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vení que te cuento…

la última del Rojo

Ser derrotado era su destino, pero esta vez el Rojo llevaría su maldad hasta las últimas consecuencias. Se estaba saliendo con la suya, tenía secuestrada a la rubia Natasha, y la mantenía cautiva cerca del Pozo del Olvido. Johnny Entusiastic había logrado rastrearlos, pero el malvado y la cautiva le llevaban una importante ventaja.

Para colmo, el maldito había matado a casi todo el equipo de Johnny, en una macabra emboscada bajo el Cordón de los Montanio. Los pocos sobrevivientes estaban peleando por sus vidas en el Bolsón de Nyles. Pero Johnny aún tenía una oportunidad de acabar con el Rojo y recuperar a su chica. Dios, la amaba tanto que haría cualquier cosa por recuperarla. Recurrió desesperado al heroico Sámuel Troik, su amigo con guarida en las cuevas de la Montaña Deslizante.

Sámuel era un tipo previsor, tenía preparado el helicóptero con combustible y armamento suficiente. También disponía de caballos entrenados para altas exigencias. Johnny no se demoró en idear un plan para dar caza al maldito Rojo. Sámuel le ayudaría.

El Rojo llevaba a Natasha a los empujones. Caminaban peligrosamente por el filo del Pozo. Su maldad no tenía límites: tenía a Natasha atada de la cintura, unida a la propia. De caer al vacío, morirían juntos. Se oyó el murmullo de un helicóptero que sobrevolaba la zona.

El malvado apuró el paso, y los condujo a ambos detrás de los escombros de una antigua construcción. Pensaba sorprender al último de sus enemigos y así derrotar al bien. Tenía todo planeado, pero subestimó a Johnny. Había creído que venía en el helicóptero, pero Johnny se había acercado a caballo, rodeando el Pozo y las ruinas, cortándole la vía por la espalda.

–¡Suelta a Natasha Rojo! No tienes escapatoria…
–Ni lo sueñes Johnny… ¡¡¡Ven a buscarla!!! Jajaja…

Arrastró a la chica nuevamente hacia el filo del abismo. La oscuridad de su interior parecía representar al mismo mal. Natasha gritaba histérica.

Johnny intentaba encontrar un modo de eliminar al Rojo sin que cayeran los dos al olvido. Tomó carrera aprovechando la ventaja que le daba no estar atado a otra persona. Logró acercarse lo suficiente como para abalanzarse sobre él y tumbarlo.

Cayeron al piso. Lucharon cuerpo a cuerpo, pero Natasha seguía presa del Rojo. Por fin Johnny sacó su cuchillo y cortó la soga, liberándola.

El Rojo se hallaba casi neutralizado, pero tendría otra chance. Sacó un arma y disparó contra Johnny, hiriéndolo en el brazo. Se incorporó y recuperó a Natasha. La arrastró unos pasos con él. Su plan daba resultado, pero entonces sintió la estocada de un puñal en la espalda. Johny había acertado su último lanzamiento.

El villano cayó de rodillas. El Pozo del Olvido parecía querer devorar su maldad. Aún tenía a Natasha tomada del brazo. La miró, pero no dijo palabra. Sólo la empujó a un costado, salvándola, y se dejó caer en el pozo.

La fortuna, o quién sabe qué designios, le dio un último aliento. Natasha se acercó al borde del precipicio, y encontró al Rojo colgando de una rama que sobresalía hacia lo insondable.

–Rojo! –gritó con sinceras lágrimas en los ojos –no eres tan malo después de todo…

El Rojo sonrió. Y se soltó, perdiéndose en el fondo del Olvido.

Mi playmovil, El Rojo, siempre aceptaba la derrota en plan de coronar las historias. En algún punto parecía que disfrutaba de ser el mayor protagonista de los giros dramáticos. La explosión contenida por un rato, el disparo certero en la frente o, como en este caso, la caída en cámara lenta hacia la profunda oscuridad del mal.

El Rojo era de los playmóviles de primera generación. Pecho rojo y brazos y piernas blancos. Las manos no le giraban, eran también de color blanco. Eso le suponía una ventaja frente a sus adversarios, porque así no tuviera movilidad en las muñecas, tampoco eran tan frágiles como las de las nuevas generaciones. Los héroes, por el contrario, siempre alternaban entre unos y otros por fracturas de muñeca, y hasta pérdida de la mano.

En cambio él, el Rojo, siempre llevaba el peso del mal. Siempre era el villano protagonista, por más que tuviera asegurada la derrota, el giro final en contra, y la pérdida de la heroína. Eso le bastaba.

Así las cosas, hasta que lo perdí en el Pozo del Olvido.

El Pozo del Olvido era un pozo ciego que había en la casa de Julito cuando estaban construyendo el quincho nuevo. Vivía casa por medio. Siempre estábamos jugando en uno u otro lugar.

Ese día Julito no estaba, pero la madre me había dejado entrar igual porque siempre me dejaba entrar igual.

Los escombros de la construcción eran ideales para las historias que nos armábamos. Bah, en realidad yo era el más creativo. Julito era medio limitado, pero siempre le ponía onda. Y además tenía unos plamóviles re zarpados. Auto, helicóptero. Yo tenía el barco pirata.

El Rojo esta vez cayó y se perdió. Metí la mano y no pude recuperarlo. Una angustia terrible. Verlo irse y perderse en la oscuridad del abismo. Todo por un final épico. Volví a casa desintegrado. No quería llorar porque mi mamá se iba a dar cuenta y me iba a poner en penitencia. Ella ya me había dicho que no jugara en el pozo ciego.

