía hay muchos “de eso no se habla” tapando el sol.

Los hombres tenemos que enfriar nuestras cabezas y escuchar lo que tienen las mujeres para decir, entender sin agresiones que nos gustamos, que nos amamos, que no por eso podemos adueñarnos del otro. Entender cuando nos estamos desubicando, no ponernos a la defensiva, reaprender conductas. Debemos poner en duda lo que creemos correcto o un derecho, y darnos la oportunidad de que nos eduquen en una materia que nos resulta apenas conocida.

 

Hubo múltiples marchas, y frases como NiUnaMenos contienen un enorme y complejo problema, sin embargo no cesaron los abusos ni los femicidios. Parecemos no haber entendido sobre la necesidad de trabajar juntos en decodificar el mensaje, recoger el guante, y sentir vergüenza donde antes no la teníamos. Vergüenza propia, de la que ayude a cuestionarse y modificar en consecuencia. Nadie nos prohíbe mirar y sentir, pero eso no nos da derecho a que nuestras miradas, nuestros sentidos, prevalezcan a la fuerza sobre los ajenos.

Sigamos discutiendo el problema, es la única forma de superarlo y encontrarnos con los nuevos problemas. Es hermoso recapitular la historia y pensar que antes la mujer no podía votar y hoy tiene su lugar en la política, pero también es duro ver que el día de la mujer se conmemora tras la muerte de 146 mujeres esclavizadas en una fábrica. Es jodido ver que la humanidad siempre ha avanzado socialmente sobre los cuerpos de víctimas que pusieron su vida a disposición de la historia, a merced del rigor social que no abre los ojos hasta que ya no hay escapatoria.

Dejemos de mordernos la cola y avancemos, que por delante siempre hay una revolución mucho más emocionante si la encaramos de la mano.

Amemos
deseemos
honremos
procuremos
y defendamos
que todas las mujeres
sean

)crónicas dentro del arte(: de un tiempo a este arte

De un tiempo a esta parte, digamos que más intensamente en el último año, me animé a subir a escenarios diversos, más que nada a leer poesías que suelo escribir por vicio. En general leer poesía es algo estándar, pero gracias a grandes partenaires en ocasiones la cosa mutó en perfo actoral con algunos condimentos de expresión, pintura, y atuendos acordes a la búsqueda del momento. Incluso llegué a leer sin leer.

Varias de estas intervenciones fueron movilizadas en ámbitos de lectura habituales, pero también en otros espacios menos ortodoxos para la disciplina, gracias a un colectivo de artistas que se armó en mi ciudad Arrecifes. Lo llamamos Antón Pirulero, en alusión al lugar físico que se había conseguido y jugando a que cada cual atendía su juego. La experiencia resultó en tres fiestas increíbles, distintas todas, inolvidables también.

Cada fiesta tuvo su impronta, y en cada una me tocó hacer algo en el escenario. En la primera leí poesías acompañado de Karen y Maira que hacían expresión corporal a mi alrededor. Para la segunda doblamos la apuesta: mientras leía, a mi lado estaba Valeska pintando un cuadro y cada tanto nos interveníamos mutuamente.

La tercera fiesta fue la más incómoda para mí. Tenía que hacer un monólogo luego de una perfo estilo ritual y presentar a una banda maravillosa, invitando a la fiesta, disfrazado de una especie de chamán. Me determiné a no leer esa vez, sino hablar, pero no siempre la confianza te juega a favor. Subí conmovido por el ritual que habían terminado de hacer las chicas, envuelto en emociones encontradas por cosas internas en el grupo, e irresponsablemente picado (léase: amortigüé la espera con alguna copa). Un cóctel que me detonó en la cara cuando el reflector me encandiló y me interpeló, desnudándome delante como frente a un espejo.

Nunca llegué a decir todo lo que tenía pensado decir. En una noche donde muchas cosas no funcionaron como esperábamos yo acompañé con mi inmadurez artística. Lo llamo así, aunque no sé cuándo un artista puede ser maduro: ¿acaso cuando ya no puede innovar? No sé. Lo cierto es que la sensación que tuve al bajar fue de haber defraudado al grupo Antón y a mí mismo. La experiencia completa quizá la suba en otro post que supongo se va a llamar “Lo que quería decir es…”

AntónPirulero
De experiencias como esas y de otra experiencia que tuve dentro del arte (como me gusta llamarle), viendo la obra Desterradas, dirigida por Javier Marra, aprendí algunas cosas:

Primero: que los errores no garantizan un fracaso, así como los aciertos no garantizan el éxito, ya que la noche resultó fabulosa e inolvidable para los pocos que la presenciamos.

