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vení que te cuento…

mi libreta mágica

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Me regalaron una libreta mágica el otro día. Tengo una vaga idea de cuándo fue, pero sinceramente nunca podré determinar el día exacto, o poray si, quién sabe, tal vez si un profesional…

El punto es que la encontré ayer, casi me la choqué; estaba reluciente, nueva, completamente en blanco (bah, a decir verdad tenía en la tapa algunos garabatos que le hice cuando me la entregaron). Inmediatamente la tomé en mis manos y le hice cosquillas pasando sus hojas en blanco. Increíblemente no pesaba más que un casi nada, y sin embargo llegué a contarle tantas hojas como un millón y me cansé de seguir contando… aunque doy fe, parecían millones más.

Tomé mi lápiz imaginario y comencé a escribir, en la primer hoja. Hice dibujitos sencillos también. Garabateé unas canciones simples como me venían a la cabeza. Me entretuve un rato escribiendo y coloreando, pintando con mis pinturas y pinceles imaginarios. No me cansé, pero por temor a romper mi nueva libreta mágica (o a que alguien se entere y me la robe); la dejé bien guardada donde la había encontrado.

Hoy la abrí y descubrí algo sorprendente. Me quedé atontado viendo que mis dibujos habían cambiado, que mis canciones tenían otras frases, que los colores ahora eran otros. Pasé algunas páginas y asombrado me encontré con más cosas escritas, más colores pintados, más dibujos llenando todo el blanco.

¿Qué puedo hacer?, me pregunté. Y no pude más que seguir pintando, y dibujando, y escribiendo como ayer. Me entretuve largas horas que fueron días, y no me importaba que fueran años. Era tan mágica mi libreta que mientras yo hacía una línea, al lado se abrían diez más, y florecían pinceladas que yo no hacía. Capáz ponía yo diez palabras y al rato nomás estaban reordenadas en otras cien, o multiplicadas en mil poemas.

Me maravillé, me obnubilé, me obsesioné. Perdí el sueño, parecía drogado de la droga más loca. Aferré mi libreta y la solté, la abrí y la cerré. A cada instante veía en ella cosas nuevas, y tuve la certeza de que al fin de cuentas no era mía, que a mí sólo me la habían entregado en custodia. Quizá fuera un regalo el haberme permitido tenerla en blanco y arriesgarle unos colores o algunas letras, pero día a día fui comprendiendo que lo allí escrito no me pertenecía, que la libreta mágica seguía aquí conmigo porque apreciaba mis aportes, pero aún así su arte era propio, mágico, único, novedoso, irrepetible.

Aprendí (estoy tratando de aprender como quien aprende a dejar una adicción), a aceptar que a veces debo separarme de mi libreta mágica. Que incluso llegarán otros que también quieran volcar sus talentos artísticos en ella. Vi, con pavor las primeras veces, cómo la libreta desgajaba una de sus hojas y dejaba volar el trozo al encuentro de otra libreta mágica. Y yo, que me había jurado proteger sus páginas.

Me tiemblan las piernas y se me revuelca el corazón de pensar que con cada día mi libreta mágica crecerá en tamaño, y que cada instante será más de otras personas, y será más y más mágica. Aún así, no puedo evitar esta fortuna de mostrarle los colores, de explicarle las palabras, de contagiarle los gestos, de susurrarle los paisajes que segundo a segundo irá conociendo.

No sé en qué se convertirá mi libreta mágica, que ni es mía pero me acompaña. Sólo sé que querré leerla a diario, repasar sus hojas llenas, descubrir sus nuevos dibujos. Y sobre todo, hoy, que hace tan poco que aquí la tengo, anhelo que sean afortunados quienes lean de esta libreta y se sientan felices de escribir en ella.

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con surcos de cuentos

Imagino las carillas del cuento. No estoy familiarizado con eso de escribir a doble espacio y estar limitado a cierta cantidad de líneas y páginas. Empiezo fastidiado, ya que si reparo en alguno de mis cuentos que tenga que ver con el tema, seguramente se excederá en verborragia. Desisto tal vez.
Frente a mí, por la ventana, hoy Colonia amanece definida. No siempre sucede. Es como una Atlántida que invita a sus misterios cuando quiere. Es la mujer con la que ayer crucé la mirada y arrastró mi corazón hasta la esquina donde dobló el bondi que la tenía secuestrada.
Colonia es así, una mirada, una mujer, un instante en que quiero cruzar nadando el río, todos los ríos, saltar nubes; velociraptor sobre el agua cual Jesús contemporáneo. Pienso que sería más sencillo el Buquebus, son menos complicaciones; pero también menos decoroso, menos heroico.
Es lindo ver a través de los ventanales de un piso 21; separado de la realidad por un blindex. Mi propio pantalla plana mostrándome el río, el sucio río dueño de un pintoresco cementerio de barcos aburridos. colonia
Pienso que podría contar cómo un afamado filántropo decide pintar de colores cada uno de los esqueletos ruinosos, tipo Caminito. Pero tal vez perdiera el sentido en menos de tres párrafos. Quedaría lindo igual, me los imagino coloreados. Se me ocurre un nudo, capaz las organizaciones de derechos humanos renegando y fustigando en contra del proyecto, porque el río simboliza el horror de la dictadura y no algo alegre.
Pero no sé si está bueno hablar de los fantasmas que separan dos costas, que llenan este río de una suciedad más corrosiva que la otra que se lo está comiendo sin eufemismos. Abandono la idea entonces.

