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vení que te cuento…

canarios

por ejemplo el tipo ordinario que un día lunes promedio del año notó que al subte subía gente parecidísima a los
dibujos hechos por artistas reconocidos que había en las paredes de las estaciones subió en congreso un gaucho igualito el tipo al gaucho
del muro pintado por nine después fueron otros personajes y cada vez más cantidad roberto que así se llamaba nuestro hombre se
preguntó qué podía hacer con eso y recordó que siendo adolescente le dedicaba mucho a los dibujos de altuna combinó esos pensamientos con amor
porque no podía acaso él dibujar y crear alguna mujer especial que más luego apareciera subiendo a un vagón podría si lo intentaba entonces se inscribió y asistió a
un curso de dibujo con un tal tuitero TolomeoTol aprendió cosas básicas y avanzó hasta donde lo llevó el entusiasmo pero no tanto como para llegar a
lograr una trayectoria que le permitiera el honor de hacer un mural para eso hacía falta mucho más esfuerzo del que había creido necesario
tuvo la interesante idea de saltearse todo el teje de ser reconocido pintando un grafitti furtivo urgente en alguna de las estaciones pero desistió
cuando vio que la manera de entrar de noche a una estación era mediando con la turbiedad de unas banditas bravas de por su barrio fueron doce o trece
días los que pasaron desde que colgara los pinceles cuando se cruzó con el gaucho ese igualito al del mural de nine lo vio bajar en congreso
o sea la misma estación en que lo había visto subir roberto había bajado para darle paso a la gente y ahí nomás se quedó en el andén cuando vio al gaucho se
le acercó y le preguntó no sé qué cosa de una calle como para charlar cosas a lo que el tipo no supo contestar y roberto arremetió con que
mire usted qué casualidad lo parecido al dibujo del mural
que es usted no habrá sido pariente de nine no será puede ser dijo el gaucho puede ser todos tenemos algo de canarios a usted qué le parece
roberto voleó un poco la cabeza
vio que a los canarios se les puede dejar la jaula abierta pueden salir a pasear un rato pero vuelven sabe porqué porque nacen viven y mueren en cautiverio
pero escuche si tienen la jaula abierta entonces pueden salir y entrar a gusto si claro pueden pueden pero sabe qué los canarios salen con suerte una
o dos veces en su vida porque cuando se animan a salir enseguidita nomás descubren que no pueden volar y ahí mismo con esa idea resbalándoles por el lomo también
descubren que aunque se animan son de animarse poco

costanera

me pasó el faso y el encendedor. la barranca blanquecina, el brillo del agua, a donde miráramos se nos clavaba el sol y nos lloraban los ojos. reímos mucho. la veía distorsionada, hermosa, las lágrimas sin sentido, como teniendo esos papeles transparentes que usábamos en la escuela y nunca supe pedir en la librería. yo estaba recontra enamorado, lo noté ese día, claro, si fueron tantas horas ahí bajo la higuera. dos o tres motos con escape libre daban vueltas en el circuito, hacían tanto ruido que cuando pasaban cerca no escuchábamos al otro. nos colgábamos a cada rato, se nos truncaba la charla. en un momento nos callamos, el sol ya no quemaba tanto, se notaba el cambio de color en los árboles y como que todo estaba más vivo. creo que ahí me di cuenta y no la volví a mirar, no pude comprobar que fuera tan hermosa como ahora la construía. de costado la veía sonreír sin decir nada, sus ojos mirando el cielo, capaz esperando algo, pero el silencio me dejó hablando adentro y la cabeza se contestaba sola. empecé a configurarla dentro mío, dejando crecer la mudez como un paredón divisorio, como agua estancada a riesgo de pudrirse. el amor se instaló con nombre y apellido, y empujó a la magia, y yo sin saltar ese charco que ahora me mojaba los tobillos, subía hasta mis rodillas. nos ganó la noche pero no importaba, podríamos haber muerto ahí mismo del cagazo que teníamos a ponernos en movimiento y mirarnos de nuevo a los ojos y decirnos alguna palabra desacertada.