Segundo: la propia incomodidad puede resultar en algo mejor de lo esperado. Así sea bloquearse y boquear como pez fuera del agua.

Tercero: la única manera de que algo te quede haciendo vibrar las cuerdas internas es forzando las experiencias. No se viven grandes cosas si las esperás en tu sillón de sábado por la noche: no te vienen a buscar, te están esperando.

Cuarto: No es por mojarle la oreja a quienes no asistieron, sino por reconocer que los hechos inolvidables suceden y ya, la explosión de magia, de energía, no espera el momento en que se reúne más gente, sino aquél en que la química ordena sus componentes para conmover e impactar con su espectáculo. El arte no necesita ser masivo para ser maravilloso, y encima, cada vez me convenzo más de que cuanto menos gente está enfrente lo que el artista exponga resulta más auténtico. El público reducido desafía al artista, le exige el doble. Y el artista suele responder, porque está ahí movido por esa maravillosa energía que no se puede explicar, simplemente se manifiesta. Hay más interés de ambas partes porque aquello resulte especial.

Esas cosas demuestra el arte under que solemos frecuentar, obras de teatro, lecturas en bares, o ver bandas que casi no suenan en las radios. Ninguno de ellos te cobra arriba de 100 pesos, difícil que compres la entrada por ticketeck. Muchos te piden que consumas algo en la mesa del bar para que haya futuras oportunidades o van a la gorra 30 70. Y todos, ¡vaya cosa del arte!, resultan más auténticos que ver a una banda en un festival para 30000 personas tocando su tema hiteado hasta que le coge los oídos pero le llena los bolsillos.

 

En la obra Desterradas hablan mucho de esas cosas Allí se postula que la vanguardia es algo que vas a entender en 20 o 30 años. La vanguardia funciona como un mecanismo de defensa para sostenerse: hoy la puesta under ofrece un sinfín de cosas, muchas de ellas olvidables, y otras muchas recomendables con lágrimas en los ojos. Desterradas es de éstas últimas. Tiene esa cosa interesante, como una cosquillita inquietante, que te avisa que estás viviendo un eslabón de la historia.

No olvidaré jamás (y ojalá pronto aparezca un registro en youtube, ponele) de la decapitación chinesca, en una puesta en escena maravillosa, no por lo majestuoso sino por el logro ambiental. Todo en la obra resulta sencillo y a la vez de una complejidad pasmosa. Se te adelanta que va a estar todo explicado, y así lo está: no quisiera aventurar ninguna conjetura porque en efecto la obra se explica a sí misma. Sin embargo, queda la puerta abierta del “algo” oculto que podés o no buscar, y tal vez encontrar.

La exageración y los excesos del estilo clown garantizan, gracias a las actuaciones y la dinámica del relato, la risa sincera y espontánea. El humor inteligente que a veces se te ríe en la cara porque también podés quedarte afuera. La obra sucede en varios planos, y entonces, como la vida, te toca lo que estés mirando y lo otro se escapará por su lado. Como punta del iceberg aparece la incomodidad que sufren los personajes atravesando una situación que nadie entiende asociada a la incomodidad del público (porque se lo incluye en esas incertidumbres). Y todos por igual refugiándonos en lo resulta conocido, que en definitiva es lo que protege aunque no necesariamente sea el camino a una salida. Ese juego de desacomodar es parte de la vanguardia: sólo desprendiéndonos de lo que nos protege tendremos oportunidad cierta de crecimiento.

Desterradas
Desterradas son: Lu Wiederhold, Claudia David y Cecilia Vera

Con esta obra, así como con aquellas fiestas que ocurrieron en mi ciudad a cargo del grupo Antón Pirulero, tuve las mismas sensaciones: por un lado el abandono del lugar de confort para experimentar y ser experimentados, y por el otro la sensación de que algo irrepetible y ciertamente histórico estaba sucediendo. Y para mi lo fue. Entonces para mí se trata de una sentencia: viví momentos únicos. Pero lo más valioso, lo más rescatable, es que una expresión artística te haga sentir así, siendo parte o estando en el público.