¿Qué contar para llenar renglones? ¿Qué contar si soy un campesino que apenas gastó dos o tres pares de zapatos por estas calles? Mastico el tema del concurso, dos siglos, ufff, me agota. Argentina tiene tanto recorrido en este nido, que dos siglos multiplicados por cada punto de vista hacen de la historia una caja de Pandora. No podría ni atreverme.
Mejor hablar de hoy, es más palpable, más mío también.

Espero el ascensor, ansioso por largarme pronto de este enorme gigante de mampostería. Ahora miro por otro ventanal, hacia el noroeste creo, de espaldas al río y al Uruguay que sólo conozco por esa línea en el horizonte que a veces está y otras no. Es cierto que vi fotos de Uruguay, pero no es lo mismo, es la historia de otras personas.
Son las seis y moneda, y afuera el sol se apoya más relajado sobre las espaldas de Buenos Aires. Se irá manso, como haciendo caso a los insultos de quienes no soportan su calor, porque sabe que mañana muchos de nosotros ya no estaremos y él permanecerá soberbio. Tiene la tranquilidad de saber que será el último en apagar la luz. Se va con sus rayos a otra parte, dejándonos una humedad barrosa entre el cuerpo y la ropa.
Bajo, salgo, esquivo caras tan cansadas como la mía. Intento ver historias en sus ojos, pero a esta hora el cuento es el mismo, todos trabajando o regresando a casa intentando exorcizar la eternidad insoportable del camino de vuelta.

El subte después, el calor encerrado que va y viene por los túneles, como un oleaje. Puedo sentir su consistencia. Playa en Buenos Aires.
Recuerdo el cuento que quería escribir acerca de un tipo que se arroja del subte en plena marcha. Decido que es muy sangriento y lo guardo en el cajón atestado de relatos pendientes que tengo detrás de la oreja; o por ahí.
La madera cruje, aguanta, engulle, mastica, traga y escupe gente. Seguimos.
Me encuentro con nuevos ojos, claros, adornados por el dorado de cabellos savage y el rojo de una boca carnosa. Es más llevadero el viaje así. Ella está abrazando a su chico que no se imagina que su chica está mirando a otro. En fin, son 10 segundos eternos, otra vez siento el corazón queriendo latir dentro de una botella de Gatorade de las de vidrio. Me gusta esa sensación; odiaría perder esta costumbre de enamorarme y deshacerme en lo mismo que dura un pedo en la mano. Lástima el pibe, pero será Buenos Aires, no sé, siempre está ese tire y afloje que te obliga a esmerarte. Aprendé a cantar tango si no…

Diez lucas de premio por un cuento. Saco la cuenta de cuántas cosas puedo hacer con diez lucas. Hago tanto con esa guita que terminan siendo como cien. Ojalá las ganara. Si tan solo me inspirara y largara un texto. Pero se hace difícil. Más si la ciudad no te da letra para hablar de ella. Bah, en realidad da demasiada letra y no puedo sacar un hilito completo, con principio y fin. No tengo pasta, me digo.
Vuelvo a -pensar en- Colonia. Si hoy me fuera hasta el medio del río, Colonia sería como el templo de la luna de una ciudad inca. Y Buenos Aires el templo del sol. Uno a cada lado custodiando la vida y el acopio. La luna más sana, más tranquila, más transparente. El sol más violento, más fogoso y omnipresente. Y el río de uno y del otro, que tuyo que mío, que de nadie. Como la historia, que se nos va entre los dedos y cuando empezamos a querer contarla se ha esfumado entre tinieblas.
Colonia es como la luna, definitivamente. Luna llena, cuarto guante y menguante, creciente y decreciente. Luna nueva, no está, si es joven es bella y se oculta, y se anhela.
Buenos Aires es sol, te quema. Si no le caés en gracia te quema.