lágrimas

El auto cortaba la oscuridad deslumbrando la ruta desierta y él sentía que era algo casi místico, como atravesar el cielo. Por primera vez sentía que Dios, su amado señor, lo había invitado a contemplar un poco de la verdadera magnificencia. Parecía sobrenatural. Estuvo a punto de hablar, de emitir un sonido que cortara el trance que provocaba la marcha continua del motor, pero supuso que tanta belleza podría ser un sueño y hablar rompería el halo místico. Esperó, disfrutó un rato más del espectáculo, que había empezado con el sol amurallándose detrás de la cordillera, chorreando colores como pinceladas sobradas de óleo. No supo precisar qué le había conmovido más, si la obra luminosa del atardecer o esta noche de estrellas que parecían querer saltarle a la cara como fuegos vivos.

El remisero se acomodó en la butaca y cabeceó para verle la cara. La única luz artificial era la que daban los faros del vehículo sobre el asfalto y algo en abanico sobre la banquina, lo demás estaba bañado por el fulgor de la luna llena. Acabamos de pasar el quinto refugio para montañistas, ya estamos llegando al puesto de Gendarmería, nada mal ¿eh? Realmente maravilloso, contestó, seguro de no estar exagerando. El remisero aflojó los hombros con aprobación, y aflojó también la pregunta que llevaba aguantando desde que había levantado al extraño hombre en el hotel Del Valle. Viene usted por el temita de la virgen, ¿no?

Al representante del Vaticano la pregunta le cayó como una patada, porque aparecía cuando era rehén de un auto a cien kilómetros por hora y en medio del desierto. Le molestaba que aún vestido de civil el chofer supiera de antemano que alguien con su embestidura iba a llegar para estudiar el “temita” de la virgen. Eso demostraba que todo lo que antes le había dicho tenía como fin llegar a esta pregunta una vez macerada la confianza entre ellos. Se odió por la inocencia, por haber soportado la charla trivial, los comentarios en el filo calculados al milímetro para no quedar en evidencia.

En efecto, contestó. Y miró la vasta llanura buscando una vicuña, un burro, algo que le evitara tener que dar detalles o empezar a contar historias. No tenía ganas de darle explicaciones sobre cómo había matado la fe de esa gente de Rancagua con sólo correr una cortina, o de los pueblitos de Iruya y Alto Calilehua que caminaban días y días por la yunga para ver un árbol con las señales de San Benito.

Notó que el hombre tomaba aire para arremeter, para no darse por vencido tan fácilmente, y contraatacó con un tono curioso. ¿Cuántos refugios habrá hasta Chile? ¿Suele dejar provisiones la gente allí?

El conductor sacudió la cabeza y desistió, suspendiendo para más adelante lo que le importaba, tal vez para mañana, cuando lo llevara al especialista en milagros a la gruta de la virgen. Deseó que le pidiera ese viaje, así se hacía un extra antes de regresar.

Se estaba por cumplir un año desde que volviera a la Argentina. Apenas unas misas con aire nuevo en la plaza San Pedro, ni un mes había pasado desde esa emocionante jornada, que siempre había parecido inverosímil, y ya lo mandaron a ver la imagen de la virgen en una ventana de una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Suspiró con algo de alivio cuando le dijeron que Arrecifes estaba en la Pampa Húmeda y rebalsaba de embutidos, pero nunca pensó que aquella ventana iba a ser nada más y nada menos que el principio de una recorrida sin fin por cientos de lugares tocados por la divinidad del señor en su tierra americana, ni mucho menos esperaba conocer la trastienda de la historia. Desde que Francisco estaba al mando, no pasaba una semana en que no aparezca un nuevo milagro en Argentina. Para quien lo mirara con ojos devotos, parecía ser cierto eso que siempre fue chiste en los pasillos de la Basílica de San Pedro: Dios es argentino. Y por lo visto en todo este año, el Todopoderoso estaba dispuesto a blanquearlo ahora que había ungido a Pancho Uno.

