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michael ende – el espejo en el espejo

Y el chico, encerrado todavía en la mirada del hombre como en una trampa, oye cómo la voz de éste dice:
– Hubiese seguido buscando hasta el final de mi vida. Y hubiese muerto feliz sin dudar nunca de que en alguna parte existe un lugar donde todo es hermoso y perfecto. Y habría aprobado que nadie lo pudiese encontrar.
La voz de la consoladora es suave como la mordedura de una sanguijuela.
– ¿Por qué lo buscabas entonces?
Como si éste hubiese preguntado, el hombre contesta al chico:
– Era la nostalgia, y era tan grande que no tuve otra elección. No me importaba entrar en él. Sólo quería echar una mirada a la belleza perfecta. La certeza de que existía me hubiese bastado para toda la eternidad.
– Pero por fin has encontrado el paraíso -susurra la puta y sigue hurgando en su pelo-. Te han dejado entrar, ¿verdad?
El hombre se levanta tan bruscamente que la mujer retrocede asustada, pero su voz sigue siendo aún fría e indiferente.
– En medio del espacio -dice dirigiéndose hacia la gran mirada del niño- existe un muro anular de gravedad impenetrable. Sobre la puerta están grabadas las palabras Jardín del Edén. Toqué los barrotes del portón cerrado y se deshicieron bajo mis manos convirtiéndose en herrumbre y putrefacción. Atravesé la puerta y vi ante mí un paisaje interminable de ceniza y escoria y en el centro un gigantesco árbol petrificado que clavaba sus ramas en el cielo negro. Y mientras seguía allí mirando se movió algo junto a mí, y de un agujero negro del suelo salió un ser como una araña gigante. Sólo pude distinguir que estaba espantosamente reseco y viejo y que arratraba detrás de sí unas alas gigantescas. Y aquel ser avanzaba gritando sin cesar: ¡Volved! ¡Volved, humanos! Y se arrancaba puñados de plumas y me las arrojaba. Yo retrocedí, entonces empezó a gritar y reír y siguió gritando: ¡Si ya no queda nadie excepto yo! ¡Estoy solo, solo, solo! Entonces huí, no sé cómo ni a dónde, si fue sólo una hora o mil años.
El hombre se queda sentado sin moverse, con las piernas estiradas y todavía con la misma sonrisa maligna en su cara, pero ahora mira ante sí al suelo y libera al chico de su mirada. Y de nuevo se produce un silencio, tan definitivo como si hubiese desaparecido todo el sonido del mundo. Pero entonces, cuando el muchacho cree que ya no puede respirar, la consoladora dice:
– ¡Ven! Puedo hacer que olvides tu añoranza para siempre. Entonces dejarás de sufrir.
El hombre se pone de pie, ella le coge de la mano y se dirige con él hacia la puerta. En ese momento el chico se suelta del genio y se interpone en su camino.
– ¡No puedes hacer eso! -exclama furioso-. No puedes olvidar tu añoranza. ¡Ella te lo arrebata todo! Te arrebata de ti a ti mismo.
De pronto el niño siente la dura mano del hombre en su mejilla y se tambalea hacia atrás. El hombre le ha pegado.
– Déjale -dice la mujer gris-, el niño no sabe. Todavía no.
Y tira del hombre hacia la casa.
– No debe olvidarlo -balbucea el chico-, si no se habrá perdido el paraíso para siempre… -y por fin terminan por saltársele las lágrimas.
El barrendero parece haber encontrado algo en el arroyo. Es un aro de oro, grande como una corona. Lo recoge y mientras lo gira entre sus manos dice:
– Sí, pequeño, es tu primera lección. Y todo lo malo empieza con el olvido de una añoranza.
– Pero ¿por qué me ha pegado?
El viejo no contesta. Gira y gira el aro.
– ¡Eh, barrendero! -grita una de las mujeres grises-, ¿qué tienes ahí?
– Parece una corona -murmura el viejo-. Algún pobre diablo la habrá perdido o tirado. Aquí todos se vuelven irreconocibles.
La mujer extiende la mano, pero sin acercarse.
– ¡Dámela! ¡Dámela! -suplica.
El viejo sacude la cabeza.
– No puedo hacerlo. Y tú lo sabes de sobra.
– ¿Y tú? ¿Qué harás con ella?
– Creo que se la llevaré a mi mujer.
– ¡Vaya! ¿Hasta tú tienes una mujer? ¡Qué cosas! ¿Es bonita?
Las otras mujeres sofocan unas risitas, suenan como silbidos de ratas. El viejo gris se deja impresionar.
– Con la corona sí, creo -dice con voz ronca.

michael ende. el espejo en el espejo.

julio cortazar – rayuela

«es tan violeta ser ignorante, pensó la Maga, resentida.
Cada vez que alguien se escandalizaba de sus preguntas, una sensación violeta,
una masa violeta envolviéndola por un momento.
Había que respirar profundamente y el violeta se deshacía, se iba por ahí como los peces…»

julio cortazar. rayuela.