Bajo donde tengo que bajar. Emerjo a la plaza Once y trato de leer alguna historia. Está lleno, pero todas fueron muy contadas. Que prostitutas, que pibes sin techo ni familia, que millones yendo y viniendo a trabajar. Cartoneros, travestis, vendedores ambulantes. abandonadosEleven de paso, como Linniers, como Retiro. Queda nada más la mugre que persiste, que no abandona, que hace a la ciudad tan ciudad que las primeras veces da miedo. Porque mirás para arriba y ves cables, y edificios, y gente, y antenas. Y mirás alrededor y vez más gente, y coches, y hasta el ruido puedo ver. Y abajo la basura chorreada escupida cagada, y más gente también chorreada escupida cagada. Y no te extrañé Buenos Aires cuando estuve fuera. Pero no sé si sí…

Necesito relajarme. Me siento en la nueva plaza Miserere y prendo un pucho. Voy tragando las cenizas de Cromagnon de a poquito, como agujas chiquitas rascando la garganta. Odio ver los pares de zapatillas colgando de los cables. Esos lugares ya están marcados, ya duelen desde el vamos, les pusimos la cinta del luto y los condenamos. ¿Será justo maldecirlos por nuestros tormentos?
Prendo otro cigarro, y me entretengo observando el mundo alrededor del santuario. Nada. Y todo. Un agujero negro del tamaño de la ausencia que palpita presente.
Pienso, diez lucas, di ez lu ca ssssssssss, cuatro marianassss, veinte diegossssssssssssssssssss, cinco laurasssss. Ciento noventa nombres, y miles más arrastrados a sus tumbas. Miles dejando un pedazo de sus nombres cada vez que una zapatilla grita colgada de un cable.

Se enciende la noche. Del paquete quedan nada más que dos puchos. Una dominicana se acerca y me pide uno. Se lo doy, le pregunto cuánto, me dice cien. Me voy con ella, caminando, hasta mi casa que son dos cuadras nomás.
Me cuenta que sale con uno de esos vagos africanos que venden oro. Le digo que para mí son todos iguales, que me gusta cómo visten; que parecen buena onda le digo también pero en realidad es un cumplido porque nunca me detuve a pensar en ello.
Ya en casa arranco unos mates. La morocha ya tiene la costumbre y larga la lengua como un argentino más. Hablamos una hora y pico de qué onda esta vida de ella y sus coterráneos, y de los paraguayos, chinos, bolivianos, y más inmigrantes que colorean capital. Los cubanos, digo, y me dice que ellos son como más otra cosa porque acá los respetan más, no sabe porqué. Yo tampoco. Al pasar pienso que poray será porque el Che se jugó la vida por ellos, pero no me detengo a madurarlo mucho.
Le cuento que quiero escribir un cuento para un concurso. Que no tengo idea qué mierda escribir. Deliro un poco sobre las alternativas que manejo. Ella me escucha en silencio por un rato, hasta que me pregunta sin tengo marihuana. Arma uno y lo fumamos. Yo sigo dando vueltas sobre historias sin vueltas que no me sale contar.
La aburro, seguramente, porque ella me toca la pierna. Me dibuja un caminito, uno, dos, tres botones, y me la chupa un rato. Lo hace sin prisa, revelándome que no es una cuestión de reloj.

Antes de mandarnos al pasillo le estiro el billete. Me lo niega con las palmas rosadas y me hace seguirle el culo hasta la puerta de calle. Cuando la despido me dice que si gano algo de guita vuelva a buscarla y la invite a cenar lindo; y me confiesa que se lleva en el bolso un fasito para la madrugada. La dejo ir y me quedo mirándole el culo con la licencia de novio que las prostitutas te dan gratis. Tal vez el corazón me duele más que si me lo apretaran con una morsa.

En poco tiempo me aburro de estar encerrado en casa. Pasan fácilmente 15 minutos de pantalla blanca con el cursor titilando con su ansiedad medida e inalterable. Salgo a la calle nuevamente.
A dos puertas de la mía hay dos pibitos. Entre los dos no agarran veinte años entre las manos. Están fumando cigarros, mirando la vida que se espanta de verlos y notar lo cerca que está la miseria. Llegando a la esquina escucho de pasada a una vieja reclamándole algo al cana de turno. Efusivamente señala a los pibitos. No quiero defender a nadie, me mantengo neutral, pero de tener la obligación de tomar partido la agarraría a la vieja del forro del orto y la patearía lejos de aquí; sólo por cómo se refiere a la gente. Al instante me pongo un poco del lado de la mujer y pienso “algo habrán hecho para que los acusen con la policía”. Me odio por ello. Sigo mi camino y me doy cuenta de que hoy somos todos sospechosos si estamos deambulando a horas largas de la noche. ¿De qué lado prefiero estar? Tal vez del lado del sospechoso, así no me toman por víctima.
Algo habrán hecho. La puta frase golpea en mi cabeza, y me sorprendo de que tres palabras resuman tanta historia, que definan tan claramente épocas completas de nuestras calles. Escucho a dos chinos discutiendo en su lenguaje difícil mientras trato de imaginarme a la señora bien que disparó la desafortunada frase un día en que baldeaba la vereda y señalaba con las cejas hacia la casa vacía del vecino con ideas raras. –y si… –veo que le contesta la otra chusma, acodada en su escoba, con la bolsa de los mandados hechos y los rulos por hacerse entre tanto rulero que busca por la fuerza doblar algo que nació derecho. O tal vez el primero en decir la frase fue un carnicero, o el padre de la novia que vino llorando porque le habían arrebatado a su novio de las manos cuando caminaban tranquilos por Corrientes y él le contaba sobre un libro que estaba leyendo; porque el chico leía, sí, leía mucho, pero cosas que no había que leer.
Sin querer arrastro un poco el miedo. Lo llevo unas cuadras conmigo, sin poder creer que sea una herramienta tan poderosa sobre los corderos. El miedo es un alambrado mucho más fácil de instalar y más masivo. Y lo loco es que lo usan todos, los malos y los buenos, desde la costa que lo mire, desde Buenos Aires o Colonia.