El día era de sol. El mundo tenía el olor de las mañanas de verano que van llegando entre la primavera. Son las mañanas más lindas, porque se parecen a los trailers de las películas, te anuncian lo lindo que viene, pero en un formato condensado. Así y todo, para mí se volvió una mañana negrísima,¡ qué digo! un entero día de mierda. Fue la primera vez que perdí un playmovil.

Le conté a Julito esa misma tarde. Yo estaba desesperado, no sabía qué hacer. Y solo podía resignarme a, como mucho, encontrar un nuevo malvado que por lo menos fuera la mitad de malo que el Rojo.

¿Dónde iba a encontrar semejante personaje?

Me pasé el resto de esa semana encerrado, sin salir a jugar, y sin recibir a nadie en casa. No podía creer lo que había pasado. Estaba deprimido, no podía pensar.

Al Martes siguiente apareció Julito por casa. Le pidió por favor a Mamá, que lo dejara entrar a hablar conmigo, que era un asunto importantísimo. Golpeó la puerta de mi pieza con entusiasmo. Gritaba mi nombre excitado.

Entendí que no podía pasarme la vida encerrado, así que le dije que pase. Entró con una sonrisa de chupetín que nunca voy a olvidar.

–Mirá Lucho, ¡encontraron al Rojo! –Dijo, y me mostró la palma derecha.

El Rojo estaba ahí! Acostado a lo largo de la mano de Julito. No se podía creer. Me abalancé pleno de felicidad y lo tomé en mis manos.

–Hay un problemita… –dijo, –parece que se rompió la espalda…

–¿Cómo?

–Si, lo encontraron los albañiles cuando abrieron el pozo para taparlo con los escombros… dicen que ya habían caído unas piedras grandes, y una lo habrá golpeado… no puede estar parado, parece que la espalda…

No continuó. Yo ya lo había apoyado en la mesita de luz. El Rojo había intentado pararse pero había caído de jeta. Intenté de nuevo. No hubo forma. Caía de jeta y quedaba culo para arriba. O sentado.

La tristeza me arrebató el alma una vez más. Estaba feliz, por recuperarlo, claro, pero verlo así nublaba todo de nuevo. Cómo podía haber sucedido? Y todo por mi culpa, por no haber detenido la historia antes de ese trágico final. Me sentía responsable por su lesión. ¡El Rojo estaba paralítico! Y yo paralizado.

No dudé. Si alguien podía hacer algo por el Rojo, ese era el indio Manga. Él quizá tuviera una cura para este mal. Ya lo habíamos visto resucitar un canario, y resistir en cueros mañanas enteras de invierno bajo cero. El tipo tenía poderes, y era nuestro vecino. Seguramente podía ayudarnos. Aunque probablemente aquello me costara un par de revistas de mi viejo. Manga era adicto a las aventuras de Gilgames el Inmortal y siempre se llevaba alguna revista cuando las vendíamos en la vereda para comprarnos caramelos.

Ahora que pasaron los años me doy cuenta que el olor de la casa de Manga era porro. En su momento entramos y creímos que era un incienso para los buenos espíritus. Si hubiéramos sabido que era marimba probablemente huyéramos asustados; pero ni se nos había cruzado por la cabeza.

Manga tenía todo tipo de posters de rock. Ahí vi nombres como Led Zeppelin o The Doors por primera vez. Parecía un santuario, con cortinas y algunas velas por acá y allá. Había revistas de todo tipo, desordenadas por cualquier lado. Tenía troncos en plan de adornos, y algunas piedras también.

No era indio, pero él nos había dicho que los peregrinos que preguntaran por el Indio Manga los mandemos para su casa.

Rió mucho cuando le contamos del accidente. Su risa era como una larga palabra alegre. Como si recitara un mantra en medio de la algarabía. Me pidió el muñeco y lo estudió un instante. Lo hizo parar y caerse sobre la mesa. Cerró un ojito, como pensando en qué hacer.

Nosotros mirábamos la escena cautivados por el entorno. Julito estaba medio cagado porque si se enteraba la mamá lo iba a fajar. Siempre le decía que el vecino era un jipi drogadicto que nos quería pervertir. Pero era nuestra única opción! Y yo solo no me anima a ir.

Pasaron unos 5 minutos eternísimos. Me transpiraba mucho la zanja del culo, pensé que me iba a dar diarrea y me iba a cagar encima. Siempre que me pongo nervioso me transpira el culo. Pero aguantamos, casi sin movernos.

–ok chicos… creo que le encontré la vuelta… – dijo muy tranquilo el indio.

Tenía en la boca un escarbadientes que llevaba y traía de un lado a otro, como un caballo comiendo pasto. Lo mordió y lo partió quedándose con una mitad entre los dientes. La otra fue a parar a la espalda del Rojo. Se lo mandó ahí y lo dejó de pie sobre la mesa. Le sobraba un pedazo de madera entre las piernas, pero ¿qué importaba, si eso lo mantenía parado?

–ahí tenés pibe… tu muñequito hecho y derecho mjé…

No dijimos nada. Le di una Dartagnan que tenía en la mochila y nos fuimos corriendo, re contentos.

Merendamos viendo Robotech y Mazinger Z. De ahí le pegamos hasta las 9 de la noche con una mega historia en el patio de casa. Esta vez lo dejamos ganar al Rojo, como premio a su recuperación.

Mañana sería otro día y, aunque volviera a perder contra el bueno de turno, el Rojo seguiría siendo el gran protagonista, el gran malvado a vencer.

Pero el destino juega sus cartas de maneras extrañas. Lo que habíamos creído una inmediata recuperación había resultado un tanto falso. Al día siguiente, nuestro amigo malvadísimo casi no quiso intervenir en la historia. Y al otro día tampoco tuvo muchas ganas. Y así se fueron desinflando sus intervenciones, hasta que empezó a no presentarse a jugar.