Salido del sopor en que se había hundido en el viaje, sacó la tablet y ojeó el documento que le habían enviado esa misma mañana. Abrió el informe sin demasiadas expectativas, aunque cada tanto aparecían casos reales, de estudio, de los que todo sacerdote duda. La fe se construye casi por imposición o costumbre, pero cuando llega a demostrarse puede resultar hasta de temer.

Este caso no podía ser muy distinto de tantas otras historias que ya había estudiado: una virgen, en capilla, gruta o ermita, que de golpe llora sangre sin explicación. Algunos testimonios, detalles técnicos y fotos que un cura o testigo acreditado pudo obtener, y algunos detalles sobresalientes: lo que realmente le interesaba. Este informe detallaba algunas cosas interesantes: la virgen llora sangre exclusivamente durante el día, con el primer rayo de sol y hasta el último resplandor. No habían encontrado evidencia de un charco o hueco visible por donde la sangre se filtre hasta desaparecer. Nadie se atrevió a mover la estatuilla, por temor a que el milagro frenara de súbito. La Santa Iglesia desconocía la existencia de la imagen, aunque los lugareños la frecuentaban desde hacía mucho tiempo. Se sospechaba que había sido depositada por un croata que tenía varias entradas en los registros de Gendarmería.

La ausencia de la sangre lo inquietó un poco. Una a una se repitieron en su cabeza las imágenes de otros casos, los especiales. Y el hombre de Arrecifes abordándolo para pedirle si podía confesarle algo. Vea, hombre, soy sacerdote pero mi misión aquí es otra. No, tranquilo padre, confesarle unos pensamientos, unas ideas que me nacen acerca de todo lo que pasa aquí. Y sin esperar la demanda el tipo había dicho que la fe está en el que la deposita, no en quien viene a comprobar un milagro, no en quien viene a decidir si esto es un acto de Dios o no. ¿Acaso el universo todo no es un acto de Dios? Entonces cualquier cosa es un milagro, incluso el hecho de que yo vea a una virgen en una ventana y usted me diga que son sólo cosas de las luces.

El argumento del hombre le pareció razonable, horas después, cuando lo pasó en limpio como para repasar la charla, que en realidad había sido un breve monólogo, una exposición. Era una idea casi justa, pero también estaba todo lo otro, todo lo que ese hombre no sabía, ni de la iglesia ni de Dios, ni menos que menos del universo. Todo lo que él hasta ese momento tampoco imaginaba. La sangre de la virgen desaparece misteriosamente, eso podría servir para justificar alguna especie de ilusión, pero detrás estaba lo que podía ser la verdad, lo que lo ponía a él en un lugar de privilegio.

Pensaba en ese hombre y en cómo le afectaría conocer ciertos secretos. Se sintió solo, como cualquiera que está detrás de un telón y sabe el truco sin poder compartirlo. El engaño mantiene al rebaño dentro de su corral, cualquier mago lo sabe, y esto no era muy distinto de eso. Salvo, decía un amigo, que en nuestro caso sólo estamos evitando que se vea una parte del cuadro, que no es lo mismo que mentir. Más de lo mismo, nada nuevo bajo el sol, al fin de cuentas era lo que siempre había pensado que era, pero de la conjetura a la confirmación hacía falta un salto de otro tipo de fe, como haber construido un puente sin saber realmente adónde se quiere cruzar.

Saciar el ansia por aprehender misterios lo separaba del pueblo que tanto amaba, y lo peor era que de aquí no había retorno.

Llegaron al puesto de Gendarmería justo a tiempo para la cena. Los acompañaron hasta el campamento de Vialidad, donde el encargado los esperaba con un locro hecho con ayuda de dos chicas francesas y un ecuatoriano que paraban allí para aclimatarse y subir al paso en esa semana. Las chicas, una semana antes, se habían topado con una gruta donde algún caminante había enclavado una imagen de Medjugorje para protección de los montañistas. Entraron a ver la virgen y la descubrieron llorando sangre. Una de ellas le había contado la anécdota a un primo sacerdote que había alertado sobre la situación al Vaticano.