¿Dónde quiero estar? No sé. Camino otras cuadras, sosteniendo cual malabarista un montón de ideas para plasmar en un maldito cuento. Podría escribir un libro completo, pero todas las puntas se me caen por el suelo. Llegando a una plaza saludo a un travesti que labura mucho porque tiene tremedo culo y las tetas bien hechas. Dicen en el barrio que la operó el mismo que a la Cirio. Será así.
Sigo sobre mis pasos y sorteo un banco lleno de pibes paqueando. Buenas noches les respondo al saludo y me instalo más o menos por ahí, unos metros más allá.
A esta hora podría estar viendo el noticiero. Estarán pasando las imágenes de las tortuguitas que cerraron la calle a la vuelta de mi casa para desalojar un aguantadero regenteado por peruanos. ¿Para qué mirar a través del vidrio si podés entrar y servirte vos mismo? La ciudad invita.
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Se mueren un par de horas entre humo y rock oído. Otro día derritiéndose en la nada de la existencia. Otro tiempo gastado en gastar el mismo tiempo.
El Concurso no podrá ser declarado desierto. Es claro, si lo intento tengo posibilidades; si no, no. Tomo un papel y escribo algunas boludeces. Lo descarto, y empiezo de nuevo. Escribo todo esto y me espanto; si tuviera que leerlo ni siquiera hubiese llegado hasta esta línea que ahora estoy escribiendo. Mierda. Desierto. No puede quedar desierto, como Rivadavia que nunca está desierta, como el Río de la Plata que si deserta se nos lleva la vida. Desierto, como sí puedo quedar yo; como la ciudad que ahora se va arrugando detrás de mis pasos intranquilos, y se esfuma.
Llego a casa, y me ocupo de odiar que mañana otra vez la oficina, y que escribir ya no es una meta sino un maldito hobby que se me dará a veces, cuando sea, y cuando no. Me acuesto y cierro la ciudad, la desaparezco, desierto mis ojos.
Y pienso que podría escribir sobre una ciudad a la orilla de un río, que tenía demasiada sed y demasiado calor, y tiraba tanta basura a la cuenca del río que la bañaba que terminaba llenándolo y dejándolo desierto de agua, poblado de mugre. Gracias a ello la ciudad podía cruzar por el lecho del río y proclamar suya otra ciudad que miraba impasible desde enfrente. Entonces las dos se volvían una ciudad más grande y poderosa que miraba con ganas al mar que estaba más allá. Y se acercaba sigilosa la nueva ciudad omnipresente. Y el mar temblaba, se revolvía, pero estaba tranquilo… porque de momento el agua era mucha para tan poco sol.

last train to the hi

Las caras tristes del último tren. pasaLa estela de luz parpadea hasta desaparecer en la trillada fotografía de barrios perdidos. Recuerdo siempre ver el tren desde el pasaje de bustamante, y escupir al vacío mientras parece que cagara una víbora oxidada.

La perspectiva fascina. Se pierde entre edificios, roídos por el ruido sistemático, que mueren en su esperanza porque alguna vez cesen las perpetuas carreras. Muros adornados por el arte de las pandillas y el verde queriendo escapar de su condenada impotencia.

Las nubes se guardan el color de las calles. Están tan abajo que asustan con su humedad pasmosa. Parecen no querer despegarse de los techos, como la nicotina arrinconada en las gargantas. Hay nubes tan de ciudad que ni tienen intención de derrumbarse en lluvia.

Me agarré del alambrado y escupí al tren. La saliva cayó dibujando un arco hasta que dio en el techo. Sonreí satisfecho.

Miré el celular, ya era la hora. Me fui caminando, cargando la mochila del calor. Capaz prendía un cigarro.