Las fiestas Antón pasadas no serán repetidas en cuanto a repertorio, pero de algún modo esperemos que se repitan. En cuanto a Desterradas, lo que se sabe es que quedan tres funciones, con entradas limitadas, así que voy a decir lo que postulan en la obra (y que por cierto es el ánimo con que hago estas crónicas): si les gustó, recomienden, y si no, se callan la boca. Elijo siempre eso: hablar y recomendar cuando algo me ha conmovido. De críticos está lleno el mundo.

 

Gugaur sinb

*cnsdupsos

Algo me dijo que tenías un nombre,chiocca 002
que eras diferente,
que amanecías a deshoras, casi antes que el mundo.
Esa voz no sé
si me hizo bien,
si fue piadosa, si quiso
deshacerme
para atomizarme
y que luego levante la cabeza.

Ver que la hierba huele distinto,
recordar un atardecer,
extrañarte…
Todas cosas que sin nombre no podía
explicármelas ni resguardarlas.
No sé si esa vos me hizo bien,chiocca 007
me hizo único, eso sé,
pero ¿estoy bien?
Todo lo de atrás se ha oxidado,
como una fe,
y ahora que busco escucharte de nuevo
empiezo a desconocer
el idioma en que ojalá
estés intentando comunicarte

 

 

*pófkofs

Hoy junté mis manos.
¿Parece mentira no?
Pero fijate, con los dedos…chiocca 008
tenemos algo más que alas…
Ya veo que no te entusiasma
esto de andar explorando
pero ¿qué relieve tendría el mundo
si miramos todos para un mismo lado?
Ya sé, corro peligro,
pero al menos teniéndote de testigo
habremos servido para algo…

¿Servirle a quién?
a quien vos quieras
a alguien que no seas vos,
y así aprendas
a romper el cascarón.
Que nos juntemos en una marea
que sople y haga olas.chiocca 003

Me contradigo, si:
Te pido que seas individuo
de cambio
para mover el colectivo.
Somos contradicción,
pájaros que no vuelan
pero compiten por sus alas.
Renegamos de cada paso,
miramos el viejo camino con aprecio.
Extrañamos el pasado,
vuelto una nube naif.
Cada paso dado,
por más que errado
ya no da miedo…
si es pintura que se está secando.chiocca 001

Nos encantaría ser así de inocentes
pero cuidándonos de lo que viene.
Parecemos no querer ver
que la inocencia es
la más pura de las osadías.

 

 

*popaofaminc

De todos modos así debe de funcionar
montando barricadas
contra nuestros deseos
Volverlos anheloschiocca 006
Sentarnos a ver
quién se atreve a luchar por ellos

Cuando estemos del otro lado
el deseo será
levantar barricadas

\el uno descubrió a otro uno/
/el dos descubrió el placer,
la posesión,
la prohibición\
/entonces, el deseo\
/el uno se descubrió a sí mismo
y se protegió
se tapó las armas del deseo,
descubrió mostrar el erotismo\chiocca 005
/el hombre ahora se siente atado,
encerrado en cárceles de tela,
de ladrillos,
cárceles de papel y palabras,
de dogmas y mandatos\
/y nombra su anhelo, libertad\

\Como si uno no fuera su mayor verdugo:
la libertad empezó a morir
el día que alguien le puso un nombre/

* Estos textos están inspirados en pinturas de Sergio Chiocca-Kaufer (imágenes). La muestra de la serie “Azul Antropopájaros” se encuentra actualmente en Mendel Libros, Paraguay 5163, CABA.

)crónicas dentro del arte(: las formas

El otro día escribí las siguientes líneas urgentes en una red social:

me acabo de dar cuenta que no me gusta que todo encaje…
la forma, la cosa está en el amor por la forma, por lo que desacomode…
la naturaleza es la forma, es la que todo el tiempo está desacomodando…
el arte quizá sea la desesperación por reproducir la exactitud del desorden…

Luego se dispararon varios comentarios, a la charla contribuyeron varios amigos (Tini, Javi, Pablo, Juan), y surgió un pequeño intercambio interesante:

(Juan) “Te metiste en un quilombo, llegaste al límite. Composición versus organización, problemita si los hay. Agarrate!”