Hablaron poco, la cabeza del sacerdote latía con fuerza. Le ofrecieron y aceptó el oxígeno, que lo reanimaría un poco. La migraña parecía cobrarle el peaje del espectáculo anterior. A duras penas descansó, pensando en que dos mil metros en un día era mucho, y que debería haber aceptado quedarse en las termas de Fiambalá a pesar del temor por un alud. Sentía en la cabeza como si cien monos estuvieran entonando salmos a los gritos y con bombos, así que decidió esperar al día siguiente para preguntarles a las chicas por su descubrimiento.

Tarde notó el error: las extranjeras tenían programado el ascenso y ya eran apenas unos puntos en el horizonte cuando amaneció por completo el día soleado. Preguntó si su destino no era el mismo, si no existiría posibilidad de interceptarlas, pero no hubo caso. Sin embargo, aquel contratiempo no lo desanimó demasiado. Palpó el morral y subió al coche después de Ulises, un gendarme que los guiaría hasta la gruta. Vamos a la gruta entonces, acá Ulises se ofreció a guiarnos… con suerte para la noche estaremos de regreso en la Capital.

Viborearon por caminos que escalaban las montañas de la cordillera y a la vez esquivaban sus picos. Teniendo en cuenta que la gente peregrinaba a pie, no resultó llamativo que en menos de una hora estuvieran en el lugar. La gruta apenas se veía detrás de unos arbustos, pero el sendero que conducía a ella era inequívoco. El especialista en milagros prefirió caminar esos últimos metros solo: por favor, sepan disculparme pero necesito privacidad para realizar la investigación, sobre todo para no contaminar la escena. Siempre echaba mano a términos televisivos para que las personas sintieran empatía, y siempre surtía efecto.

Se demoró dentro de la gruta alrededor de media hora. Observó cada detalle y cada recoveco. Movió la imagen de lugar y por fin dio con lo que estaba buscando, lo que le daba sentido a la situación. Quiso gritar de bronca, pero desistió. Un grito hubiera atraído a los dos de afuera, y eso era lo último que quería. Se mordió los labios. Odiaba estar en la posición que siempre había ansiado. Se sentía una especie de rehén de su propia obsesión. Volvió la virgen a su lugar y sacudió la cabeza disgustado mientras marcaba de memoria un número en el celular.

Se trata de un milagro de la luz, dijo, tratando de maquillar un poco el argumento que ya había venido ensayando en su cabeza. Es más, lo había meditado por la noche, cuando masticaba entre ideas y jaquecas los detalles del informe. La conclusión era más que clara sin casi mirar el escenario: sólo de día se ve que la virgencita derrama sus lágrimas de sangre, por lo que un efecto de luz dentro de la gruta explica el fenómeno.

El gendarme se adelantó a reprochar lo apresurado del veredicto, cosa que su superior le había advertido que podía suceder. ¿Tan sencillo de demostrar? ¿Cómo es posible? Mire, mi experiencia facilita mi trabajo… no es la primera vez que me encuentro con este tipo de escenarios… claramente la luz rebota en ciertos recovecos de la caverna y crea la ilusión que vemos cual lágrimas… Pero, dígame, ¿cómo es que nadie notó ese efecto antes? Ulises, entienda que a veces la fe provoca en la gente cierta necesidad de ver cosas que realmente no están ahí… Se detuvo un instante en el cual apoyó la mano sobre el hombro del gendarme. Pero hagamos una cosa, Ulises, cerraremos el lugar por un tiempo y me ocupo de enviar cuanto antes un equipo especializado que demuestre mi teoría… ¿eso le resultará más concreto a usted y su superior? Ssss, supongo que sí. Perfecto entonces, por favor le pido una mano para evitar el ingreso de personas al lugar… y dé por descontado que su colaboración y la del sargento serán debidamente agradecidas.
gotaDeTanti

 

Nota: Este texto quedó sin publicar en QNTF por cuestiones de logística, pero aún así insistimos en terminarlo y acá lo publico. La ilustración es de Gustavo De Tanti y la invaluable super edición fue hecha por José Sainz

Instrucciones para cargar un celular

Esta remake* pretende ser algo así como un pequeño homenaje a la obra viva del gran cronopio, que murió hace unos 30 años pero parece que fue ayer.