Esta vez la crucé a mitad de la escalerita, y sostuve la mirada. Me reconoció. Y me dijo hola por primera vez.

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un tipo excitoso

subtea-mygirlLo miró insinuante y puso en camino sus finas piernas llevándolo como a un perrito, arrastrándolo de un collar imaginario. La pollera corta ondeaba con soltura, resbalando desde el culo firme y sugerente. El calor primaveral bendecía el día, y la remera ajustada a los pechos le hacía justicia.
A dónde va?, pensó el hombre, pero casi no le importaba encontrar la respuesta. Estaba tan embelesado con la chica que cualquier lugar para él era lo mismo. La siguió unos pasos por detrás, sin perderla de vista. Las manos en los bolsillos, tanteando con el dedo gordo el anillo de bodas que había llamado la atención de la jovencita. Mmmm, me enloquecen los anillos de casado, había dicho ella.

Caminaron por el andén hasta la altura del enorme número 5 sobre blanco clavado entre dos durmientes. Ella se frenó en seco, con ánimo expectante por el tren que llegaba.
El hombre se dio media vuelta y ensayó en su mente los arrumacos en el vagón del A. Iremos al oeste?, sopesó la idea de que incluso tomaran un tren hasta algún lugarsete de provincia. No era tan tarde, aún podía dibujarla un par de horas hasta volver a casa. Tres horas también, pensó, pero no puedo irme muy lejos…
Pudo imaginársela atropellándolo con esas tetas tan frescas. Estaba excitado y ya no le importaba que algún conocido lo viera de casualidad. Muy poca gente viaja en este sentido a esta hora… no tengo amigos de provincia…

La víbora comandada por un aburrido y azul barbudo se detuvo donde esperaban, arrollándolos con el vaho caliente del inframundo. El maquinista salió apenas de su letargo para dedicarle un breve pero exhaustivo análisis a la piba que aguardaba su llegada. Fijó la imagen en la memoria hasta llegar al primer baño a mano. Luego miró al hombre inquieto que andaba cerca, se le antojó indeciso.

El saco y los nervios ayudaban a padecer un poco el veranito. La muchacha a la que esperaba también contribuía a subirle la temperatura. La miró intentando descifrar lo que iba a hacer. Desde luego que si saltaba dentro del vagón haciéndose la huidilla no la iba a seguir; estaba muy linda, y con lo que había dicho y hecho lo tenía a sus pies, pero así y todo no la perseguiría. Quiso decirle eso con la mirada, pero ella ni le correspondía. Se frustró, sintió que le estaban jugando un chiste, o peor aún, algún truco para robarle. Pudo imaginarse atropellado por un mono de mano pesada pidiéndole la guita a cambio de conservar la cara intacta.

El conductor azul miró a la piba, increpándola porque se quedaba en el andén. Parecía suplicarle que subiera. No hubo caso. El guarda insistió con el pito, ajeno al espectáculo, estiró el brazo y cerró las puertas. Se sintió el quejido del motor y los vagones fueron tragados uno a uno por la boca oscura del túnel.

No quedaba nadie más que ellos dos en el andén. La chica lo miró y bandeó la cadera como poniendo luz de giro. Su cola de caballo comenzó a balancearse a ambos lados del cuello largo y juvenil. Reanudó el camino dirigiéndose al túnel. Se escabulló bajando la escalerilla con tal rapidez que el hombre apenas había entendido el mensaje.
La siguió, no sin antes chequear que aún nadie asomaba por el andén. El corazón le saltaba de emoción. Podía sentir la dureza queriendo brotar del pantalón, como la aguja de una brújula apuntando hacia el sur de la piba. Se escuchó una risita, y un venís? insinuante. Apuró el paso torpemente y casi cae de jeta sobre el desnivel de 4 escalones.

Cuando ganó la pasarela volvió a verla. Ella caminaba moviendo el culo, sin mirar atrás. Ya se la imaginaba con la bombacha hasta las rodillas. Ni le importaba que pasara un nuevo tren y los vieran. Ni se le cruzaba ahora por la cabeza que esto se tratara de una joda.
De pronto ella se paró en seco y se recostó en la pared. Con una de las manos se aferró a algo que sobresalía del paredón. El hombre aprovechó para adelantarse y llegar a estarle cerca, pero antes de tocarla vio la luz. Se asustó, y también se pegó desesperado a la pared. Segundos más tarde la trompa con dos faroles como reflectores los iluminaba y los apagaba tan rápido que al tipo se le ocurrió que sería imposible haberlos visto. Se aferró con fuerza a un reborde de concreto y soportó el embate del tren pasando en toda su longitud. Para su tranquilidad terminó siendo más leve de lo esperado, aunque igual le daba pavor pensar cómo sería cuando el tren pasara por el carril de este lado. Calculó mentalmente que no faltaría mucho para que esto sucediera.
Volvió su atención a la chica y la vio deslizarse a la carrera nuevamente. Se regodeó al verle la bombacha rosa descubierta gracias al remolino de aire arrastrado por el tren. Aceleró el paso.