Sus ausencias se hicieron más comunes. A veces aparecía, pero lo hacía desmotivado, desganado. Para colmo, tanta atención sobre la situación del Rojo había marcado cierta distancia con Julito que los últimos dos días faltó a merendar, y yo preocupado por mi muñeco no me interesé en ir a buscarlo a su casa.
Confundido como estaba, pensé que la solución era recurrir al Indio Manga. Después de todo, él había curado al Rojo. Quizá pudiera ayudarme.

Manga me escuchó desde su sillón de cables rojo. Estaba echado mirando La Ola está de fiesta. Recién me miró en las propagandas, todo el rato que duraron. Pero no dijo nada hasta que volvió a aparecer Flavia en la pantalla.

–Te digo Luchito… quizá sea hora que… –buscó las palabras, las mezcló, retomó, –mmm, conocés a Dolina?, bue, él dijo algo que puede ayudarte a tener más claras las cosas… “todo lo que un hombre puede hacer, lo hace para levantar minas”…

Me quedé mirándolo, esperando algo más. Pero calló hasta que me fui.

Llegué a pensar que el Rojo se había agiornado, que se había vuelto una especie de padrino, y ya no quería ponerle el pecho a las aventuras. Era una actitud muy parecida a las mafias de Savarese.

Me inquietaba también que Julito siguiera sin venir a jugar. Até cabos, y temí que él hubiera querido convencer al Rojo para irse con él. ¿Pero con qué argumentos?, si Julito nunca fue tan creativo como yo. La fuerza creativa fluía dentro mío, y yo la volcaba con emoción sobre las historias. Nadie armaba mejores historias que yo.

Pero ahora el Rojo casi ni aparecía. Y cuando lo hacía casi que no quería intervenir; poray disparaba un tiro o hacía estallar una bomba, pero no mucho más.

Un día desapareció.

A esta altura no había dudas: se trataba de una traición. ¿Acaso el accidente había modificado su actitud? ¿Acaso me estaba pasando factura por haberlo abandonado sin hacer un último esfuerzo? A las claras se notaba que si yo no hubiera sido tan cagón de callarme, habría recuperado al mejor malo de todos los tiempos. Sin ir más lejos, Julito lo había recuperado con ayuda de los albañiles. ¿Acaso por eso Julito no aparecía tampoco? ¿Se había ido el Rojo con él?

Me embargó la tristeza. Dejé de jugar a los playmóviles.

Empecé a dedicarme a leer las historias del revistero del baño. Por alguna razón, creía que ahí estaba la clave del giro mafioso. Supongo que era por las palabras del Indio. Eran dignas de uno de esos personajes de historieta. Decidido a entender qué era lo que estaba sucediendo, me encerraba horas y horas a leer sin parar.

Al tiempo mamá subió el barco pirata arriba del modular. No me importó demasiado. Pero lo que sí me importaba era que a ella no le molestaban mis encierros. No parecía alarmarla demasiado mi actitud.

Un día la escuché hablar con mi tía Silvia.

–Daniel dice que es normal, que no me preocupe… que los chicos hacen esas cosas…

¿Cómo podían tomarse tan liviano la traición de un amigo? ¿No les importaba un carajo todo mi sufrimiento? ¡Y ni qué hablar que me hubiera robado a mi playmovil más querido! ¡Mi familia parecía confabulada también!

Un día llegué de la escuela y todos los juguetes habían ido a parar a una repisa. Ordenaditos, en plan de adorno como el barco pirata. Se los veía desanimados. Estaba claro que sin su némesis toda aventura se reducía a comunidades jipis de paz y amor. ¿Qué eran de todos modos la paz y el amor? ¿Qué podía ofrecer un mundo sin aventuras? ¿Sin el bien y el mal en lucha? Aquellas aventuras épicas se habían desdibujado entre la bruma de aquél amigo plástico perdido.

Tal vez el mal le hubiera ganado el corazón después de todo. O tal vez la oscuridad del abismo lo había marcado en el alma. ¿Cómo saber si la actitud se correspondía con aquél accidente, o si se trataba de una traición forzada por quien fuera mi mejor amigo, ahora devenidos en prófugos los dos?
Julito siempre me había envidiado por ser más creativo, y aprovechó la oportunidad de influenciar al Rojo para que me abandonara. No podía sacarme de la cabeza la imagen de mis amigos riendo de mí.

No lo soportaba. Ya ni quería ir a la escuela por no cruzarme con mi ex amigo que seguramente tendría al rojo en el bolsillo.

Pensé entonces en fingirme enfermo, y evitar así la humillación. Pero no llegué a tanto. Antes de poner el plan en práctica oí una nueva conversación de mi madre.

Esta vez hablaba con la madre de Julito, en el porche de casa. Amalia contaba que Julito también le había dado por encerrarse en el baño. Según ellas, esa era la razón por la que no nos estábamos visitando mutuamente.

–Están creciendo, se están descubriendo… –Las dos rieron. Joh joh joh.

Creí que me estaban cachando. Sabían de la traición y no les importaba un carajo. Cómplices. Sabían que yo las escuchaba, y por eso se inventaron esa mentira de que Julito se encerraba también en el baño. Si yo lo veía en el colegio muy contento con sus amigas nuevas. Ahora que Robertita le charlaba, seguro le contaba de su nuevo amigo el Rojo.

No podía más de la bronca. ¡Si hasta mi mamá se reía! ¿Cómo podía ser esto? Todos me engañaban y se burlaban.