(Quito) “muchas veces la locura es el camino más concreto…”

(Juan) “Romántico, pero no hablo de eso, hablo de modos de producción”

(Quito) “Producción artística desacomodada, contra planes establecidos, la falla como belleza, el error, sobretodo el error q me convence cada día más que será el acierto (de qué? quién sabe realmente qué es lo que está buscando?)…
así de romántico lo digo: el engranaje que se desacomoda acaso provoque que la máquina transite inesperados caminos…”

(Juan) “ Eso que tan bien describís es un modo de producción, modo composición, lo “incluye” al todo, modo arte, opuesto al modo organización que es excluyente de ese todo, modo capitalístico.”

(Quito) “el modo que te mantiene incómodo constantemente, porque quiere encuadrarte, encajarte, amoldarte… porque resulta sencillo de manejar lo que es acomodable… pero por fuera está todo lo demás, lo que está inquieto e incómodo, ahí palpita el arte, aunque a veces parece sucio, desprolijo, quizá sea el arte más vivo…
masticándolo, pienso, vamos y venimos a esto: para inquietarse tiene que haber algo que esté queriendo doblegarte, y para doblegar tiene q haber algo que esté desequilibrándose, el va y viene infinito donde cada cual ocupa el lugar q le corresponde y aparte los otros, los que nacen para ir pateando fichas de los dos tableros porq no pueden contenerse en nada, y tmb porq tras la acción está la reacción y la culpa…
(acaso la duda grande: ¿ser o no ser parte de este tercer grupo inestable?)”

 

Muchas notas pueden escribirse solas con la reunión de varios comentarios. Hubo uno de Javi (director de una de las obras que quiero comentar), que dijo “Totalmente de acuerdo, ya sabés por qué!!”.

Sí, ahora que releí la conversación que surgió, sé por qué. Porque razonar las necesidades espirituales tiene mucho que ver con las experiencias que uno vive, y cuando, por caso, uno se involucra con obras de teatro u otro tipo de expresión artística, se deja llenar de incertidumbres y siembra nuevos pensamientos.

Cuando quiero hablar de experiencias con el arte (éstas crónicas que cada tanto disparo), intento hacerlo desde el lado de las sensaciones, de los resultados, de las cosas que valoré. Lo técnico me tiene sin cuidado, básicamente porque prefiero hablar del arte al respecto de su sustancialidad y no de su ejecución, además de que soy muy limitado técnicamente.

Días después de ver estas dos obras, fue que tuve esta especie de epifanía y se liberaron ciertos razonamientos que me hicieron advertir lo que antes había sentido.

 

El diente hincado.
DienteDeLeónLa primer obra que vimos (como mi esposa), Diente de León, ofrece un escenario que puede ser lo que quieras ver, con una fotografía sugestiva: una especie de plaza cubierta de papel desgajado, y un sillón, envueltos de un clima cuasi desolado. Esos elementos y la protagonista que se mueve con ellos, y entre ellos, evidencian que la transmisión de los mensajes no necesita de palabras.

Con el correr del relato habrá otro par de elementos que permitan transitar los estados emocionales de la protagonista, el descubrimiento, la desesperación, la propia aceptación. Un abanico de estados tan personales que se hace imposible no sentir empatía con lo que está pasando, incluso sentir el impacto íntimo. La forma visual que estalla con el movimiento (la combinación de expresión y destreza en el aro), es demoledora.

La interpretación será libre: lo que no necesita palabras para transmitirse prescinde de palabras para interpretarse.

 

Lo oculto.
TrupofTrupof tiene a 4 actores en escena, pero en realidad son muchos más, múltiples máscaras y personajes. Tal vez la mayor parte de ellos escondidos detrás de lo innombrable, personajes que me arriesgo a decir que hasta se guionaron solos, saltando a escena desde lo profundo de los protagonistas.

Con público reducido y muñido de linternas, la puesta en escena es sencilla y a cuarto oscuro, con una propuesta interesantísima: iluminación apuntada. No hace falta mucho para imaginarse que cualquier mínimo destello abre cancha dentro de la historia, que incluso puede llegar a modificarse a merced de la permeabilidad para con el público que de algún modo tiene licencia para intervenir con su propia iluminación.