Unos metros más adelante, como una gacela, la piba pegó un saltito evitando una placa hundida y se perdió a la izquierda. El tipo al verla desaparecer aminoró la carrera y por unos segundos se debatió entre la excitación y el miedo a que lo desguacen. A 5 metros lo esperaba el sexo púber de la chica o la tapa en los diarios de mañana. Pegó media vuelta y estudió la oscuridad que habían dejado atrás. Apenas se veía el reflejo blanco de la estación. La intuición le decía que lo dejara ir, que no daba para hacer tanto circo. El instinto se afirmaba sólido a favor del concierto con la chica.
Dio un paso de regreso, pero lo detuvo la urgencia. Después de todo, la chica no parecía ser de esas ladronas compulsivas que andan por la vida desvalijando incautos. Además, ya estaba en el baile y la pendeja está que se parte…
Se desajustó el nudo de la corbata y encaró los últimos metros. Por detrás lo apuraba el murmullo de la frenada de un nuevo subterráneo. Llegó donde ella había desaparecido y giró a la izquierda. Allí la encontró, apoyada contra una pared profunda, con la mirada fija en él, abarcando con los brazos el ancho del descanso, las piernas cruzadas. Se acercó y sin mediar palabra le estampó un beso. Los brazos de ella lo rodearon con brío, y la lengua lo invadió ardiente. Tomó en sus manos el culo duro y la atrajo haciéndole sentir lo en serio que iba la cosa. Un gemido aprobó la actitud y lo excitó aún más.

A sus espaldas el tren tapó los jadeos e inundó de luces intermitentes el descanso. Ninguno de los dos se percató de los restos de cuerda, las cubetas llenas de algo viscoso, ni de las herramientas dispersas a un costado. subtea-girlonfireElla tenía la mirada clavada en los flashes que pasaban sistemáticamente, y él con los ojos cerrados besaba el cuello de ella.

Con delicadeza la piba fue desabrochando los botones de la camisa, siguiendo con besos lo que sus dedos iban descubriendo. Jugueteó un rato mordisqueando la ingle, mientras sus manos se colaban por la espalda y la recorrían. Él hacía lo propio acariciándole la nuca y buscándole los pechos.
No subió a besarlo otra vez. Desprendió el cinto y lo arrancó de la cintura con un tirón seco. Desabrochó el pantalón y en un segundo el hombre sintió cómo lo inundaba la cálida humedad de los labios, la lengua recorriéndolo dejando estelas de calor incendiario. Jugó unos segundos eternos moldeando cada punto de su éxtasis, y luego la boca devorándolo por completo. Las manos de ella caminaban el largo de las piernas arañándolas firme y suavemente. Lo besaba con una actitud especial e inquietante. No podía contener los gruñidos guturales de placer. Le tomó la nuca e intentó presionarla, pero ella le quitó la intención de un manotazo irrebatible. Y sin ofenderse siguió llenándose de sexo.
El tipo jadeaba, mientras ella descubría sus pechos y refrescaba el calor, conteniéndolo.
No tengo forros, pensó, tal vez ella… Qué más daba, quería penetrarla en ese instante, no aguantaba más. Sin embargo también deseaba que ella continuara ahí abajo. Y lo hizo.

Se escuchó el ruido, y seguidamente una luz volvió a inundar la estancia. Esta vez los flashes simularon una vieja película porno. La chica seguía en lo suyo sin espantarse, mientras podían verse las caras de sorpresa de los pasajeros que advertían la situación, como si se tratara del mismo chiste del club de la pelea. El hombre intentó que no lo reconocieran, y giró la cara hacia la oscuridad, negando el paso del tren, reparando de pronto en una mancha sobre el paredón, roja y seca, con forma de mano. Lo recorrió un escalofrío, pero no pudo distinguir si se trataba de pánico por la imagen o de su ultimátum sexual.
Sentía que iba a explotar. Si sigue chupándola no le voy a avisar… Ella parecía empeñada en complacerlo, arremetiendo cada vez con más ganas. Lo había tomado por el culo y daba estocadas profundas y aceleradas.

Todo comenzaba a ponerse en blanco para él, cuando de pronto la piba se apartó empujándolo. Se incorporó desafiante, y salió disparada, perdiéndose en la oscuridad del corredor.
–quép?… hey!!!… –Alcanzó a balbucear él. –pará!!!… –Gritó ahogado, desbordado por una especie de taquicardia.
Intentó seguirla, pero trastabilló torpemente, alcanzando a interrumpir la caída con una mano sobre el piso pegajoso. No había logrado subirse los pantalones en una acción. Contrariado, comprobó que la chica lo había neutralizado colocando el cinturón cruzando por la costura del fondillo del pantalón. Humillado, sufrió la hebilla fría incrustada en la entrepierna.