Preámbulo a las instrucciones para cargar un celular

Pensá en esto: cuando te regalan un celular te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el celular, que los cumplas muy feliz y esperamos que te dure porque es de buena marca, sony, samsumg o manzanita posta; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la cadera y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con una correa invisible como un hilo de baba desesperado colgándote de la mueca. Te regalan la necesidad de cargarlo todos los días, el deber de ponerlo a cargar para que siga siendo un celular; te regalan la obligación de atender a la llamadas de tu novia o tu vieja, de leer el diario en el subte, de atender al ruidito del wasap, de obsesionarte con los megusta del facebook, de tuitear hasta cuando estés cagando, de fumarte los 2020 madrugadores de la compañía telefónica. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares, y la secreta desesperación de demostrar, sea como sea, que el tuyo es el mejor. No te regalan un celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del celular.


Instrucciones para cargar el celular

Allá al fondo está la muerte, pero no tengas miedo. Sujetá el celular con una mano, asegurate de que que la batería esté casi vacía: seguro hay una especie de pilita en rojo por arriba en la pantallita, caso contrario puede aguantar un rato más. Tomá con dos dedos el celular y con dos dedos de la otra mano insertále el enchufe del dispositivo que llamamos cargador, teniendo en cuenta que no hay que forzarlo, debe entrar sin demasiada presión, como hechos el uno para el otro, que ciertamente lo están, hechos uno para el otro, si no sucede eso es que le estás errando de agujero y, por ejemplo, estarás queriendo enchufarlo en donde van los auriculares que, por cierto, también deben tener otro instructivo.
Si no encaja correctamente en ninguno de los orificios es probable que te hayas equivocado de cargador y hayas optado por el del wifi, o el de otro celular, de la tablet, o andá saber cuántos dispositivos tengas en casa, según la escala de adicción tecnológica en la que estés incluido.

Si diste con el cargador correcto, sólo te resta encontrar un toma corriente libre en tu casa. ¡Menuda tarea! Por favor tratá de no dejar el celular atravesado en la puerta del baño o sobre la mochila del inodoro, tampoco lo dejes colgando al lado de la heladera, es de buen precavido ubicarlo en una zona horizontal preferentemente lejos del alcance de los niños.
Pasadas unas dos o tres horas de efectuado el enlace energético, el celular tendrá la batería llena, o casi. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las canoas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más querés, qué más querés? Metélo rápido en la funda, el bolsillo o la cartera, dejálo latir en libertad, imitálo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del celular, gangrenando la fría sangre de sus circuitos. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.



*Remake del texto “Instrucciones para dar cuerda al reloj” del libro “Historias de Cronopios y de famas” (1962) de Julio Cortázar.

linger on…

Me deja ciego el sol de la mañana filtrándose por la persiana que ayer quedó trabada. Dejo caer el brazo hacia la izquierda para abrazarla y golpeo el colchón lleno de ausencia. El vacío me desespera, sé que no está en el baño ni se levantó antes. Sé que no me abandonó.

Me incorporo y, entre las formas que amanecen en mi visión, compruebo la falta de sus botas que anoche le saqué a tirones. Tampoco está la remerita con la cara de Lou Reed, such a perfect day, you just keep me hangin’ on.

Intento asomarme al balcón interno, con la esperanza de espantar lo inevitable y verla sentada a la mesa, con la tasa entre las manos, humeándole el rostro aún cerrado, dormido, quizá los labios rojos e hinchados. Apuesto mis primeros pasos a que chocaré con su sonrisa, un todo o nada que la traiga conmigo.

No digo palabras, callo y me asomo, en el fondo creo que si no está tal vez pueda ser yo el que vuelva. ¿Para qué meterme más en esta mañana sin ella?

Las partículas de polvo navegando el sol hasta la silla vacía me cachetean. El hueco en el pecho me gana el estómago y ya es agujero negro que me succiona la energía, se desmoronan mis próximos pasos, se desvanece como arena mi orden del día, y todo lo que significa seguir la vida cae dentro del apocalipsis.