El contendido, otra vez, es algo no spoileable. Una historia que se arma de a pedazos, como fichas que van cayendo en el tablero, aunque todo esté siempre ahí. Y detrás de todo: lo que llena, lo que invade cada instante en que tomamos una decisión o estamos a merced de un destino.

 

Ambas obras son impactantes. Permanentemente demandan al público su atención, y por qué no su acción. Alcanza con decir algo que fue maravilloso visualizar cierta vez en el taller de narrativa del maestro ninja: se trata de historias que son como una cebolla, podés verlas completas sin demasiado esfuerzo, pero la obra misma te ofrece capas para ir desgajando y llegar a profundidades y conclusiones mucho más poderosas de lo que pensabas al principio.

Pero antes que eso, y sobre eso, el desencaje de la forma. El acierto de incomodarnos, conmovernos en lugares impensados. Los dos directores buscan moldear y ofrecer la obra sin reglas preestablecidas. Todo el tiempo proponiendo y probando, jugándose al desamparo. El gusto por caminar el barro o las paredes, por desamoldar y desamoldarse, por dejarte con una espina. Porque algo es posta: tras cualquiera de estas obras, algo te queda clavado y se te va hundiendo sin notarlo. ¿Qué mejor que eso? ¡Que el arte no nos deje ilesos!

 

medias medias rotas

Una viñeta de Macanudo me hizo acordar a una conversación en casa de mis viejos, donde salió el tema de las medias. Hablábamos de filmar a mi viejo pelando una naranja, para el taller de narrativa. Les contaba de las consignas para disparar textos. Así terminamos hablando de las pelotas de medias para jugar al fútbol en los recreos. Un ejemplo práctico y claro para explicar de qué iba la consigna de esta semana: hablar de un objeto.

De las pelotas hechas con medias se dijeron algunas cosas: Que las entrábamos en el guardapolvo, ahuecando la mano para taparla como si no tuviéramos nada. Que las señoritas nos podían boicotear el campeonato si la veían. Que jugábamos hasta cuando se desgarraba la pelota, cosa no muy difícil porque eran medias medio viejas, y al rajarse empezaba a perder tripas de tela. Faaaa, y lo pesada que se ponía cuando se mojaba. A veces pateábamos y la tirábamos a lo del vecino, perdiéndose para siempre.

Las medias siempre fueron un tema. Que te da paja cambiártelas. Que nunca tenemos un par limpio. Que no son como el calzoncillos que dura un día: ellas duran dos, como poco, si no tenés olor a pata.

Siempre me dio bronca quedarme sin medias, que no haya en el cajón. Mamá siempre nos cagaba a pedo porque las dejábamos sueltas para lavar y después no podía armar el par, se perdían. O poray teníamos un par de colores diferentes. Así íbamos a la escuela. Así voy a veces al laburo.

Cuando se rompen en la punta me da mucha bronca. Antes, mamá las cosía y les quedaba un repulgue violento que me hacía doler el pie. Ahora se me rompen en el talón, pero no se les puede hacer una zurcida. Calculo que el talón es por los cayos de caminar descalzo, y ya no la punta porque ahora me corto las uñas bien cortitas. Andá saber.

El color de las medias a veces tiene hasta más protagonismo que las zapatillas. Siempre que tuve zapatillas nuevas, inmediatamente busqué ensuciarlas lo suficiente como para que no llamaran la atención. Me fastidiaba mucho el “feliz estreno”. Con las medias me pasa lo mismo, pero tardan más en gastarse, no puedo andar metiéndome en el barro hasta la rodilla. Entonces, hasta que no se inventaron esas tipo soquetes para que las usemos nosotros los hombres, siempre pedía medias de colores oscuros. Con el tiempo conseguí vencer ese miedo y comprarme medias a rayas bien llamativas.

Otra cosa que me rompe es el invierno. Paradójicamente, te ponés medias para no tener frío pero transpira el pie y se humedecen. Y es un bajón caminar como en barro helado.
Bue, basta de escribir de las medias. No puedo hilar párrafo con párrafo. Ya casi no tiene sentido hablar de las medias. Habrá mucho más para decir, pero se me vació el cargador.