Se limpió en el paredón, retiró el cinto y se puso el pantalón. No quiso ni tantear la billetera que sabía no estaría en su lugar. Se miró la dureza palpitante reclamando 5 segundos más. Maldijo, y se recostó desahuciado cabeceando su estupidez un par de veces.
Mi mujer me va a matar, pensó, mientras un nuevo subterráneo pasaba como burlándose. Eligió derecha o izquierda, y se fue sin la prisa con que había llegado.

la parábola del bondi

Mientras el bondi iba a 90 por las intrincadas calles de capital, observé los techos que pasaban raudamente por nuestro costado y pensé que me había embarcado en el bondi de la muerte. El mismo que, lejos de su original idea de frenar en cada parada donde se indicara con un cartel el número 28 y se hallara mínimo una persona con la mano extendida en ese saludo falso que tiene por objeto pararlo y montarse en su carruaje, cual si lo maniobrara el mismo diablo, seleccionaba a sus víctimas sólo si algún semáforo en rojo lo detenía (y digo algún semáforo en rojo, porque hasta este color parecía por momentos ser ignorado por el bondi del infierno).El transporte se precipitaba violentamente entre los huecos ínfimos que dejaban los demás de la misma línea o de otras, gambeteando a los eventuales carros que se deslizaban en la misma dirección o se enfrentaban con él en las intersecciones. Cruzaba casi al ras talones de transeúntes apurados, y peinaba las orejas de aquellos otros que concientemente le cedían el paso.
Surcaba las calles a una velocidad inusitada y pocas veces frenaba para levantar algún pasajero. La cara del chofer era de perro enojado, negando con el dedo (cuando le daba la gana), para entregar una excusa a aquellos pasajeros que afanosamente intentaban detenerlo. En otras ocasiones sólo esquivaba con la sencillez de la indiferencia el latigazo visual que le disparaban acompañado alguno de insultos variados; apretando el acelerador como un niño que por primera vez maneja algo con motor y apunta a precipitarse ante la reprobación de su madre.
Por mi parte comencé a tener sentimientos encontrados respecto de esta atípica situación. Había emprendido este viaje casi de casualidad cuando, un par de pasajeros y yo, logramos subir a este bondi que venía a toda marcha y claramente habrá tenido que frenar por alguna fuerza externa a nuestra voluntad. Aquel día, por fortuna, por lo menos este desaforado trabajador había decidido tomar nuestra ruta; como muchas veces no hacen a la hora pico vaya uno a saber por qué causa. Habíamos subido como si todo estuviera normal, es más, yo había optado por sentarme en el único asiento vacío que se trataba nada más y nada menos que el primero de todos. La experiencia indica que sentarse allí será un beneficio de unos pocos minutos ya que (cual ley de murphy) siempre aparece una embarazada, un anciano, una persona con movilidad reducida, o alguien más necesitado de viajar sentado que uno que a la simple apariencia desborda juventud y no precisa de mayor esfuerzo para viajar parado. De todas formas acepté el riesgo, a sabiendas de mi breve estadía allí.
Pero por designios del destino, tal elección terminó siendo para mí de una forma algo revelador. Pude contemplar esta secuencia de alrededor de 30 minutos (habitualmente el viaje demora entre 50 minutos y una hora diez), desde la primera fila; casi un cómplice de nuestro raro anfitrión. Tenía la pantalla grande delante de mí, y semejante espectáculo borró casi de inmediato cualquier cansancio que llevara conmigo. Pronto me di cuenta de cuál sería nuestra suerte, pues ya cruzando la plaza de mayo y abordando la siguiente parada observé que nuestro medio no se frenaba delante de la multitudinaria parada, sino que lo hacía más adelante con la intención de evitarlos. Frenó por obligación, eso debo aclararlo, para cruzar unas palabras con el control callejero (el chancho). Alguien se cruzó enfrente del bondi del infierno y cuando intentaba asirse de la posta, que ya estaba en movimiento, le fue cerrada de plano la puerta en la cara. La primer muestra agresiva que aprecié aquella tarde.
Puedo mencionar cada parada donde no nos detuvimos, y mencionar cada parada donde evitamos a la turba sembrando algunos metros de distancia. Podría con un poco de esfuerzo hasta retratar a los pocos que se sumaron a esta travesía alocada por cruzar buenos aires en apenas media hora, en hora pico de un día laboral. Y lamento darme cuenta en este instante de que estoy hablando en primera persona del plural cual si yo mismo hubiese conducido a este apóstol del infierno hacia la perdición. Puedo mencionar hasta los semáforos en rojo que nos saltamos, y los que hicieron su mejor esfuerzo por frenarnos. Puedo entregarles muchos más detalles del viaje que los necesarios, pero sólo voy a remitirme a contar lo que sucedía en mi interior.
Viajé esos escasos minutos sumido en el extraño clima con que envuelven los discos de radiohead, en esta oportunidad hail to the thief; agregando esto a todo lo contado; iba inmerso en un clima extraño y contemplando una situación que sorprendía a los nervios. Me alegraba por dentro porque deseaba llegar cuanto antes a mi casa, como suele sucederle a la mayoría de la gente cuando viaja luego de una jornada de trabajo; pero a la vez me sentía un poco asustado por la delgada línea que nos encontrábamos transitando. Casi estábamos al borde de cualquier choque, y recuerdo que en más de una oportunidad también lo estuvimos de atropellar a alguien y deshacerle la vida. Claramente, si se trataba del bondi del infierno o de la muerte, esto último no le afectaría a quien llevaba manos a la macabra obra. Mis dudas respecto de la naturaleza del chofer se acrecentaban cada vez más, pero me sentía a la vez atrapado por la vivencia; atrapado, hipnotizado por lo extraño del acontecimiento que nunca llegaba a definirse pero que latía ahí muy cerca de salir a flote.
Quiero decir también que mal que me pese, también disfrutaba al ver que nuestro “amigo” se salteaba las paradas sin importarle cualquier súplica. Me alegraba ver que pisaba el acelerador y continuaba su camino, mi camino, hacia su destino, el cual contenía la parada de mi casa. Pero como existe el lado bueno también está el malo, y mis sentimientos comenzaron a discutir prioridades o moralidades cuando me percaté de que en nuestro raudo emprendimiento dejábamos gente sin amparo. Faltos de misericordia atravesamos la ciudad dejándolos mascullando bronca por no ser parte de la travesía. Claramente ellos no conocían el dramatismo que se vivía sobre el transporte, pero sí conocían su situación de espera que seguiría extendiéndose, sin recibir a cambio mayores excusas que un no indicado con la mano, que bien se podía interpretar como un “no te quiero llevar” ya que todos aquellos despojados deban cuenta de que en efecto había pasajeros dentro del habitáculo.
Recordé que hube de estar muchas veces en la situación aquella de esperar en alguna parada, ver a lo lejos el número que quiero, y verlo pasar de largo lleno de gente o con gente muy poca. Eso me acongojó hasta el punto de p
ensar en decirle algo al enviado del diablo, pero me acobardaron mi insignificancia y su postura de guerrero sobre el volante. Lamenté, entonces, no haber equivocado el bondi, o no haber olvidado algo que me demorara en la oficina; pues si bien llegaría más temprano de lo usual a casa, sería a costa de los restantes que quedarían en el camino, quizás hasta maldiciéndonos a los privilegiados que sentados los mirábamos con cara de nada. Me odié por la alegría que sentía al verlos aparecer de frente y desaparecer limpiamente por el costado sin muchos segundos de diferencia. Me sentí molesto conmigo mismo por no actuar y decirle su merecido al hombre malo, sufriendo a cada mirada que resbalaba por mi rabillo y quedaba detrás de nuestra estela; aunque gomozamente persistían un instante en mi remordida conciencia. Me alegré mucho de mi fortuna cuando llegué a casa, besé a mi novia, le conté porqué había llegado tan rápido, y me olvidé de lo sucedido; como cualquier
día normal más.