No aguanté más y me fui para lo de Julito. Estaba re caliente.

Agarré por el fondo, porque ellas seguían ahí riéndose en el porche. Trepé el tapial y me colgué de la parra de la casa abandonada. Tan descuidado que casi me cago un porrazo arriba de los sillones de fierro oxidado del patio. La parra estaba medio seca, y crujía a punto de ceder.

Di 3, 4, 5 pasos enojados, sintiendo cómo se aflojaban los tornillos que tensaban los alambres. Me asusté, ¿pero qué mejor que caer de allí y que todos notaran el mal que habían provocado? Deberían pagar con la culpa por tanto daño.

Pisé pesado, buscando no sé bien qué. Pero llegué al techo y crucé la loza llena de otoño húmedo. Me acuerdo que pensé: De milagro las hojas no taparon el desagüe e hicieron un desastre.

Me asomé al patio de lo Julito. La pila de escombros y la otra de arena no estaban muy lejos. Hacía unos días que las venía midiendo con ganas. Ahora estaba arriba y tenía que animarme. Así que me tiré a la arena.

Romperme una pata sí que hubiera sido bueno. Así por lo menos dejaba el colegio por una temporada. Pero no, la arena me recibió amistosa. Caí medio de jeta, como cuando las olas del mar te pegan una revolcada.

Vino Zimba a juguetear. La acaricié un poquito para que no ladrara.

No tenía en claro qué iba a hacer, pero ya estaba allí. Agarré una rama del pino del fondo. Las habían apilado después que la tormenta del otro día. Entré por la puerta del lavadero que casi siempre estaba abierta.

Llegué hasta la habitación de Julito y miré adentro, pero ya sabía que ahí no iba a estar. Seguí hasta el baño, que tenía la puerta cerrada. No dudé. Manotié el picaporte y abrí de sopetón.

Julito estaba sentado en el inodoro, con una revista. Sin los pantalones ni el calzoncillo. Tiró la revista a un costado como por instinto y quedó expuesto. Tenía el pito parado.

En un segundo Julito pasó del susto a la bronca. Aunque tuviera un palo en la mano, yo resultaba era más inofensivo que su mamá.

–¿Qué hacés pajero de mierda?! –Gritó desencajado.

Se levantó y me pegó un empujón para apartarme y salir corriendo para la pieza.

No dije nada. Me quedé un poco shokeado con la imagen. Miré por todo el baño, pero no había rastros del Rojo. Sólo la ropa de Julito y la revista. No era una revista común, en la tapa no tenía guerreros.

La agarré y me la escondí bajo la remera.

Salí rápido por la puerta de chapa que daba del patio a la calle. Tiré el palo por ahí, y caminé hasta mi casa dando vuelta a la manzana, para que mamá y Amalia no me vieran. Cuando llegué a casa las escuché que seguían hablando, así que entré por el garaje.

Me fui directo al baño. Cerré con llave y me senté en el inodoro.

Me temblaban las piernas. Que yo recordara, nunca había visto desnudo a nadie. Haberlo visto así a Julito me había causado una vergüenza extraña. Me había sentido un invasor, una especie de ladrón.

No comprendía bien qué era lo que sentía ni lo que tenía que sentir. Para colmo, tampoco había recuperado a mi amigo el Rojo. Aquella expedición a la casa de Julito había resultado un fracaso, y quién te dice que no resultara también en un escándalo. Me imaginé a todos acusándome de meterme en los baños a mironear y robar revistas.

La revista. La tapa tenía una chica desnuda. La miré un buen rato sin entender el cosquilleo que de golpe sentía en el pito. La chica estaba en una bañadera jugando con un dinosaurio amarillo entre las piernas, rodeada de varios juguetes más que le flotaban entre las tetas. La espuma le tapaba los pezones y la concha. Yo sabía qué era la concha, pero era la primera vez que la veía así. Aunque no se viera, me emocionaba.

No me acuerdo el nombre de la revista. Me acuerdo el título: Ángela y Red te invitan a su fiestita. Y no me olvidé más de la historia que contaba adentro.

cosas que pasan todos los días

Le mandé un mail dos días después de conseguirlo. Le conté que hacía algo de un mes la había visto reunida en mi piso y la había reconocido. Que busqué su nombre en los folletitos que nos daban cada fin de año en la primaria, pues no lo recordaba. Como ella no estaba nominada, hice un esfuerzo mental y recordé que quizá se había ido de la escuela antes de terminar el año, porque creo que era de Córdoba y su familia se mudaba mucho siguiendo al padre que no me acuerdo en qué empresa trabajaba.

Así que investigué un poco y conseguí un par de teléfonos y mails. Pregunté a varios hasta que alguien recordó su nombre. Le conté que estaba sorprendido porque, por aquella época, yo había estado muy enamorado de amor de primaria de ella. O sea, gustaba de ella, y sin embargo hoy no recordaba su nombre, muy loco. En fin, cuestión que una maestra se acordaba, o lo tenía en algún cuaderno de aquella época, y me lo pasó en medio de chistes que le cabían más al yo de 9 años que al de 30 largos que soy ahora. Pero bue, tenía lo que quería.

Cuando la vi sentada en mi oficina alguna alarma interna se me activó, pero asumí que se trataba de las habituales, esas que nos despierta la curiosidad cuando vemos una mujer nueva dando vueltas, nada de otro mundo. De hecho, me había parecido bonita, pero no súper llamativa. Me quedó dando vueltas hasta que asocié su imagen con la de la niña que alguna vez me había quitado el sueño. Por eso me determiné a contactarla. Igual no le dije todo esto.