La viñeta encargada de unir dos cabos sueltos en mi cabeza (que sin embargo tenían que ver!), sencillamente hablaba de descubrir un agujero en la media. El horror:elhorror

El libro de Macanudo lo leía ayer. Pasando por arriba de las tiras, de forma mecánica, algo normal cuando se está cansado. Simón escuchaba la enésima repetición de un cuento a voz de su mamá. Yo también oía esa repetición, en segundo plano: vendría a ser como todo eso que se pierden los caballos cuando tienen los cueros a los lados de los ojos. Algo así pero audible.

El segundo plano se me ocurre que igual se graba y queda archivado, ponele que en la piecita del quilombo de nuestro cerebro. Lo que no implica que el resto de la cabeza no sea un quilombo también.

Entonces pasé por una viñeta, como por tantas otras: sobre ella. Pero a veces queda temblando como una especie de eco. Como el pequeño sonido de las cuerdas de un instrumento, que si están afinadas quedan insistiendo un buen rato. Así me pasó, y volví, y la releí, y miré los dibujitos con mayor atención.
Supongo que lograr la existencia de esos ecos hace que un pedazo de arte suene afinado, y se quede sonando por ahí. Vibrando para provocar quién sabe cuántas otras cosas.

Una de las razones por las que se me da esto de escribir, es que tengo muy poca memoria. Soy todo lo contrario de José el Rosarino, que parece una enciclopedia, le brota la info a cataratas. Yo en cambio suelo olvidarme de los nombres de las personas, o de datos relevantes, de reuniones o temas laborales que estuve viendo hace media hora. En ocasiones pregunto lo mismo varias veces porque no lo retengo. Quizá sea un déficit de atención.

Cuestión que pensando en todo esto, me encontré con que el cerebro guarda absolutamente todo. Quizás utilice cuartos alejados dentro del mismo edificio que supone la cabeza. Quizá se trate de una casa grande, una estancia, poray un pueblo o ciudad, no sé. Pero debe haber lugares alejados donde algún pequeño mecanismo de la cabeza archiva los datos que se graban del contexto, lo que sucede en el segundo plano.

Toda esa data, como si se tratara de un motor de Google, viene a la superficie cuando le ponés una palabra clave. Puede ser cualquier cosa. Le das enter, y el motorsito empieza a funcionar, trayendo una pila de carpetas polvorientas, donde esté la palabra clave.

Dos puntos serían importantes entonces:

• Cuanto menos común sea el elemento, mejor selección de cosas tendremos. O sea, si por ejemplo mi palabra clave será pelota, vendrán millones de recuerdos de fútbol y otras yerbas. Difícil será entonces obtener lo que estoy buscando. Es tal cual el mencionado Google, donde no es lo mismo poner fútbol que poner el nombre de un equipo o un jugador.

• ¿Qué hacer con toda esa info acerca de un elemento? Porque no solamente es traer todo lo relacionado a un elemento. Imaginemos que se puede estar semanas hablando de las medias. Muchas cosas serán interesantes, otras un bofe. Sin embargo, lo difícil será darles un sentido. Yo, por ejemplo, me enganché hablando de las medias, pero ¡no le encontré mayor sentido a hacerlo! Si quiero una historia, me cuesta mucho partir desde un elemento, a menos que ese elemento sea definitorio para mi historia. Y tampoco hablar de un elemento se vuelve tan emocionante.

Al fin, la conclusión sería, por arriesgar algo, que todo el archivaje que tengamos, todo ese archivo lateral almacenado en ciudades ocultas, o en bodegas inundadas, o en altillos por escaleras a través de 100 pisos, puede llegar a ser inservible si se lo toma como algo suelto. Pero si lo utiliza para adornar o echarle mano a narraciones, entonces su función aparece.

Particularmente suelo tener una reacción inconsciente para encontrarme con estos pensamientos: no puedo traer recuerdos o vivencias así como así por proponérmelo. Sería, y me ha resultado así, inútil intentarlo. Fracasé incluso con lo de la media, ¡es un ejemplo! O si bien traje algo desde esos recónditos y polvorientos estantes, quizá no fue lo que hubiera querido, o necesitado.

Debe ser que esta clase de memoria se recupera de igual manera que se almacena: en segundo plano. Cuando la cabeza enfoca un camino, asoman esos pastos crecidos que son el paisaje y en definitiva los que harán más ameno el viaje.