Hoy que me detengo en este suceso, siento que debo velar también por el demonio al volante. Considero que aquél hombre, que aún estaba trabajando cuando nosotros ya no, probablemente estaba en tal veloz empresa por los designios de algún superior, abordando la situación con indiferencia ya que no podía hacer nada para cambiarla. Incluso pienso que tal vez aquél pobre hombre al que pocos le dicen buen día o buenas tardes, también se manejó con miedo en esos momentos; sufriendo por no poder detenerse, y por ser la herramienta de un latente accidente. Hoy, considerándolo, también me pongo en su lugar y pienso en que nadie se había percatado de su presencia hasta ese día; y que a partir de allí quizás muchos recuerden su cara sólo para maldecirla por abandonarlos a su suerte cuando simplemente podía cumplir con su trabajo (aunque en realidad lo estuviese haciendo), sin comprenderlo o ponerse en su lugar.

Moraleja (creo que todas las parábolas tienen moraleja):
Cuando se está abajo se critica a los de arriba. Cuando se está arriba se alegra uno de estarlo y, por más que se lamente, disfruta del privilegio y no hace nada por los de abajo; incluso apelando a la simple cobardía del “ojalá no hubiese estado aquí”. Pero, independientemente del lugar que ocupemos dentro del chiste, estemos en el lado que estemos, siempre responsabilizamos a quien maneja el carro.