Le dije que una vez hecho de su nombre, la busqué en el directorio de la empresa y, bingo!, estaba su nombre. Lo que confirmaba mis sospechas acerca de su identidad. Para revalidar la cuestión, comprobé en Facebook que su foto de perfil matcheaba (si, usé este término ñoño, perdón), y, aunque no podía ver más fotos, en la información sí refería a mi empresa como lugar de trabajo.

Así que aquí estaba, contactándola, para saludarla, y contarle cómo un encuentro casual despertó el recuerdo.

Qué loco no?

No le conté que estoy soltero desde hace 10 meses, porque me pareció mucho para un primer correo. Preferí dejarlo para cuando charláramos más fluido, o quizá mediando un café o un buen vino por qué no?

Le mandé primero el correo, y me quedé esperando. Para no mostrar ansiedad, dejé pasar unas horas antes de enviarle la invitación para ser amigos en Facebook.

Me contestó al otro día. Ya que me contestara era un buen inicio, y qué decir a que fuera sólo un día después. Me pavoneé en mi pequeña victoria y descansé el pequeño tormento ansioso en la lectura del mail:

«Hola Claudio, ay mirá que casualidad!
sí me acuerdo de vos. Qué lindo recuerdo.
Bueno
abrazo. Besos.»

Nunca me aceptó en Facebook.

de asientos vacíos, pijas cortas, y time for fuckyou

[El asiento vacío]

Estadio Único de La Plata. Previa del recital de Pearl Jam, Noviembre de 2011. X tocaba con rabia su punk viejuno. Estábamos apostados en nuestra primera fila de plateas. A mi lado un solitario asiento vacío.

Faltaba todavía un rato para PJ, cuando apareció un pibito de unos veinte años nuevitos y se sentó.

Saludó canchero, cómo andan?.

Bien, todo bien, le respondimos, ya sabiendo que no íbamos a querer un nuevo amigo de recital. Son esos bloqueos instantáneos e inevitables, que no podemos manejar. Tal vez se deba a una reacción química.

El pibe se estiró en su banco y preguntó, che, acá se podrá fumar porro?.

Sí, calculo que sí, fijate, pero poray esperá hasta que

se apaguen las luces, tenés un reflector que te apunta a la cara, le respondí ya enturbiándome en el ánimo.

Teníamos delante cinco monos de seguridad monitoreando la valla que daba a la fosa, y un jefe de ellos vestido de negro, el único con el rótulo STAFF en el pecho, y el que tenía más ánimo de pija corta. Agregué al comentario, no creo que éstos sean unos caretas, peeeero fijate.

Él asomó del bolsillo un porro que parecía un misil, como para mostrarlo, y lo acunó en la mano, qué me van a decir? Aquél barbita me va a venir a decir algo, eh?.

No sé porqué, pero ciertas personas parecen determinadas a que les peguen un cachetazo.

Le devolvimos un poco de frío, no estábamos de ánimo coparticipativo, así que se dio vuelta y empezó a darles charla a unos chilenos. Un rato y volvió a la carga contra nosotros: che, tengo ganas de fumarme el porro, les parece si le pregunto a los de seguridad?.

Preguntale, yo que sé.

Acto seguido se acercó al mono de seguridad más cercano y lo charló para preguntarle. Vimos como el mono decía que sí, dudoso con la cabeza, como que poray no, pero sí, con carpa sí, ponele, porque ellos tienen que hacerse los boludos. En fin, el mono después le garronea un jugate con una coca, y el pibe le estira un trago del vaso que venía gastando. Fin de la charla.

[pija corta]

El chico se sentó y de una madrugó el porro, que parecía el garrote de Pedro Picapiedras. Ahora que lo pienso, a menos que seas una bestia como un amigo que tengo, es un tanto contraproducente armarte un porro de semejante tamaño. Primero, porque llama demasiado la atención (a menos que QUIERAS que eso suceda), y segundo, porque si tenés que descartar, lo perdés TODO bajo una bota. Lo mejor sería distribuirlo en dos o tres porritos más finos, más prácticos. No sé, para pensarlo.

El chavalito pita el garrote y lo sostiene como si fuera el Che Guevara. Sinceramente me hinché las pelotas, más de lo que venía hinchándome; calculo que porque mi generación vive con esa actitud de perro acostumbrado a los palos. Siempre nos estamos cuidando de la ley, del forreo de la autoridad, acaso por herencia de los años negros en que nacimos. Nuestros padres o son sobrevivientes de una época en que no podías hablar con más de dos personas y no podías opinar distinto, o son desaparecidos de la misma época; y a sus hijos nos cayó esa educación del cuidado, del no hagas esto o lo otro porque no está permitido. El queda mal era el lema de la sociedad, mucho más que ahora.

Quieren una seca chicos?, nos ofreció.

No, gracias, dentro de un rato.

Se dio vuelta y les ofreció a los chilenos, contestaron un no medio huidizo. Casi como si fuera Badger vendiendo meta en un banco de plaza, se acercó a unos pibes que estaban sentados delante de él y también les ofreció yerba. Después de la ronda de No’s, se sentó pancho con aire de misión cumplida. La misión: o bien mostrarle a todos que era un fumón piola, o bien tener claro que ninguno a su alrededor era fumón (ponele, si lo miramos más como un policía encubierto).

Una pitada más y de pronto tuvo encima al Black-dog raquítico, el jefe pija corta con la remera de Staff de T4F (time for fuckyou), diciéndole, vení para acá!.

Ehh, pará, lo apago, balbuceó el pibe.

No, vení conmigo ahora.

Pará, pará.

NO, venís YA conmigo, lo siguió prepoteando hasta que se lo llevó escaleras arriba.

El seguridad que le había dado el ok al chico se hacía el gran desentendido. Nosotros quedamos paralizados, no sé bien si fue por cobardía o porque en definitiva nos aliviaba que se lo llevaran. Otro por ahí dijo, ahora le sacan 50 pesos y lo sueltan. Probablemente tenía razón, porque el mismo gil pija corta no se hizo el héroe con nadie más que haya prendido un porro esa noche.

Pearl Jam empezó y el asiento estaba vacío de nuevo. El chico nunca volvió. Release me emocionó por completo, sin embargo no podía sacarme de la cabeza la secuencia del pibito. Me sentí culpable de no haber saltado por él, de no haber tenido agallas para pararle la pelota al forrito de time for fuckyou. Nunca fui muy hostil, pero siempre me molestaron las injusticias. Bien cierto era que el pibito me incomodaba, no porque fumara faso, está claro, pero sí por su ánimo. Pero hay que vivir y dejar morir, no? En cambio, viene un pelotudo con algo de autoridad y se hace el Chuck Norris con un guachito; y eso también me molesta.

Al rato cayeron unas pibas y una de ellas dijo excitada: butaca 10, esta es la mía, pi pi pi piiiiiiiiiiiii. Ahí me di cuenta que el flaquito no solo había prendido un misil ilegal para que todo el estadio lo viera, sino que además estaba sentado en un asiento que no le pertenecía. O sea, si no había vuelto era porque le sacaron 50 pesos y lo mandaron a donde le correspondía; quise creer. Se encontraron un paquete de yerba, un cabeza de termo y PIM! mate. Punto final.

[time for fuckyou]

A propósito de esta anécdota flojona y cobarde, me quedé con algunas ideas:

Se me ocurren necesarios estos chicos despojados de conciencia, que caminan la calle con un cartel luminoso que invita a que los verdugueen. Su bien a la sociedad es precisamente esa actitud, pues ellos no tienen los miedos que arrastramos nosotros los más grandes. Ellos no deben respeto ni tienen que quedar bien (aunque a veces su campaña hace pensar que eso es lo que buscan: encajar). Ellos no saben que está TAN mal lo que quieren hacer, porque adolecen en una época distinta, y por más que venga un gil a plantarles bota, para ellos la onda seguirá siendo así. Estos pibes nos molestan, pero porque también nosotros entendemos la historia desde otro ángulo, y el mundo se ha movido. Pueden seguir molestándonos, pero así y todo tenemos que cuidar que la cosa no retroceda, que el pulso de la sociedad sepa leerse y aprendamos de nosotros mismos y de los que vienen. Éstos chicos son necesarios para mostrarnos que debemos terminar con estas giladas de soportar el arrebato desde atrás en la historia.

No está bueno ir a un recital o donde sea, y que estúpidos que se creen autoridad policial te arruinen el momento porque consumís algo que ellos no te vendieron. Porque así como cuando fumás un porro, en la puerta te sacan galletitas, agua, o cualquier gilada que te venderán del otro lado a precio más caro (cosas que no son ilegales!). No están buenas esas reglas de juego que nunca son punto, siempre banca.

Vivimos una ley seca de marihuana para contribuir al negocio mafioso de los narcotraficantes. Sólo por eso hoy no está despenalizado el consumo. Lo demás son debates morales que pueden seguir en la mesa de cualquier casa donde los padres se enteren que un chico fuma marihuana. También será otra cosa a discutir cuando en un evento te la quieran vender ellos y solamente ellos (los organizadores digo).

Este suceso es uno de tantos que ocurren siempre. No sólo relacionado al consumo de drogas o cosas legales, sino a la actitud de forreo de las empresas de espectáculos. Abundan en los recitales y eventos masivos de otra índole las anécdotas de sonido de mierda; de shows apretados como matadero y con calor sofocante; de ubicaciones sin visual del escenario, que es precisamente lo que pagaste por ver; el novedoso campo VIP; la relación mayor-precio/menor-calidad.

Está bien la idea de no comprar una entrada si no te gustan las condiciones. Hecho. Pero la verdad es que ESAS condiciones no están ni en letra chica de la entrada, o sea que el espectáculo que pagás debería cuanto menos ser disfrutado, si eso falla entonces te están estafando. Nos dejamos estafar por estar en un recital épico como lo fue el de Pearl Jam, pero no está bueno que mucha de la gente que estaba allí no haya podido disfrutar bien del show. Es como si te cobraran un pasaje y te hicieran bajar del micro cuando se les canta.

PD: así empezó uno de los recitales de esta década que apenas comienza:

Los que ni SI, ni NO

El CRA, no es un Sindicato, es un Club sin sede, sin barrio, sin cuota de socio. Bienvenidos al mundo del Club de los Recitaleros de Afuera.

Hace unos meses fuimos al show de Green Day, pero no entramos. En cambio de eso conocimos a una tribu urbana muy particular que no se distingue por su estética sino más bien por su actitud: Los Recitaleros de Afuera van a casi todos los shows musicales que haya, pero no entran.

Se instalan cuando van llegando: los primeros tantean la zona, la caminan a modo de inspección. Tiran, en el mientras, una especie de mantra agradeciendo a las bandas soporte por existir, por su compromiso, porque gracias a ellas su trabajo no se ve solapado con el show. Aunque a veces nos pasó que la banda soporte nos gustaba mucho y entonces estábamos en problemas, pero son las reglas de juego… , confiesa Martín, que lleva tanto tiempo haciendo esto que su nombre se mezcla en las anécdotas de fundación; aunque ciertamente no fue de los primeros. Y agrega, además,  recitamos el mantra para grabar el nombre de las bandas… para escucharlas. Se lo merecen después de todo ¿no?

Gonzalo goza de un título fundacional, y a veces lo hace valer llegando sobre la hora, cuando otros miembros del grupo ya se encargaron de todo. Sobre todo de la selección del lugar, que es lo más importante…, me confesaría más tarde Gona, mientras ya estábamos disfrutando de esta manera tan particular del show.

Martín sigue en la búsqueda. Se oye de a ráfagas la música de Masacre. Cuando hay viento se pone más difícil todavía… pero es un lindo desafío… ¿viste?, o sea, al hecho de encontrar el lugar donde llegue bien el tubo. Loli me explicaría más tarde que llaman tubo al chorro de música completo: tenemos que buscarle que el viento no te lo flamee de acá para allá, tendés?

Me conduce hacia un terraplén, nos alejamos un tanto del bullicio de los seguridad que todo el tiempo gritan “entradas en la mano” “con la entradita en la mano”. Martin me mira y sacude la cabeza. Los odio a veces, pero bue, están laburando, ser garca es su laburo… capáz a ellos les gusta luis miguel o la cumbia y tienen que bancarse todo este jabón… andá a saber.

Subimos la explanada y vemos en el horizonte cómo asoman las luces del escenario. Cuando me doy cuenta, a nuestro alrededor hay dos chicos más. Martín me los presenta: Loli, con una cresta muy prolija y pinchuda, y Tony que se prende un porro al toque de darme un beso con abrazo. Por acá parece que se oye mejor, por lo menos se empieza a escuchar más nítida la voz.

¿Viste?, me dice Martin, No necesariamente tenés que estar más cerca para oír mejor. Es encontrar el lugar… Agarra el faso que le pasa Tony, y continúa, también está ésta movida eh… el lugar tiene que ser maconia smoking friendly, si no la música no te llega… es parte del ritual si querés. Me ve en la cara la expresión, y sabe qué estoy pensando. Se apresura a explicar. Nooo mágico, no confundas… fumar no es obligación entre nosotros… pero sí conseguir un lugar donde se pueda hacerlo.

Quedan en el aire las últimas exhalaciones de humo blanco cuando se nos suma Mooli, una chica hermosísima con un hachazo en el flequillo. Me sorprendo de su belleza y del extraño grupo que estamos formando todos tan distintos. La chica llega, saluda, y en la misma ráfaga le explica a Martin. Mat, ta bueno por allá pero el viento mueve mucho, este me parece el mejor… Lila me mandó mensaje que por allá es una mierda. Toma aire, y ya varios bajan las mochilas y se sientan tipo indio.

¿Es casualidad o se buscan apodos cortos a propósito? Mat: Empezó de casualidad, pero con el tiempo nos dimos cuenta que cuando colgamos es más breve de llamarse por apodos cortos. Si no, colgás trayendo el nombre y olvidás la idea.Me quedé pensando. Claramente aún no comprendía bien lo de “la idea” si lo que aquí los reunía era venir a disfrutar un show de música.

Alguien sacó mate, otro destapó cerveza. Había facturas del viernes de varias oficinas, y alguien mencionó un Tupper con empanadas para el bajón. La hora fue pasando y el grupo creciendo animosamente.

Aparte de Gona, al grupo se agregaron dos fundadores más: Cecé y Migo. Lamenté que todos ellos llegaran tan sobre la hora. Sentí que la nota se me esfumaba entre los acordes de BJ arrancando el show. Casi lo odié por su puntualidad para empezar a tocar. Mat me notó tenso por ello, y me estiró un nuevo faso. Tranquilo man, esto no es lo que esperás.

¿Qué esperaba yo? No sé, imaginaba algo así como un grupo de buenos amigos que no entran a un recital y se juntan a escucharlo desde afuera, todos tirados en el pasto cada uno en su mundo y disfrutando de la música. Eso le dije a Mat y él se rió. En esencia es así, pero no tan así. Cecé intervino: Mirá, acá la onda es un poco otra.

Se escuchaba a BJ arengar a la gente. Me vibró el pecho de oír al público estallar en alaridos. Nunca me había pasado que un show me agarrara fuera del estadio. Bombas de estruendo. ¿Sabías que el Gobierno de la Ciudad les prohibió los fuegos artificiales? ¿Un bajón sabés? Se verían lindos desde acá ¿no? Me dice Migo. La onda acá es aliviarse del público espeso, y de la estupidez de tener que concentrarse en el show que estás viendo porque lo pagaste… o sea, nosotros nos juntamos y le ponemos música de fondo… le ponemos por caso a Green Day tocando ahí mientras nosotros estamos acá, en la nuestra. Sigue Cecé, tras el comentario de Migo.

Veo que no le prestan mucha atención al show igual, Opiné.

Claro, bah, en realidad algunos sí, fijate el Ñopa si no, que está tirado ahí desde hace una hora… otros preferimos que actúe de música funcional a nuestro encuentro… en general nos vemos sólo en estos eventos … nos comunicamos, por supuesto, por efe be o mail común, para ponernos de acuerdo… pero acá es donde nos vemos las caras…

¿Siempre son los mismos?

Noooo, el grupo va mutando … siempre pasa que se nos suman algunos que quedaron afuera porque no pegaron reventa barata o la guardia estaba ortiva, y se copan con la idea y poray siguen… acá somos bastante comunitarios, está todo bien siempre…

¿Y qué hacen?

Esto hacemos: nos colgamos a charlar y que salga lo que salga, lo que pinte… algunos se van a caminar por la plaza o a dar vueltas, otros hablamos de mil cosas, hasta escribimos o nos ponemos a filmarnos para después colgarlo –en la redes–, y seguirla mamando… eso sí, no pelamos guitarras ni otra cosa musical porque esto no es fogón, la idea siempre es que se escuche el show de fondo… sino es como ir a Plaza Francia, y esa no es la idea…

¿No extrañan estar adentro?

Si, a veces sí, yo que sé… si el reci te llama mucho, intentás entrar o te comprás la entrada antes y chau…  porque hagamos esta movida no quiere decir que no disfrutemos de un recital al palo…

Esto surgió como alternativa, porque cuando éramos pendejos y nos juntábamos en la plaza ni se nos pasaba por la cabeza que Los Rolling Stones estuvieran tocando ahí a la vuelta y vos piolón con un vinito… siempre soñábamos con los recitales a kilómetros de distancia… y hoy, que poray  estamos más cerca pero se nos complica pagar una entrada, le vemos la mejor a disfrutarlo de este modo… Gona lo dice todo con ese acento inconfundible del interior, que explica porqué habla de kilómetros de distancia. Y agrega. Esto se volvió como una práctica de culto viste… mirá, si hasta salimos en los diarios…

Así nos pasamos las tres horas de show entre charlas, intermitentes en stops para escuchar algún tema en especial. Ya caminando de vuelta, adelantados al malón de gente que ya empieza a salir, les tiro las últimas preguntas que se me atoran en la garganta.

¿Y acá, con las bandas locales, hacen lo mismo? ¿O sólo con los recitales de afuera?

Mmm, a veces sí y otras no… la realidad es que las entradas locales son mucho más económicas que las de afuera, y se nos hace más fácil. Explica Gona. Y Cecé agrega: aunque si pinta lo vemos de afuera igual… depende, porque la mayoría de los de acá no toca en estadios sino en lugares cerrados, y de afuera no se escucha una goma…

Y cuando son en el interior, ¿se mueven hasta allá? Por ejemplo el Indio decide no tocar acá cerca y lo hace en Tandil o Salta.

Ahhh, a ese vamos de una, carpa al hombro y listo… pero ese reci es especial, es como la oda a nuestro culto porque el Indio toca en un campo abierto… ahí vamos y pagamos la entrada, y nos tiramos en el césped a disfrutar, y al que le pinta se mete al pogo y vuelve, como sea… de cualquier modo entramos a ver al Indio, porque es distinto… el Indio es el Indio, él es el culto, el culto de cultos… no hay con qué darle. Remata Gona, con un ánimo claramente ricotero. Y Migo dice sus únicas palabras, discrepando un poco: igual, nunca falta el que se queda de lejos, haciendo el fueguito para el asado… porque a alguno no le cabe la música del Indio, pero sí la onda…

Sigo con ellos, mientras algunos se van separando del grupo corriendo a colgarse de algún bondi. Otros prefieren caminar un poco y prolongar el encuentro. Algunos discuten del show, de recitales pasados y de los que vendrán. Discrepan, no sólo en opiniones, sino también en aspectos; pero la pasan bien, porque les cabe la onda.

al piste

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Una turba de pajaritos amarillos piaba por comida. Me detuve a observarlos y tratar de comprender por qué emitían esos chillidos tan insoportables.

Vestían traje negro, camisa blanca, y corbata gris. Parecían pintados con stencil, tan prolijitos e iguales. No chorreaban ni una pluma, no desteñían ni un poquito. Sus crestas se veían encorvadas en la lucha contra el poderoso gel que las doblegaba. Imaginé, con algo de tristeza, los momentos previos en los que cada uno de ellos se estuviera arreglando frente a un espejo, ayudado por su madre pajarona, con una dedicación sublime, abordando un trabajo elaborado para terminar logrando ser igual al resto, enfundado en un uniforme delicado y pulcro, encerado y brillante. Y después el vuelo, evitando las corrientes de aire y las cortadas de camino bajo las cornisas de las palomas; que si esas te cagan, te cagan posta, y el olor a mierda no te lo sacás más…

Espié un poco aprovechando un hueco entre dos de los pajarillos. Alcancé a ver la mano grosera que ofrecía los granos de cereal. Los pequeñitos seres saltaban y pululaban de aquí para allá buscando ganar un lugar de privilegio. Se pisaban, se sacaban cuerpo, se picaban. Todo por acomodarse y ganar una ración más generosa.
El dueño de la mano alimenticia al principio había pasado desapercibido para mí. Pero ahora que buscaba sus detalles, me sorprendía no haberme percatado de su presencia anteriormente. Era un ser descomunal, un pájaro rubio y reluciente, henchido de algo que parecía soberbia y orgullo. Alimentaba a la turba con desprecio, sin estirar demasiado la mano, con ánimo compasivo. Y sonreía dientes, un pico con dientes!

Los pajarillos reverenciaban aquellas dádivas, y saludaban respetuosamente juntando sus alas y poniendo caras merecedoras. Nada podía perturbar ese instante de agradecimiento. Si eso sucedía, el provocador era neutralizado, empujado hacia atrás con las patas; incluso echado de la ronda. Después sí, cuando no se agradecía desaparecía la tregua y otra vez la lucha era sin contemplaciones. Eso si, nada de guerra a los ojos contemplativos del enorme pájaro de dientes y sonrisa falsos.

Me asquié del espectáculo y me alejé pronto de allí. Eché una última mirada hacia la escena y comprobé que iba moviéndose lentamente, conducida por el pajarón rubio. Los animaba con comida y cada tanto daba un imperceptible paso hacia atrás, haciendo que lo siguieran. A dónde los llevaría? Quién sabe?

Olvidé investigar el asunto cuando una paloma acertó mi hombro con su bendición popular.

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